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Coro Bicandi - Martes, 11 de Octubre de 2011 - Actualizado a las 11:27h
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La sexualidad impregna nuestra existencia y nos situamos como masculinos y femeninos. Lo social nos marca el azul o el rosa cuando nacemos, las ciencias naturales nos recuerdan siempre nuestros genitales.
Así pues, tanto los rasgos femeninos como los masculinos no dejan de ser sólo eso: rasgos. ¿Pero de qué sexo nos sentimos y nos vivimos cada uno? Estar a gusto con su propio sexo significa vivir a gusto su propia sexualidad.
Lejos de restricciones y confusiones entre lo que es normal y anormal, solo el conocimiento nos da la satisfacción del respeto y tolerancia para los cambios en una sociedad que se dice avanzada.
A veces, parte de la sociedad, con viejos y obsoletos valores eclesiásticos y morales, impone reglas en el funcionamiento de cómo y qué debe y no debe ser entre los que deciden su propia identidad (sexual). Todos no somos blancos, pelirrojos, rubios o morenos… Hay veces que uno lleva pantalones y barba pero se siente mujer y vive y se manifiesta como una mujer. Otros, desean llamarse Manolo en vez de Manoli.
Si estas minorías, transexuales, desean ejecutar cambios en su apariencia, se someten a todo un proceso para conseguir llamarse socialmente mujeres y que conste en su carnet de “identidad”.
Algunos deciden realizarse intervenciones como faloplastias ó histerectomías que se podrán realizar después de un recorrido de dos años con tratamiento hormonal y previa valoración psicológica. Tan solo en Madrid y Andalucía existen ya dos unidades que trabajan en el marco de la Seguridad Social en los procesos del cambio.
Estas minorías siguen hoy perseguidas y desprotegidas; discriminadas y ocultas; se relacionan casi en guetos y a escondidas, escapando de acosos y vejaciones, sin tener espacios para ellos.
En nuestro entorno, asociaciones de transexuales vindican y revindican su sitio, lejos ya del horror vivido, desprotegidos con aquella ley de peligrosidad a donde este colectivo estaba proscrito, pero todavía hoy siguen a merced de las instituciones correspondientes, que dependiendo el ideario político que éstas tengan puede significar limitación de libertades, con patrones de absolutismos y puritanismos. Así pues, habrá veces que los avances conseguidos serán limitados de nuevo. Y si por el contrario los idearios son progresistas y realmente libertarios darán ese beneplácito cultural amable y del cuidado a estas minorías que tanto la necesitan.
Siempre insisto en el sabor de la diversidad, porque nos dignifica. Para entender y saber un poco más, os invito a leer sin ningún prejuicio “El enigma” de Jan Morris.
Gracias por su comentario
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