
Mandiola, durante un partido del Eibar.Foto: n.g.
eibar. Javier Mandiola es uno de esos entrenadores que dejan a su paso una retahíla interminable de admiradores y detractores. Por su forma de ser, por su visión del balompié, por su relación con los jugadores en el vestuario, por sus declaraciones, por su ironía, por sus contradicciones, por su ascenso y su permanencia en Segunda División, por su sinceridad, por sus respuestas secas, por su discurso sencillo, por su sentido común, por su paciencia, por su sinceridad, por sus verdades, por el mal encaje de las críticas, por su alejamiento de los halagos, por su frialdad para abandonar el banquillo en un momento álgido...
Dos años de "mucho desgaste" al frente del equipo de su "pueblo", como siempre dice. Y eso que se preparó psicológicamente. "Sí me parece importante la masa social que tiene el Eibar, y eso sí es un cambio respecto a lo que había entrenado hasta ahora. Aquí hay todo un pueblo detrás y el Eibar es una cosa importante", afirmó en los días previos a debutar en el banquillo armero. No ha rechazado la fricción con la grada ni con los periodistas. Le gusta ir de cara. Silbado por un sector de la grada, al que respondió en Amurrio, en un momento crítico del equipo, con un corte de mangas. La respuesta de sus fieles consistió en fundar una peña en su homenaje. Y entre tanto capotazo Mandiola ha perdido fuerza e ilusión.
Dos temporadas triunfales con las que ni él soñaba, porque a precavido no le gana nadie. "Para un eibarrés (mi fichaje por el Eibar) colma todas mis ambiciones, mis expectativas en el mundo del fútbol. Un equipo de casa y con la historia que tiene el Eibar. Estoy encantado", fueron sus primeras palabras el día de su presentación como entrenador del primer equipo, un 13 de junio de 2006.
Dos años y un día después, anunció su renuncia a la renovación con la compañía del delegado del equipo y del segundo utillero. Sin alardes, ni ensañamientos. Con ironía metafórica. "No voy a seguir. Mis balas ya se me han gastado". Pero sale por la puerta grande. Como el tercer entrenador que ascendió al club a la división de plata y uno de los pocos que certificó una permanencia en una categoría lejana para una población minúscula. Solamente la humildad, el compromiso y la minuciosidad de la labor hacen posible este milagro, que en la segunda etapa duró dieciocho campañas. Él deja puesta la piedra para otro largo camino de obstáculos.
Mandiola ha subido a los altares y se ha situado entre Alfonso Barasoain y José Luis Mendilibar. Sin embargo, el de Zaldibar es el principal culpable de las críticas hacia el técnico eibarrés. Conmovió con su atrevido planteamiento táctico y acostumbró a los aficionados al fútbol de toque. Por eso, el conservadurismo y las artes destructivas nunca acercaron a Mandiola a la grada. Los resultaron fueron su único salvavidas. La defensa de cinco efectivos, convertible a siete, los desplazamientos largos del cuero y la superioridad de la fortaleza física han sido argumentos poco convincentes para el abonado, que está en su derecho de reclamar espectáculo por su desembolso económico y en condiciones de aceptar que no volverá al banquillo otro Mendilibar.
Manix cierra un ciclo en la entidad que arrancó al enfundarse la zamarra azulgrana en el curso 1975-76. Luego, en 1992 regresó para hacerse cargo de las categorías inferiores. Años después comenzó a coleccionar ascensos. Cuatro, en concreto. Primero, para encumbrar al filial armero de Primera Regional a Segunda División B, donde sobrevivió dos años, mientras el primer equipo vivía una categoría por encima. Unos éxitos siempre solapados desde otros puntos geográficos y menospreciados económicamente. Ley de vida que endulza aun más los pequeños logros eibarreses.
El poso resultadista que deja Javier Mandiola le convierte en pieza clave en momentos desesperados, en situaciones de recate extremo. "No me veo como secretario técnico", ha declarado.
salida contradictoria El ambiente que ha rodeado su decisión unilateral desvela contradicciones. Después de que el presidente del Eibar, Jaime Barriuso, filtrara cierta incomodidad por el aplazamiento en su respuesta, afirmativa o negativa, a la renovación, Mandiola arremetió contra "la prensa rosa" -en referencia al otro periódico local- y avivó la incertidumdre sobre su futuro en la jornada previa al enfrentamiento con la UD Las Palmas. "Me gustaría continuar, pero en unas condiciones de estar en Segunda División y que todas las partes estemos de acuerdo", espetó, mientras cambiaba de tejado la pelota.
Más sorprendente -aunque acertó de pleno- fue el despido de Jaime Jordán a mediados de su primer ejercicio. De calificarlo de "jugón" lo envió a la grada en un corto periodo de tiempo. Y de ahí a la rescisión de contrato. En otras ocasiones se debió morder la lengua, como cuando se mofó en comparecencia de prensa de la personalidad introvertida de Nico Medina o cuando realizó un gesto antideportivo al entrenador del Hospitalet en la celebración de uno de los goles.
También le han recriminado el "injusto reparto de oportunidades" entre los integrantes de la plantilla. La ausencia de explicaciones en el apartado de las sustituciones le abrió algunos frentes que los resultados hicieron acallar, no olvidar.
Pocas apuestas ha perdido Mandiola. Cuando tiró de la cantera, esta le dio la razón. Así ocurrió con Asier Sánchez, salvador de un ofuscamiento general en plena lucha por la clasificación para la promoción de ascenso a Segunda. Josu Etxaniz, Beñat Larrañaga y Albistegi son otros casos. Esta temporada firmó una victoria en Vigo y acertó.
Como persona de trato directo y afable, una camarilla de aduladores interesados se ha aprovechado de su sangre caliente para sacar tajada. Le han sobrado roces, que el tiempo ha demostrado vacíos de contenido.
reivindicativo Como eibarrés, ha defendido el modelo de trabajo del club armero y ha cargado contra "esos presidentes que alaban el trabajo del Eibar y, cuando se dan la vuelta, le dicen al secretario técnico que fichen a un jugador al precio que sea". "Al Eibar -añade- todo el mundo lo ensalza, pero luego ningún club lo imita". Quizás es que el Eibar es inimitable, como Javier Mandiola, que goza tanto con el fútbol como reponiendo tabaco en una máquina del Katu Kale.
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