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Cinco meses en el dique seco

La bomba de ETA ha destrozado el Marítimo por dentro y por fuera. Javier Chávarri, su presidente, calcula que hará falta medio año para volver a la normalidad. Los trabajadores del Marítimo pasaron una noche de angustia frente al edificio destrozado

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la marquesina amarilla de Bizkaibus sobre la que se apoyan luce publicidad de Expovacaciones. Ironías de la vida. La luz fluorescente de la parada de autobús ilumina el desvelo de media docena de trabajadores del Club Marítimo del Abra. Hace dos horas que ETA ha reventado su puesto de trabajo, el de 46 personas. Y allí se han presentado. Porque sí. Porque se lo pedía el cuerpo. Nadie les ha llamado. Más que curiosidad, preocupación por el futuro. Por su futuro. El boom augura que la avería ha sido considerable. Las escasas informaciones que llegan al otro lado de la cinta plástica roja y blanca lo confirman: la bomba ha cumplido su cometido a la perfección. Javier Chávarri, vestido con chamarra de navegante, traslada cauto las primeras informaciones. Es el presidente del Marítimo. "Dicen que toda la fachada que da a la mar está destrozada". Dicen. Salvo ertzainas que investigan con potentes focos arrastrados de un Hummer , nadie ha podido verla. Javi, Joseba, David... rumian su inquietud. Hace un rato sabían que se ganaban la vida en el llamativo edificio de cristal y cemento; de ahora en adelante no lo tienen tan claro. "Nos han hecho daño, pero a nosotros, a los currantes", aclara uno de ellos acompansando la cabeza de un lado a otro.

Joseba, con veinte años largos de servicio en la casa, vio la furgoneta y dio la voz de alerta. "Me ha parecido extraño que alguien hubiera dejado una furgoneta ahí -en pleno paseo peatonal, frente al mar, en una zona prohibida a los vehículos- y que no hubiera nadie dentro. He avisado a los compañeros. Nunca se ha visto un coche ahí. Era extraño", insiste Joseba. Él estaba en el exterior de las instalaciones; dentro sólo había dos personas más: una telefonista y un guarda de seguridad. Lo habitual por las noches en el Marítmo.

"era blanca" "¿Que qué marca era la furgoneta? Y yo que sé. Era blanca. No te puedo decir más. Los de arriba han llamado a la Ertzaintza y de la misma hemos salido de allí. ¿No nos íbamos a quedar dentro, no?". Joseba no tiene ganas para más. Entre que el susto está tierno, su oído y la desconfianza que le provocan tantas preguntas, el marinero prefiere un cigarro solitario a la conversación.

Llegan más compañeros. Algunos, pese a no vivir lejos, no han oído la detonación. Se han enterado por las llamadas de los compañeros. "Lo único que sé es lo que he oído en el taxi cuando venía hacia aquí".

-¿Os han llamado para venir?

-Es mi puesto de trabajo. Mi puesto de trabajo -reitera otro, jersey al hombro-. Por eso he venido. Para los currantes esto es una faena. Yo lo tengo claro: querían mandar un recado a los empresarios que suelen venir aquí. Nos han marcado. A ver qué hacemos como toda esa gente coja miedo y no vuelva.

-Más seguridad, tercia otro.

-¡Bahh! Por mucha seguridad que tengas, si estás marcado, estás marcado. Si quieren armártela, te la arman. Ahí lo tienes. Ahí mismo. Nosotros tenemos cámaras y un vigilante, pero han metido la furgoneta hasta el mismo paseo.

Los currelas hacen corro y siguen a lo suyo. Tertulia de madrugada. En voz baja. Ni más alta ni más baja que el ronrroneo del motor diesel del Passat que la Ertzaintza tiene cruzado en pleno Paseo de Zugazarte. "Allí tienes a los jefes -el presidente Javier Chávarri y el gerente Javier Zarraga-; pregúntales a ellos", aconsejan.

Los jefes no tienen mucho más que decir. Sólo deseos: "Que no haya muchos barcos afectados. Pero no lo sé. Tal como parece que estaba colocada la bomba, la onda habrá ido hacia ellos", temía el gerente, protegido de la noche por un tres cuartos amarillo. "¿Que por qué una bomba en el Marítimo? Pues no sé qué decirte. No me lo explico", responde dubitativo el presidente.

El día trae la luz, pero no respuestas para las preguntas. Chávarri sigue sin encontrar un porqué al por qué. Las autoridades le permiten entrar en el edificio por la mañana, mientras los expertos de la Unidad de Explosivos y de la Policía Científica de la Ertzaintza todavía recogen evidencias. Se encuentra con la planta baja arrasada. Ahí se ubican las oficinas y un gimnasio recién inaugurado que de la noche a la mañana se ha quedado viejo. Tal cual. El vistazo a la primera planta no es más alentador. Las oficinas y la cafetería presentan daños visibles: el techo está en el suelo. Una maqueta del velero de Ugarte ha quedado como si le hubiera azotado el peor temporal del Cabo de Hornos.

Chávarri calcula que deberán pasar cinco o seis meses para que la normalidad atraque de nuevo en el Club. Fuentes directivas aseguran que los 46 trabajadores no tendrán ningún problema. El Club Marítimo del Abra no dejará tirados a sus marineros pese a tener que estar medio año varado en dique seco. "No habrá ningún problema", señalan las fuentes consultadas.

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