
El joven Zuaitz Huerta, ayer, en Donostia.
cON tan sólo diez años llegaron los primeros insultos y vejaciones. El hernaniarra Zuaitz Huerta era un escolar tímido y retraído, y no tardó en convertirse en el pin pan pun de la clase. El escarnio se iba gestando a fuego lento, al calor de sus modos amables y de su excesivo amaneramiento, una puesta en escena que no acababa de encajar entre unos chavales acostumbrados al barro y a los puñetazos. "¡Maricón, mariquita, Sarasa!". Zuaitz -insiste en que su nombre sea escrito sin 'h'- ni siquiera sabía por aquel entonces si le gustaban los chicos o las chicas. Sólo ahora, quince años después del atropello, ha conseguido acallar aquellos gritos, aunque hubo una época en la que el pertinaz acoso le hundió en la miseria. "Estaba hecho un lío, aunque quizá todo aquello me sirvió para fortalecer el carácter", confesaba ayer el joven, sonriente, con motivo del Día Contra la Homofobia y la Transfobia, que hoy se celebra.
Superar aquella situación no fue nada fácil. Estudios recientes revelan que la mitad de los adolescentes que intentan suicidarse son lesbianas, gays o transexuales. Las posibilidades de hacerlo, incluso, se multiplican por trece respecto a cualquier otro colectivo. Zuaitz no oculta que "alguna que otra vez" también se le pasó por la cabeza, aunque pronto desoía aquella vocecilla. De algún modo, sabía que tarde o temprano vendrían las cosas mejor dadas. "La vida es una montaña rusa, hoy estás arriba, mañana abajo...", reflexiona.
Y fue precisamente el día que tocó fondo cuando tomó de la mano a su madre y ambos se pusieron a conversar. Había que tomar una solución, y no tardaron en decidir que lo mejor era marchar a Mallorca, donde residía su padre, una decisión celebraba, de la que se felicitará el resto de su vida. "Allí conocí por vez primera a personas que estaban viviendo el mismo problema que yo, hice mi cuadrilla de amigos y todo aquello me permitió descubrirme a mí mismo", revela el joven.
salir del armario
Contrapartidas y sinsabores
En expresión acuñada, lo que hizo Zuaitz fue salir por fin del armario, un paso que también tuvo alguna que otra contrapartida y muchos sinsabores. "Mis padres son católicos y se lo tomaron muy mal. Aproveché que estaban juntos en Mallorca con mi hermana para decírselo: estoy saliendo con unos amigos homosexuales, y yo también lo soy". Así, tal cual. Y después llegó el resto, incómodo silencio y meditación. No fue fácil dar el paso.
"Lo de mi padre fue lo más heavy ", recuerda Zuaitz. "Vale, sí, venga, eres homosexual, pero no quiero que salgas con esos amigos", le dijo. Como si se tratara de otro escenario y otros actores bien diferentes, el joven se felicita hoy, una década después de aquel maltrago, de que sus padres le respeten y que pueda hablar con ellos con plena libertad.
Definitivamente fue en Mallorca donde se produjo el punto de inflexión de su experiencia vital. "Si aquí he podido hacer mis amigos, ¿por qué no intentarlo en Donostia?", se dijo. Y se puso manos a la obra, hasta que por fin ha llegado a conseguirlo en una sociedad guipuzcoana que, según observa este joven, "poco a poco nos va aceptando", aunque el rechazo también dejó sus costurones. "Sí, también es verdad que ahora tengo la sensación de estar recuperando el tiempo perdido en la adolescencia", admite.
Esa sensación de pérdida se remonta a esos difíciles 17 años en los que incluso se vio obligado a abandonar los estudios, después de haber repetido varios cursos, porque definitivamente su cabeza estaba en cualquier lugar menos en clase. "Los insultos eran continuos y la situación se hizo tan insoportable que me acabé encerrando en mí mismo. Lo dejé todo", rememora.
A Zuaitz, que coordina Gaztegehitu, lugar de encuentro entre jóvenes homosexuales, le quedan ahora cuatro asignaturas para acabar Bachiller, y su mayor ilusión es llegar a la Universidad para empaparse de todo aquello que tenga que ver con Enfermería. "Me encanta esa profesión, me parece gratificante poder ayudar a los demás", confiesa.
Sorprende la entereza que muestra, sobre todo después de haber vivido una experiencia extrema en una etapa como la adolescencia en la que, de algún modo, acaba por pulirse la personalidad. Él, como quitándole hierro al asunto, ha hecho suya una frase: "Tirar siempre para adelante". Tampoco repara demasiado en el futuro porque las puertas se abren "aquí y ahora", "y todavía tenemos esperando un montón por abrir".
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