Diario de Noticias de Gipuzkoa

Tribuna Abierta

¿Qué queda del mayo del 68?

por alonso escalada enviar a un amigo imprima este texto texto normal texto medio texto grande

Cuarenta años después de aquella revolución de las utopías o del cambio de otro mundo posible nos hacemos la pregunta entre nostálgicos y un poco decepcionados: ¿qué nos queda de aquel sueño de libertades y de advenimientos de una nueva era de humanismo sin trabas? ¿Solamente aquellos eslóganes nacidos al calor de la imaginación de unos estudiantes sin compromisos o de unos visionarios de otro mundo posible como aquel evangelio laico: "Seamos realistas, pidamos lo imposible"? ¿O el de "la imaginación al poder"? ¿O la liberación sexual de los sesenta? ¿Qué herencia hemos recogido de aquella siembra de idealismo y de augurios de cambios sociales y de nuevo sistema en lo económico y en lo político?

Son las preguntas que inquietan nuestras mentes y nos ponen en situación de analizar a esta distancia histórica o cronológica la conmoción vivida por una Europa y hasta por un mundo entre asustado y expectante, un mundo instalado en las viejas formas del capitalismo y temeroso de los profetas del marxismo y del existencialismo, un mundo que renegaba de Marx y de Sartre. Pero ahora, después de la utopía y del liderazgo de Cohn Bendit, ¿qué ha pasado para que el sueño de otro mundo, el entierro del viejo capitalismo, haya emergido otro nuevo espíritu capitalista, como lo señalan en su libro El nuevo espíritu del capitalismo Luc Boltanski y Eve Chiapello? Estos dos analistas opinan en su libro que a partir de 1970 apareció gradualmente una nueva forma de capitalismo que abandonó la estructura jerárquica del proceso de producción al estilo de Fordy y desarrolló una organización en red, basada en la iniciativa de los empleados y la autonomía en el lugar de trabajo.

La habilidad del capitalismo consistió en que el propio capitalismo usurpó la retórica izquierdista de la autogestión de los trabajadores, hizo que dejara de ser un lema anticapitalista para convertirse en capitalista. A este propósito hay que recordar el acierto del reto de Lacan a los estudiantes que se manifestaban por las calles de París: "Como revolucionarios, sois unos histéricos en busca de un nuevo amo.

Y lo tendréis". "Y lo tuvimos", dice el filósofo esloveno Slavoj Zizek en su artículo Mayo del 68 visto con ojos de hoy, disfrazado del amo permisivo posmoderno cuyo dominio es aún mayor porque es menos visible. Aunque no hay duda de que esa transición fue acompañada de muchos cambios positivos -basta con mencionar las nuevas libertades y el acceso a puestos de poder para las mujeres- no hay más remedio que insistir en la pregunta crucial: ¿tal vez fue ese paso del espíritu del capitalismo a otro lo único que realmente sucedió en el 68, y todo el ebrio entusiasmo de la libertad no fue más que un modo de sustituir una forma de dominación por otra? El mencionado Zizek cree que "las cosas no son tan sencillas".

Y agrega, con la perspicacia del analista serio: "Si observamos nuestras situación desde la perspectiva del 68, debemos recordar su verdadero relago: el 68 fue, en esencia, un rechazo al sistema liberal-capitalista, un no a todo él".Me parece un juicio certero el de Slavoz Zizek. Y este acierto crítico contrasta con la repulsa de Sarkozy y su deseo de enterrarlo porque "ha traído tantos males a Francia". Pero como advertía con sagacidad Manuel Rivas, "el mayo del 68 fue enterrado en junio del 68".

La otra gran pregunta que nos podemos hacer es la misma que se hace el filósofo esloveno Zizek: ¿respaldamos esta naturalización del capitalismo o el capitalismo globalizado actual contiene antagonismos lo suficientemente fuertes como para impedir su reproducción indefinida? Dichos antagonismos son (por lo menos) cuatro: la amenaza inminente de la catástrofe ecológica; lo inadecuado de la propiedad privada para la llama propiedad intelectual; las implicaciones socioéticas de los nuevos avances tecnocientíficos (sobre todo en biogenética); y las nuevas formas de apartheid, los nuevos muros y guetos.

No sé si este capitalismo neoliberal nos va a hacer más felices o menos desgraciados, más solidarios o menos insensibles al hambre de tantos millones de hombres y mujeres y de tantas pandemias procedentes del Tercer Mundo, pero habrá que preguntarse con un alto grado de responsabilidad si cada uno de nosotros está preocupado -no diré comprometido, porque quizá sea mucho pedir- con estos desequilibrios entre países ricos y pobres, entre estas desigualdades tan escandalosas que no somos capaces de igualar o de superar-. Tal vez sea la última utopía de nuestra historia: la de reconocer en el futuro un mundo menos desigual o más cercano al nuestro. Y éste puede ser otro legado del 68.

* Periodista

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