Editorial
Berlusconi y su ramalazo fascista
N las últimas semanas la opinión pública europea ha estado centrada fundamentalmente en las consecuencias de la recesión económica mundial, tema que en el Estado español se ha sumado a la crisis del PP y a la consulta de Ibarretxe. En ello han estado afanados los creadores de opinión, mientras que en Italia se producía una de las más peligrosas involuciones sociales de los últimos tiempos. Con la impunidad que le confiere su holgada victoria electoral,
Silvio Berlusconi
se ha dedicado a dar ideas a los estados europeos sobre cómo tratar el problema de la inmigración. Unas ideas, por cierto, al borde del precipicio de la xenofobia y el racismo. En realidad, Berlusconi siempre ha tenido una cierta debilidad por el régimen totalitario implantado por Mussolini y también él se ha considerado de alguna manera
Duce de esa coalición de ultraderecha populista y racista que es Forza Italia. La nostalgia del fascio italiano se hace notar no solamente en la profusión de saludos a la romana en la noche electoral, sino en los frecuentes incidentes violentos provocados por los ultras, la obsesión enfermiza por la seguridad ciudadana y las durísimas medidas sobre la inmigración que, por cierto, ya comienzan a dar sus frutos en la Unión Europea. Por si fuera poco la identificación de los extranjeros sin trabajo considerándolos delincuentes y la expulsión masiva de inmigrantes -todo ello por decreto-, Berlusconi ha dado un paso más, un paso que retrotrae a la sociedad italiana a los años treinta y la lleva al neofascismo maquillado: la persecución a los gitanos. Como primera medida, el Gobierno italiano quiere elaborar un censo de todos los gitanos residentes en el país. Lo que pueda derivarse de ese censo, tal como son los aires que respira Berlusconi, lo mismo puede acabar por alejar a las familias, realizar expulsiones en masa, responsabilizarles de todos los delitos, o decretar la estrella amarilla visible en la ropa de los gitanos como el fascismo hizo con los judíos hace ochenta años. Esta siniestra regresión debería hacer reflexionar a las izquierdas erráticas e irresponsables que en Europa no acaban de plantarle cara con las armas de la democracia y los derechos humanos a una derecha extrema cada vez más resentida y envalentonada.