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Bosnia continúa herida de guerra

Más de una década después del fin de la contienda en la ex Yugoslavia, NOTICIAS DE GIPUZKOA, invitado por el Ayuntamiento de Donostia, ha viajado al corazón de Europa para conocer las secuelas de una guerra que no acaba de cicatrizar

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v Olimte Edina aparece escrito en un muro del centro de Sarajevo. Quiere decir algo así comote quiero Edina, un mensaje de amor en un escenario de guerra. Alguien hizo esa pintada en una pared de la conocida como avenida de los francotiradores, en la capital de la República de Bosnia y Herzegovina, escenario de fuego cruzado hasta hace algo más de una década. El taxi ha pasado fugaz, pero el mensaje cala hondo. Sobre todo porque el escrito contrasta con la ratonera de guerra en la que se encuentra, cosida a balazos y metralla de obuses.

Resulta complejo no ver un boquete o una fachada alcanzada por la munición. Pero, curiosamente, en Sarajevo apenas hay pintadas de contenido político, como si sus habitantes hubieran llegado a un acuerdo tácito de pasar página y olvidar la barbarie de la guerra. El problema es que no consiguen su propósito. Tan sólo hace falta intercambiar unas palabras con cualquiera de sus habitantes para que, tarde o temprano, se les empañe la mirada.

Bosnia y Herzegovina obtuvo su independencia en el año 1992 en la Guerra de Bosnia y, debido a los acuerdos de Dayton, actualmente es un protectorado de la comunidad internacional. Lejos ya de la atención pública, el país se está debilitando a marchas forzadas al albur de un capitalismo exagerado que ha abierto la puerta de par en par a las mafias. "No hay más que echar un vistazo a la cantidad de gasolineras repartidas por la ciudad", expone a modo de ejemplo Irene Cormenzana, coordinadora de SOS Balkanes. Hay circulación, pero no tanta. El parque automovilístico de la ciudad ni mucho menos justifica semejante negocio. "Esto es un evidente lavado de dinero negro", sentencia esta mujer, que trabaja en la zona desde los albores de la guerra.

Le acompaña en la travesía, además de otros voluntarios de la organización, la concejala de Cooperación del Ayuntamiento de Donostia, Ainhoa Beola; la técnico Agurtzane Orthous y este periódico. El Consistorio, que a través de SOS Balkanes contribuye desde hace años a paliar las penurias de la posguerra, se muestra convencido de que la ayuda sigue siendo precisa para que el país restañe sus heridas. Por eso se ha mostrado interesado en conocer de cerca los problemas latentes.

violaciones masivas

Una estrategia de guerra

El primer punto de partida es Otes, una barriada de las afueras de Sarajevo habitada por familias romaníes. "No sé si habrá por aquí una zona que se haya librado de los tiros", comenta mirando las deterioradas fachadas del entorno el integrante de SOS Balkanes Joseba Azkue. A pesar del creciente número de viviendas en construcción, las calles padecen cierto abandono y la recogida de basuras es prácticamente inexistente.

Tabakovic Mirsada y Mectuse'jac Amela aguardan con ansiedad la visita. Ambas pertenecen a la asociación de mujeres víctimas de la guerra, y nada más dar rienda suelta a su calvario, inmediatamente, las cuatro paredes de esta asociación que cuenta ya con un censo de 25.000 mujeres violadas durante la guerra se convierten en un habitáculo del horror. "Mataron a quince de mis familiares, entre ellos a mi marido, mi hermano y mi madre", describe Mirsada sin dejar de dar caladas al pitillo. La mayor parte de víctimas de la guerra fuman si parar, como queriendo calmar a base de tragar humo y más humo una ansiedad que resulta insoportable.

La mujer recobra la fuerza suficiente para proseguir su relato. Tenía 33 años cuando las tropas servias le arrancaron lo que más quería. "Me separaron de mi marido delante de mis hijos. Sabía que, a partir de ese momento, no volvería a verlo jamás y a los diez minutos me llevaron a mí", recuerda. El destino era el hotel Vilina Vlas, en Visegrad, donde llegaron a ser violadas junto a ella hasta 200 niñas. A menudo, la violación fue cometida por varios criminales hasta el fallecimiento de la víctima, como fue el caso de Mahmuljin Avdija, violada por 42 criminales.

El caso de Amela, sometida a las mismas vejaciones junto a su madre, no es menos dramático. "Os podéis imaginar qué puede sentir una hija que está siendo violada al mismo tiempo que sus familiares", comenta la mujer sin poder reprimir el llanto.

afloran los dramas

La balanza del abuso

Han transcurrido trece años desde aquel ultraje, pero los problemas han comenzado a aflorar ahora. Muchas mujeres se han suicidado. Después de mucho pensarlo, regresaron a casa y se encontraron con su agresor como si nada hubiera ocurrido. Nadie se ha preocupado por ellas. "Se cruzan por la calle, se miran y pasan de largo. ¿Qué otra alternativa les queda que suicidarse?", se preguntan desde la asociación.

Otras fueron violadas muy jóvenes y ahora que se han propuesto tener familia se ven incapaces, bloqueadas por aquella pesadilla, sin que nadie las entienda. La asociación que recoge todos estos casos de abuso sexual fue fundada en 2003 y, desde entonces, no han dejado de acumular testimonios, más de 2.706 casos gracias a un proyecto financiado por la Unión Europea.

A pesar de la complejidad de esta contienda, en la que las víctimas y sus agresores se entremezclan hasta conformar una maraña étnica de difícil explicación, los datos que maneja esta agrupación dejan bien claro hacia dónde se inclinó finalmente la balanza del abuso. De las 1.500 mujeres que durante estos años han decidido dar el paso de contar su caso, 1.476 son de nacionalidad bosnia; 40 croatas y tan sólo siete servias. "El problema es que todavía hay mucho silencio. ¿Cómo estarán viviendo el drama quienes tanto callan?", se preguntan las integrantes de la asociación, que no olvidan las violaciones cometidas también hacia los hombres, "uno de los sectores más estigmatizados por la vergüenza a contar su caso". Cientos de afectados ni siquiera salen de sus casas, como si sus vidas sufrieran un parón.

hijos de violaciones

La alternativa del suicidio

Buena muestra de que la violación se convirtió en una poderosa arma de guerra la conforma una desoladora estadística: al menos trece mujeres han tenido estos años atrás hijos de sus agresores. "Abortaron quienes pudieron hacerlo, pero los militares siempre intentaban por todos los medios que el niño naciera", recuerda Mirsada.

La mayor parte de víctimas dieron a sus niños en adopción. "Una de ellas decidió tenerlo, pero un mal día comenzó a rememorar todo lo ocurrido y tiró al pequeño al río", relata Amela. Resulta imposible saber qué pudo pasar por su cabeza.

El drama de la guerra sigue más vigente que nunca para estas mujeres que, salvo antidepresivos y medicamentos por el estilo, no cuentan con ningún otro soporte que les permita salir adelante. La mayor parte de ellas, además, ha perdido a sus hijos y a su marido. "Lo peor es que muchas de nosotras sabemos el nombre de nuestro agresor", confiesan ambas, muy disgustadas por la lentitud y el "desinterés" de la justicia para depurar responsabilidades. Ni Amela ni Mirsada, que han recorrido medio mundo desde aquella tragedia, se atreven a volver a su ciudad, aunque les anima a seguir adelante el hecho de que, poco a poco, comienzan a ser reconocidas como víctimas a pesar de que la burocracia sea "lentísima".

Las dos mujeres lanzan con sus palabras dardos envenenados hacia Milan Lukic, acusado de asesinar a 147 civiles musulmanes durante el conflicto. "¡El Tribunal de La Haya nos dice que no lo va a enjuiciar porque se hicieron tarde los trámites! Es inadmisible. Ese mismo hombre se llevó a mi prima de 13 años y todavía no sabemos dónde está", confiesa Amela con un dolor infinito.

No hay más que escuchar a estas dos mujeres para comprobar que las heridas siguen abiertas. Todos los días sueñan que se pierden en el bosque y que intentan poner a sus pequeños a salvo, pero no pueden. Han sido cuatro años de guerra y tan sólo son seis los meses de funcionamiento de la asociación. "Necesitamos ayuda, un acuerdo de colaboración", reclaman.

"JAMÁS volveré a este lugar. Lo he hecho para explicaros el drama, pero aquí no quiero ni tomarme un café". Mirsad, ex combatiente bosnio herido en la guerra, acompaña a este periódico a Visegrad, un lugar que fue convertido en un campo de concentración y violaciones masivas, sinónimo de matanzas y abusos de toda naturaleza. Más que hablar, este vecino de Gorazde escupe palabras llenas de ira en este paraje natural, que resulta ofensivo para cualquier persona que valore la vida humana. El acceso al lugar esta precedido por un indignante cartel que reza Welcome , como si la ciudad se hubiera propuesto hacer negocio con la muerte. "Esta zona está llena de víctimas, aquí mismo hay cantidad de fosas todavía sin descubrir. Muchas de las personas desaparecidas, de las que nunca más supimos, están aquí abajo", explica con una mezcla de emoción y enojo. Mirsad calla, y el silencio sobrecoge. Pero lo que verdaderamente resulta indignante es que este mismo lugar en el que violaron y asesinaron a tantas mujeres se ha convertido hoy en un complejo turístico, como si nada hubiera ocurrido, elocuente muestra de que el reconocimiento por el daño causado está lejos de llegar. La localidad de Visegrad se encuentra a cinco kilómetros de este lugar. Quizá es la aparente normalidad de sus gentes lo que más duele. Nadie diría que ha tenido lugar semejante infamia. Acompañamos a Mirsad a lanzar unas rosas en memoria de los fallecidos mientras varios servios abandonan el lugar, indiferentes.

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