
Bilbao. Ildefonso Vargas Moyano es uno de los seiscientos secuestrados invisibles de Colombia, secuestrados que no entran entre los canjeables por el Gobierno. A la triste esperanza de que siga como rehén se aferra Pilar Vargas, la hija del ganadero desaparecido hace ahora 8 años y verdadero objetivo de los guerrilleros cuando se llevaron al hombre de Meybar, región sureña de Colombia. Pilar no salía de casa...
¿Por qué decide hablar tras años de silencio?
En Colombia no pude hacerlo. Allí enseguida te mandan callar para siempre. La liberación de Ingrid Betancourt me ha removido por dentro; si algunos militares liberados sobrevivieron once años en la selva tal vez mi padre lo haya logrado...
¿Mantiene alguna esperanza?
La supervivencia entre fieras salvajes y largas marchas nocturnas no es fácil para un hombre de 78 años, enfermo de diabetes.
¿Como le imagina?
Según los días. A veces lo veo muerto, incapaz de soportar tantos avatares. En esos casos mis hijas levantan mi derrumbe. "Ya salió de éstas antes, mami. Verás cómo vuelve". Otras lo veo canoso y delgado, aferrándose a la vida con uñas y dientes. Hemos enviado medicamentos para él a través de la Cruz Roja, pero no sé si han llegado. No sé nada. Siempre fue un hombre luchador.
¿Es la imagen a la que recurre para levantar el vuelo?
Ya no creo en nada. Es tal la incertidumbre, tal la angustia y tanto el tiempo pasado que lo único que deseo es saber de él, vivo o muerto. Prefiero saber que está muerto a este sinvivir. No guardo rencor ni represalias para su captores. Eso se lo dejo a Dios. Sólo les pido que, si murió, me digan dónde para darle cristiana sepultura.
No es su primer secuestro...
No. Mi padre es ganadero y las FARC comenzaron a llevarse a gente del campo en los años 80. Al principio se financiaban por esta vía hasta que dieron el salto al narcotráfico. Entonces comenzaron los secuestros de gente importante, de Ingrid o de militares. Buscaban el impacto internacional...
¿Cómo se vive la primera vez?
Lo secuestraron por primera vez en 1985. Vivimos quince días aterrorizados, esperando la carta de supervivencia.
¿Llegó?
Sí. Y decidimos pagar. Nos acusaron de colaboracionistas con los guerrilleros, pero cuando está la vida de por medio no hay dinero en el mundo que no dieras por recuperarla. Volvieron a secuestrarlo en 1996. Yo ya tenía 27 años y veía que la situación era insostenible. No se saciaban nunca, ni siquiera con los bultos de patatas llenos de dinero que les entregábamos.
¿Cuál es el último recuerdo que guarda de su padre?
Le llevé en avión al aeropuerto la víspera de su tercer secuestro. Iba a la finca, con el ganado. Debía ir yo, pero como hija única que era también estaba amenazada. Un día después desapareció.
Las FARC cumplen sus amenazas.
Ni siquiera tengo constancia de que cayese en manos de las FARC. En los dos primeros secuestros fue así, pero al principio la Policía insinuó que tal vez los paramilitares... Nos acusaban de haber ayudado a unos y no a los otros... ¡Delirante!
Decidió marcharse entonces...
Tengo dos hijas y vivía en cautiverio. No podíamos salir de casa, siempre alerta. Estábamos muertas en vida así que opté por marcharme. No había otra salida. Aquí mis hijas pueden salir de casa, coger el metro, expresar lo que sienten. Ésta es una tierra libre aunque a veces ETA me recuerde... ¡Cabrones hay en todas partes!
¿Tiene fin la violencia en Colombia?
Tengo puesta mi esperanza en el gobierno de Álvaro Uribe. Por vez primera en cuarenta años alguien hace algo. Ahora le pido que no pare, que siga y no olvide a los otros secuestrados.
¿Recibieron el apoyo del pueblo colombiano?
Sí, claro que sí. Lo que ocurre es que luego llega la anestesia. Uno parece que se acostumbra a una vida manchada de sangre y llega a la conclusión de que no hay fin.
¿Qué siente cuando ve la presión realizada por diversos países para la liberación de Ingrid Betancourt?
Me siento feliz porque nadie merece vivir en una jaula. Pero a la vez sí experimento cierta tristeza. Hay mucha gente secuestrada y muchos años de silencio, de mirar hacia otro lado...
Sueñe despierta: su padre es liberado...
Mi madre se quedó en Colombia, esperándole hasta el fin. Volaría hasta allí y me traería a ambos para que vivan en libertad.
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