Editorial
Melancolía
UIENES sigan sosteniendo que ETA no marca la agenda política, sólo tienen que reflexionar en la febril actividad de los políticos -de todos los grados, desde presidentes hasta alcaldes- a quienes los cien kilos de explosivos y el cadáver del guardia civil
Juan Manuel Piñuel
convocaron el miércoles en Legutiano desbaratando agendas y compromisos. Los periódicos publicados ayer, sin excepción, daban cuenta de las múltiples notas de condena y declaraciones más o menos airadas contra la locura terrorista. Los responsables del orden público especulaban sobre la presencia de ETA y sus eventuales comandos reconstituidos en el País Vasco. Los periodistas más supuestamente enterados daban datos sobre organigramas y jerarquías responsables de la actual ofensiva. Los políticos llamaban a la unidad y anunciaban por enésima vez que ETA está vencida, que los responsables de la masacre de Legutiano acabarán en la cárcel. Y el cadáver del guardia asesinado recibía ayer con todos los honores el homenaje de las más altas jerarquías del Estado. Es necesaria una reflexión sobre la persistencia de la actividad terrorista de ETA, que vaya más allá de la liturgia tantas veces repetida. La sociedad vasca, y la española que también sufre las consecuencias de esta violencia, tienen que ser conscientes de que ETA está durando ya más que el propio franquismo sin que se perciba el final biológico de su dictadura, sin que se adivine ninguna transición, sin ningún atisbo de reconciliación. Deprime comprobar que los políticos no lleguen a ponerse de acuerdo ni siquiera en el diagnóstico para resolver un conflicto que atenaza cualquier proyecto de futuro. Los partidarios de la derrota de ETA a base de policía, jueces y complicidad internacional han podido comprobar que ni limitando las libertades democráticas ni siquiera echando mano del terrorismo de Estado se ha llegado a acabar con una organización terrorista que es fenómeno único en Europa, que supone un terrorífico anacronismo, que cada vez cuenta con menos apoyos internacionales, pero que sigue ahí. Sólo un acuerdo político global puede desatar este nudo. Y hay que intentarlo de nuevo si no queremos que se repita el atentado de Legutiano con su secuela de condenas y funerales, mientras esperamos estremecidos al siguiente.