
Imagen de la benefactora del DIPC, Josebe Olarra Lizarralde.
En una de las múltiples citas que tiene como presidente del Donostia International Physics Center (DIPC), el físico Pedro Miguel Etxenike quedó "tremendamente impresionado". Le visitaba una mujer llamada Josebe Olarra Lizarralde, quien le pidió perdón por interrumpir su trabajo: "Me dijo que era consciente de que yo tendría muchas más visitas para realizar donaciones de cantidades muy superiores a la suya", recuerda el científico navarro. "Todo lo contrario. Usted es la primera", respondió.
Así fue como Josebe Olarra (Betelu, 1920-2008), de origen humilde, camarera y maestra tardía, se convirtió en la primera mecenas del DIPC, tras introducir en su testamento una cláusula en la que destinaba todos sus bienes al centro de investigación donostiarra para que se dediquen "al progreso de la investigación científica" de la forma que "libremente determine" Etxenike. En honor a este gesto de generosidad, uno de los fellows -plazas temporales para investigadores-, así como la sala principal de conferencias de la fundación llevará el nombre de la benefactora, fallecida en marzo.
El diputado de Innovación y Sociedad del Conocimiento, José Ramón Guridi, y el presidente del DIPC, Pedro Miguel Etxenike, dieron ayer a conocer esta iniciativa en Donostia. "El patrocinio de la ciencia es aportar a la cultura del pueblo y al desarrollo económico", afirmó el físico de Isaba, Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica 1998. "Igual que se hace en Harvard o Cambridge, uno de los fellows llevará su nombre", recalcó.
Etxenike también esbozó algunos detalles sobre la dura vida que le tocó pasar a la primera mecenas del DIPC. Pasó su infancia en Betelu tras ser adoptada por un matrimonio que sólo tenía un hijo. Con dos años perdió un brazo en un accidente, por lo que sus padres adoptivos decidieron no llevarla a la escuela por temor a que se rieran de ella.
Sin embargo, ejerció como maestra sin título en la escuela de Betelu. Más tarde trabajó como camarera en un bar de Donostia, donde se casó con un gudari que había perdido un pie durante la Guerra Civil. A los 58 años completó la carrera de Magisterio y cumplió su sueño de ejercer como profesora, en el centro Santo Tomas Lizeoa de la capital guipuzcoana.
homenaje
Instalación de una placa
"Sus grandes amores fueron el euskera y el conocimiento. Esperemos que sea la primera de una lista de donantes, porque el mecenazgo debe abarcar todos los sectores de la sociedad", subrayó Etxenike. Por ello, próximamente se instalará una placa en su honor en la sala de conferencias del DIPC.
Una voluntaria de la Cruz Roja que le ayudó y atendió en los últimos años, llamada Rosa Mari, asistió emocionada al acto de ayer. "Josebe había tenido una vida durísima. Tuvo que atender a sus padres y a una tía en su casa de Betelu hasta que se vino a Donostia con 48 años. Tenía un enorme afán de aprender y de superarse", indicó, quizá por recuperar aquella formación que no había recibido por su discapacidad. Tras la muerte de su marido, vivió con una pequeña pensión y, sin embargo, "lo tenía clarísimo". "Guardaba sus ahorros con mucho cuidado. Como no tenía hijos, decidió donarlo a la investigación. Sus amores eran el País Vasco y la investigación", explicó Rosa Mari.
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