
Óscar Freire (Rabobank) festeja su primera victoria de etapa en el Tour, por delante del colombiano Leonardo Duque (d).Fotos: efe
Donostia. "En España todo el mundo habla de fútbol, y cuando se habla de ciclismo es para hablar de gente que lucha por la general, aunque no haya ganado nada". No le faltaba razón ayer a Óscar Freire tras vencer en Digne-les-Bains, pero debió añadir que a veces, demasiado a menudo, también sale a colación el dopaje. Tristemente, vende más ejemplares una jeringuilla que una etapa en el Tour. Ésa es la lamentable realidad. Tan cierta, como que el palmarés del cántabro afincado en Coldrerio (Suiza) luce cuatro etapas de la ronda gala. "He ganado muchas carreras que nadie ha ganado antes; más no puedo hacer", se resigna. Ahora piensa en ser el primer español que llega de verde a París.
Está orgulloso de ser de Torrelavega, donde hasta le regalaron un velódromo, pero siempre le pesará haber nacido al sur de los Pirineos. De haberlo hecho en la vertiente francesa, en la Toscana, en Flandes o en cualquier meandro de la cuenca del Rin, en España sólo se le echaría de menos un día al año, ese en el que suele tornarse irisado. En la casi única cita de la temporada en la que un equipo trabaja para él.
Ayer, con la brisa alpina acariciando sus piernas de oro, Freire cinceló su cuarta muesca en el Tour, y lo hizo en solitario. "Estoy acostumbrado a ello. En todo el Tour no he tenido más ayuda que la de Juan Antonio Flecha. El equipo ha venido a ganarlo con Menchov, y yo no voy a trabajar para él". De hecho, el día en que el ruso se cortó camino de Nantes, el cántabro fue el único Rabobank en el grupo delantero.
Freire es un buscavidas. Lo fue en Seguros Vitalicio, en Mapei y ahora en Holanda. Sabe abrirse camino por sí mismo. Es un luchador. Aprendió a serlo con año y medio, cuando cojeaba y los médicos pensaron en amputarle un pie, pero desde Venezuela llegó la solución a su tuberculosis ósea. El campeón aprendió a andar, luego a correr, y más tarde a volar sobre la bicicleta. Seguramente detendrá su vuelo en 2010, y entonces el ciclismo añorará su clase.
Sus cuatro triunfos en Francia han llegado a velocidad de vértigo. Antes de que él alumbrara las rectas finales, el ciclismo estatal había mojado sólo en dos llegadas masivas: Miguel Mari Lasa, en Biarritz (1978) ante Jan Raas; y Manuel Jorge Domínguez en Troyes (1987) ante Jean-Paul Van Poppel. Ni siquiera Miguel Poblet, el catalán que le enseñara la senda de la Milán-San Remo, venció al sprint. En París (1955) lo hizo escapado, y en Dieppe (1955) y La Rochelle (1956) batió a Louis Caput tras sendas fugas de diez y trece ciclistas.
En Digne, Freire ganó la etapa que buscó a la aventura su paisano Iván Gutiérrez, pero no batió al imberbe Cavendish, ni al viejo McEwen. Se cortaron en la cota de Orme, a 10 de meta. Freire, que se queja en este Tour de que "me está faltando fuerza", tuvo la necesaria para salvar esa tachuela. En la recta final fue coser y cantar. A su aire, como le gusta. Cogió la rueda de Erik Zabel, al que guiaba Marco Velo. El italiano titubeó, y Romain Feillu atacó de lejos. Freire se quedó cerrado contra la valla, pero abrió una puerta a la esperanza por el centro y alzó los brazos. Así de fácil. Ahora piensa en verde.
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