
La torre Eiffel, paradigma de las exposiciones universales que nacieron en el siglo XIX.Foto: r. plaza
donostia. El ocio ha existido siempre, pero hasta el siglo XIX sólo lo disfrutaron los privilegiados. Fue con el enérgico surgimiento de una clase nueva, la burguesía, con más capacidad económica, y, vinculado a las nuevas formas de diversión, cuando se construyeron casinos, teatros, plazas de toros o frontones en Donostia, Hondarribia, Biarritz y el resto del mundo, que abrieron sus puertas a toda la población.
A través de grabados que transitan entre el retrato realista y la caricatura y trazan crónicas sociales, óleos, instrumentos antiguos o inventos que precedieron al cine, la sala Ganbara del Koldo Mitxelena ilustra esta transformación social decisiva, la democratización del ocio o, al menos, su socialización.
Instalada por el equipo del Museo Zumalakarregi, la muestra El descubrimiento del ocio se apoya en el diálogo con las pieza prestadas por el Photomuseum de Zarautz. También han cedido sus fondos el Museo de Historia de Madrid, el Museo Vasco de Bayona, San Telmo o el propio Koldo Mitxelena. Uno de los óleos más destacados pertenece a Gustave Colin y muestra un partido de pelota en un frontón de Hondarribia. También hay objetos vinculados a las romerías, que reunían las preferencias de la población: música, danza y tabernas, "principales elementos de ocio del País Vasco". Cada barrio organizaba la suya, aunque había de carácter semiurbano , como las de Loiola, a la que asistían los donostiarras, o las de Begoña, en Bilbao.
Se cita a los circos -la mayoría ambulantes pero también estables, que tenían predilección por mostrar personajes extraños como el gigante de Altzo- y a las exposiciones universales, que daban cabida a inventos como el del donostiarra Ramón Barea, que creó el velocípedo acuático.
Los panoramas llevaron el mundo a personas que nunca habían salido de la ciudad o que nunca habían visto el mar. En Madrid hubo uno célebre sobre la Batalla de Tetuán; en Barcelona otro mostraba en su esplendor las cataratas del Niágara.
Por la filosofía de la Revolución Francesa el Louvre nació como un museo de carácter público, al que siguieron los demás, como el Prado o el Rijksmuseum de Amsterdam. Es, además, la época del gran expolio de las colonias europeas, que explican los fondos de museos como el británico o el egipcio de Berlín.
dejarse ver La burguesía también usó el ocio como forma de proyección social: "para ver y dejarse ver", explicó la directora de Patrimonio de la Diputación, Pilar Azurmendi. La propia forma de herradura del teatro favorecía el paseo de la mirada por las localidades y convertía al patio de butacas en otro escenario, en el que florecían negociaciones económicas, vínculos políticos y alianzas matrimoniales.
Mientras no se impuso la libertad de asociación, que después propiciaría la multiplicación de ateneos y orfeones, los casinos -el de Biarritz se construyó en 1857, el Gran Casino de San Sebastián, actual Ayuntamiento, se levantó en 1887- funcionaron como sociedades políticas encubiertas, en los balnearios se conspiraba y las plazas de toros fueron escenario de rebeliones sociales.
"El ocio alcanza a todos los estamentos sociales y pierde las connotaciones negativas, asociado a la vaguería" y, por eso, concluyó la profesora de la Complutense María Zozaya, "podemos hablar del descubrimiento del valor del ocio en el siglo XIX".
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