Editorial
Ahora más que nunca
ESCATANDO el macabro ritual de los años 80, ETA ha decidido dejar claro que va a impedir cualquier escenario de acuerdo político que no se ajuste a su proyecto totalitario. Las furgonetas bomba de Legutiano y Getxo expresan su intención de dinamitar cualquier iniciativa encaminada a articular un marco de entendimiento del que la organización terrorista se sabe excluida. Precisamente por esa evidencia
Zapatero
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Ibarretxe deberían salir hoy de la Moncloa con un mensaje compartido que deje claro que las bombas de ETA no van a condicionar sus agendas políticas y que la solución pasa por un acuerdo de convivencia entre todas las sensibilidades políticas del país, un acuerdo suficientemente sólido para aguantar las embestidas de ETA, que vendrán. Zapatero debe tener presente que la acción terrorista no puede paralizar su esfuerzo por afrontar el reto del encaje vasco. Ibarretxe, por su parte, debería ser consciente también de que su iniciativa, por sí sola, no puede desarmar el lunático argumentario político de un grupo armado que se ha puesto frente a la voluntad inmensamente mayoritaria de la sociedad vasca. Pero hay más elementos que dificultan el acuerdo. Al presidente español no sólo le paralizan las bombas terroristas, sino también la presión mediática de los grandes grupos interesados en impedirle cualquier acuerdo con el lehendakari, el desgaste que le amenaza por ese supuesto 'balón de oxígeno' para el presidente vasco. O la presión de su propio partido, que ven una oportunidad de oro para a costa de un supuesto fracaso de Ibarretxe situar al PSE en una privilegiada posición electoral. También Ibarretxe se ve atado por esa presión y por una 'hoja de ruta' de complicada marcha atrás ni siquiera para tomar impulso o buscar quiebros que eludan el muro ante el que se va a encontrar. Pero ni Zapatero ni Ibarretxe deben olvidar que la mayoría de la sociedad vasca reclama un espacio de entendimiento, un nuevo pacto para el siglo XXI que afronte los grandes retos económicos y de bienestar más allá de nominalismos y totems políticos, llámense Constitución o Loiola. Zapatero e Ibarretxe deben hoy estar a la altura de estas circunstancias y buscar un equilibrio en el que nadie salga derrotado de un lance que jamás debiera ser un choque.