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Tribulaciones de la cuidadora sin padrón

una hondarribiarra que cuidó de su padre hasta la muertedenuncia falta de ayudas

Casi 70 familias guipuzcoanas se han visto en lo que va de año al margen de las ayudas de la Ley de Dependencia

La hondarribiarra Eva González, de 50 años, muestra una fotografía de su padre junto a su madre y su hermana.Foto: ruben plaza

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Donostia.Umea jaio, umea bihurtu . Eva González conserva de su padre el eco de aquellas palabras, el recuerdo de los días en que le aseaba como si fuera un chiquillo y él, reducido, casi avergonzado tras varias trombosis, se dejaba hacer, con la impotencia del desvalido.

Después de tres años de dedicación exclusiva, su padre murió el 26 de febrero de este año. Su hija, de 50 años, que ha vivido con los aitas toda la vida, no entiende por qué le denegaron las ayudas económicas que contempla la Ley de Dependencia, introducida por el Gobierno central. "Creo que hace falta valorar la realidad del enfermo, es precisa una mayor conexión entre los servicios sociales y la Diputación", proclama esta mujer hondarribiarra. La ayuda no llegó por no estar empadronada en la misma vivienda que su padre. Su caso no es excepcional. En lo que va de año se han denegado en Gipuzkoa 68 reclamaciones, y otras tantas ni siquiera han llegado a registrarse por fallos de forma en la solicitud.

expectativas

Más de 4.000 cobros

Las prestaciones anunciadas en la Ley de Dependencia han generado unas expectativas que no siempre se ven correspondidas. Desde que comenzaron a abonarse en enero las ayudas, 4.000 solicitantes guipuzcoanos ya han cobrado la prestación, según datos de la Diputación.

Pero muchos se están quedando al margen. "La gente creía que todo él monte iba a ser orégano y ahora se han encontrado con que no tienen derecho a la compensación debido a los requisitos que es preciso cumplir", admiten fuentes del Ejecutivo foral.

¿Una medida progresista o un globo desinflado? Probablemente, las dos cosas. Hay ejemplos que avalan ambas hipótesis. Sin ir más lejos, la Seguridad Social anunció que a todo cuidador se le abonarían partidas económicas en virtud de un nuevo convenio, una promesa que con el tiempo ha quedado en agua de borrajas. Del mismo modo, hay personas que están reduciendo su jornada laboral para atender a sus familiares pero no encuentran contrapartidas, un modo de compensar el dinero que han dejado de ingresar.

Esa misma sensación de frustración, casi engaño, tiene González, dedicada en cuerpo y alma a su padre desde aquel fatídico mes de abril de 2005 en el que sufrió una fuerte trombosis que le dejó postrado en silla de ruedas. Las cosas en el hogar, como en tantas otras familias, no tardaron en torcerse: un hombre impedido de 84 años, su mujer de 81 y una hija con deficiencia del 33%, además de ella. No eran mimbres suficientes para encarar el día a día con cierta solvencia.

primera valoración

Gran dependiente

El traspié familiar exigía una pronta adecuación de la vivienda, pequeña a todas luces. Sus 62 metros cuadrados más bien parecían un grano de arena en aquel océano de necesidades. A pesar de las barandillas, la rampa del portal y las mejoras que introdujeron para llevar a cabo una vida más o menos normalizada, no se podían hacer milagros. "El espacio en casa era cada vez menor y la convivencia se hacía, en ocasiones, muy dura", admite González.

Fue entonces cuando comenzó a llegar, hace ahora dos años, el run run de aquella nueva normativa y sus bondades, una puerta abierta, al menos, para resarcirse en la medida de lo posible de tanta privación.

Esta mujer fue una de las primeras en presentarse en los Servicios Sociales de Hondarribia para informarse sobre las ayudas que, según comenzaba a oírse, ofrecería la Ley de Dependencia. Su aita, con arreglo a los baremos que introdujo la normativa, fue valorado en mayo del año pasado como Gran Dependiente Grado 3 Nivel I.

Ella para entonces se había convertido en sus pies y manos. "Lo pueden certificar los Servicios Sociales de Hondarribia, su médico de cabecera y los vecinos de la calle de la Marina, donde siempre hemos vivido", recalca Eva.

Tanta carga familiar era una losa demasiado pesada para una sola persona, entrenadora de baloncesto e inquieta por naturaleza, pero que hasta entonces poco o nada había parado en casa e, inopinadamente, inmersa en ese mundo de atenciones domésticas sin fín tuvo que abrir un paréntesis en su vida.

tomar un 'respiro'

Adiós a las ayudas

El día a día era un sinvivir, su salud física y mental mermaba, y no tardó en darse cuenta de que necesitaba "un respiro". Un año después de caer su padre enfermo, decidió irse a un piso familiar y empadronarse en él. Estaba a tan sólo cien metros de sus aitas. Al fin y al cabo, como ella dice, fue "la necesidad de tomar un respiro, como tantas veces nos recomienda la Diputación, y volver con fuerzas al día siguiente" la que motivó la decisión.

Aquel paso, sin sospecharlo, iba a ser su condena para no percibir prestación alguna. Los efectos de aquella decisión no tardaron en llegar. "No puedo hacerte el trámite, y poco más puedo decirte porque no figuras como empadronada con tus padres", le respondieron en los Servicios Sociales de Hondarribia.

Ella se formulaba entonces un sinfín de preguntas. ¿Dónde se pone el límite? ¿Una persona que se ha desvivido por su familiar pero que no está empadronada en el mismo domicilio no tiene derecho a ninguna ayuda? González había dejado de hacer su vida. "Incluso hubo una época en la que ni siquiera podía mover el brazo de tanto esfuerzo físico", rememora, con el retrato de su padre en las manos.

Desde la Diputación lo dicen bien claro: "Si no convives con la persona discapacitada, no tienes derecho a esa prestación, ni siquiera viviendo en el mismo portal. Es complicado, pero es así. En algún lugar hay que poner el límite", reconocen las mismas fuentes.

Así se lo hicieron saber también a González, que incluso recurrió al Ararteko, institución que "lamentó" no poder hacer nada por su situación. La mujer decidió escribir a la Diputación y le contestaron, al cabo de dos meses, que hiciera la solicitud a nombre de su madre, que sí estaba empadronada. Así lo hizo, pero para entonces su padre ya había fallecido y a su madre le denegaron la ayuda.

Después de tantas solicitudes, cartas e idas y venidas a un sinfín de instituciones, la conclusión que extrae González de su experiencia es bien clara. Asegura que todas aquellas personas que quieran cobrar las ayudas prometidas en el apartado de cuidadores no profesionales dentro del entorno familiar, que contempla la Ley de Dependencia, "tienen que empadronarse en la casa de la persona dependiente, vivan o no vivan". Ella está convencida de que un ambiente adecuado de convivencia, como exige la Diputación, era el que reinaba, en la medida de lo posible, en las cuatro paredes de su hogar.

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4.000 solicitantes han cobrado la ayuda, pero Diputación insiste en que con la Ley "no todo el monte es orégano"
Eva se fue a vivir a cien metros de sus padres porque necesitaba "un respiro", pero les seguía cuidando
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