
Mikel González corta expeditivo un avance del cordobés Pineda.
donostia. Es la cruda y dura realidad. La Real no ha subido porque no se lo ha merecido. El equipo realista ha ido dejando escapar todos los trenes que se le han presentado hasta que el último, uno inesperado que perdió muy de madrugada en Vitoria, terminó de definir su cruel destino. La carambola de ayer era muy complicada que se produjera y menos si era a favor de un equipo abandonado por la fortuna desde hace años. La consecuencia es otra temporada insufrible en Segunda, con el agravante de que las cuentas del club están en números rojos y que, como es lógico, habrá menos posibilidades de confeccionar una plantilla de garantías para intentar regresar a la elite, su casa. El conjunto de Lillo no ha ganado ninguno de los tres últimos partidos y así, como se entenderá, es imposible.
Pero la Real siempre vuelve. Lo hace porque está arropada por una afición fiel y noble como ninguna, que siempre aparece dispuesta a protegerle en los momentos más duros. Ésa es la principal cualidad que debe atesorar una hinchada. Una hora después del final, unos 200 seguidores esperaban a los jugadores en los alrededores del estadio para apoyarles y, en algunos casos, pedirles que no se marcharan. La afición es el principal activo de este club y su importancia no viene definida en ningún Balance de Cuentas. La Real se quedó en Segunda en Vitoria, no contra el Córdoba, pero, al menos, lo hizo con 5.000 héroes en las gradas, que ayer volvieron a enfundarse la txuri-urdin para soñar con la gloria.
A los jugadores hay que darles las gracias, sobre todo por haber sobrevivido en el intento. No se recuerda a un equipo en ninguna categoría que haya estado peleando por alcanzar sus metas hasta el último día, pese a haber padecido todos los cambios y los contratiempos habidos y por haber. Ha llegado a un momento, incluso, en que se ha sentido inmune a los golpes, pero sí que ha terminado pagando el continuo desgaste. A estos futbolistas no se les puede poner un pero en cuanto a actitud y responsabilidad en el trabajo, pero sí que han terminado pagando el déficit en aptitud y, sobre todo, en mentalidad. Esta plantilla lleva demasiado tiempo encajando derrotas, lo que le ha costado asumir una mentalidad perdedora, un mal complicado de erradicar, salvo con un cambio radical de jugadores, algo que no está en condiciones de asumir el club, ni por dinero ni por filosofía, si es que la tiene.
Lillo alcanzó el 15 de junio y no ha subido a su Real. En su brillante alocución del viernes, en la que reprendió con contundencia al alcalde donostiarra Odón Elorza, el técnico pasó por alto que el equipo no estaba jugando bien, por el mero hecho que había ganado injustamente en Tenerife y que había alcanzado, de la misma forma, el minuto 90 en Vitoria con 1-2. Es decir, se defendió con tesis resultadistas, algo de lo que siempre ha renegado. Su plantel ha llegado sin gasolina al sprint final, como lo demuestran su últimos tres partidos. Se ha empeñado en apostar por un sistema 4-3-3, en el que pocas veces se ha sentido cómodo el equipo al actuar con las líneas separadas lo que generaba que los centrocampistas tenían que recorrer demasiados kilómetros y que cada pase se convertía en una prueba de talento.
Subir no estaba "chupado", como repitió en tantas ocasiones Badiola. El presidente ha hecho un gran esfuerzo por lograr la vuelta a Primera, ha fichado a tres buenos jugadores y a uno de Champions . Se le podrán discutir muchas cuestiones de su gestión, sobre todo el tiempo perdido en el banquillo, pero invirtió fuerte y se ha quedado sin premio por dos goles en un descuento de infausto recuerdo. Ahora tendrá que dar el callo en la parcela económica, porque le espera una Junta de cuchillos largos. Eso sí, que al anterior Consejo ni se le ocurra sacar la cabeza porque se han ido de rositas después de haber bajado al club a Segunda, dejando telarañas en las arcas y con el escándalo de haber aprobado un presupuesto imposible, apoyándose en su dominio accionarial.
los árbitros hasta el final Ayer, la Real fue incapaz de devolver parte del afecto que ha recibido de la grada. Estaba obligada a ganar y volvió a defraudar. Cuando los realistas emitían evidentes señales de impotencia, y justo después de que Amoedo Chas le birlara un penalti al Eibar en El Molinón, el Córdoba se adelantó en una acción en la que cometen una falta flagrante sobre Mikel González. No se puede olvidar que, a parte de otras muchas razones, la Real no ha subido por los árbitros, que le han quitado hasta en el último partido. Labaka empató tras un buen cabezazo minutos antes de que el Málaga se pusiera por delante en un golpe con visos de definitivo. La segunda parte fue una muerte dulce.
La Real está gafada. Tiene que bajar para que suba el Sporting diez años después y ve como sus rivales alcanzan sus objetivos con milagros. No queda más remedio que levantarse otra vez. Será la única manera de curar las heridas y de forjar un futuro a la altura de la historia de la Real. Es la nueva misión para todos los corazones blanquiazules. Ánimo.
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