Diario de Noticias de Gipuzkoa

Colaboración

Aprender o el arte de enseñar

por Gabriel Mª Otalora enviar a un amigo imprima este texto texto normal texto medio texto grande

Empezamos un nuevo curso con la siempre difícil conciliación entre unos progenitores que cada vez más trabajan los dos fuera del hogar, y sus hijos, inmersos en una sociedad cada vez más cambiante y exigente. Ambas realidades dificultan el papel de educadores: el padre y la madre, y los docentes académicos cuando la tarea educativa parece caminar a contra corriente de una creatividad excesivamente escorada al dominio de una técnica.

La misión educativa tiene muchas posibilidades de resultar poco efectiva si no se apoya en un compromiso vocacional de enseñar para ocuparse de compartir lo que uno sabe, y hacerlo desde su amor al que se acerca a aprender, el amor a la tarea y al desafío que supone la educación y la docencia. Siempre ha sido fundamental esta vocación para transformar el vínculo entre el que enseña y el que aprende en una relación generadora de nuevas experiencias y saberes.

Tampoco el educando (suena un poco cursi, la verdad) suele estar deseoso de aprender porque no es fácil sentir interés en lo que no sabe. Por eso, el primer paso debe darlo siempre el que enseña: en casa, sus padres y en el centro escolar, los profesionales de la educación. Es el reto entre lo que uno es capaz de hacer -en potencia- y las limitaciones que le impone la ignorancia ante el desafío del crecimiento como personas.

Además, sentir no es lo mismo que entender. Vivimos en la cultura de la exacerbación sensorial mientras que la esencia de la realidad de las cosas está relacionada con poseer interiormente, y no con una forma externa o una imagen sensible. Los sentidos no pueden contestar qué es o para qué sirven las cosas por más sofisticadas técnicas que se empleen. A lo más servirán para invitarnos a comprar emociones, que por cierto es uno de los mejores negocios de la sociedad de consumo. Sólo cuando nuestros educadores ayudan a entender la realidad contemplándola correctamente es cuando podemos ponerla a nuestro servicio y dominar un medio concreto; y no sólo adaptarse a él, como hacen el resto de los animales. Lo esencial sigue siendo invisible a los ojos, como señaló Saint-Exúpery.

Hoy más que nunca se puede aprender por todos los poros del cuerpo. Estamos en la sociedad del saber, del conocimiento la llaman. Sin embargo, creo que hemos perdido en educación, en el arte de hacer preguntas, de cuestionarnos la realidad, de valorar las dudas que proceden de la complejidad de la vida y la pequeñez de sus respuestas. Sabemos más cantidad de cosas, hemos desarrollado hasta límites increíbles las percepciones de los sentidos sin despegar suficientemente la inteligencia emocional. La percepción es que estamos en buena medida al servicio del conocimiento, y no al revés.

Formarse tiene que ver con un proceso educativo más que con atiborrarse de datos. En este contexto, viene bien recordar una opinión nada desdeñable: la de Michel E. Montaigne, cuando en pleno siglo XVI contestaba en sus célebres Ensayos al tipo de maestro que todos quisieran tener: "Uno que tuviera una mente, una inteligencia bien ordenada en lugar de una mente atiborrada de conocimientos. Esto significa que es más importante disponer una capacidad general para exponer y tratar los problemas, y de principios organizadores que permitan relacionar los conocimientos y darles sentido". Si a esto le añadimos por nuestra cuenta un chorrito generoso de conciencia ética para ponerse en el lugar de los que tienen que aprender, el perfil quedaría completo para que el saber pueda estar relacionado y vuelva a ser creativo.

Si las dificultades para enseñar y aprender son grandes (estoy deseando leer el último libro de Daniel Pennac, Mal de escuela , una reflexión profunda sobre el hecho de aprender y enseñar, así como de la superación personal), la guinda viene en forma de violencia verbal, e incluso física, con una presencia cada vez mayor en los hogares y en las aulas, que nada tiene que ver con la inevitable violencia que supone el hecho de enseñar y aprender; como dice Pennac, "cuando se habla de violencia en la escuela no hay que olvidar que la escuela es, per se, el lugar de todas las violencias. Es el lugar donde se entrechocan el conocimiento y la ignorancia. Enseñar es violento, es violentar al otro. ¡Todo acto iniciático es violento!".

La conclusión de toda esta reflexión es que una comunidad como la vasca, pionera en tantos campos del desarrollo y de la sensibilidad cultural, además de su celo por revitalizar nuestra lengua madre, no puede permitirse flaquezas en lo que toca a la columna vertebral del aprendizaje como educación integral.

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