Editorial
Entre la obstinación y la infamia
L máximo inspirador de la llamada
teoría de la conspiración en relación a la autoría de la masacre del 11 de marzo de 2004, el diario
El Mundo , titulaba a toda plana tras conocerse la sentencia del Tribunal Supremo: "11-M: golpe de gracia del Supremo a aspectos clave de la versión oficial". Venía a decir el periódico de
Pedro J. Ramírez
que seguía sin aclararse la
autoría intelectual del atentado, dato que tanto el citado periodista como sus compañeros de frente mediático
(Cope y
Telemadrid ) venían considerando desde el principio clave, precisamente porque esa incógnita les seguía permitiendo sostener la participación de ETA en la matanza y, por consiguiente, la teoría de una conspiración para derribar al Gobierno del PP. El ex ministro de Defensa
Federico Trillo , en la misma línea interpretativa del fallo del Supremo que
El Mundo , mantiene la obstinación del PP desde 2004 buscando a los autores intelectuales, es decir, dejando abierta la sospecha de que los atentados no se investigaron y, por tanto, que hay autores no juzgados. Desde la sede de Génova, aún se daba por buena esta infamia y se confirmaba que esa es la tesis que el PP mantiene. Aunque algunas voces emergentes de ese partido hayan expresado su aceptación a la decisión del Supremo y dan el caso por cerrado,
Mariano Rajoy no ha dicho aún esta boca es mía. Es evidente que en el PP continúa una división soterrada que no resolvió el congreso de Valencia. La vieja guardia, los que pretendieron salvar los muebles electorales tras la masacre del 11-M a base de mentir indecentemente, los representantes de la línea dura que escenificó
José Mª Aznar con su infame evocación de que "la autoría intelectual no hay que buscarla en desiertos lejanos o montañas remotas", los mismos que azuzaron la crispación y la confrontación entre los ciudadanos, no están dispuestos a consentir ningún cambio, ningún giro al centro, ninguna catarsis en el PP. Cuentan para ello con importantes aliados dispuestos a mantener con obstinación los viejos argumentos, los viejos insultos y las viejas mentiras, unos por vender periódicos, otros por mantener audiencia y otros para rendir servicio a quienes les concedieron cargos y prebendas. De los 192 muertos y los centenares de heridos, ni se acuerdan.