
La frágil memoria de algunos nos obliga a recuperar, a modo de retazos, el carácter en ocasiones difícil e imprevisible del escultor. Su carácter le proporcionó más de un enfrentamiento y, en lo referente a los críticos, son muchas las situaciones acontecidas a lo largo de los años. Se detectan desencuentros ya desde 1952, coincidiendo con los primeros momentos de su participación en el proyecto de Aranzazu. Había regresado recientemente de América y tomó contacto con la realidad de España tras la posguerra, la dictadura y con los que se montaron al carro del despropósito, que eran quienes marcaban en esos años las pautas de lo bueno y de lo malo, lo correcto y lo erróneo.
Es en los diarios afectos al régimen La Voz de España y Unidad donde hallamos esos primeros encuentros con la crítica, situaciones que merecen una mayor consideración, ya que han quedado sumergidas en la nebulosa del tiempo.
Hay que recordar el primero de ellos, con motivo de una conferencia del escultor de Orio sobre la Basílica en el Círculo de San Ignacio, en 1952. La intervención de Jorge Oteiza estaba preparada con anterioridad, pues todo acto público cultural necesitaba de permiso gubernativo para celebrarse y era necesario presentar un resumen. Pero el escultor dejó pronto su guión -más tarde se justificaría que por su dilatada extensión-. Alberto Clavería, crítico en esos años del diario, recogió sus palabras pero destacó en su artículo las que menos le gustaron, en las que el artista arremetía contra los medios: "Lamenta la atonía artística de nuestra ciudad indicando como prueba de ello la imagen del Sagrado Corazón de Urgull, falta, a su juicio, de 'vigor estético', para añadir de forma destacada 'además de la prensa local donde se vienen escribiendo las mismas simplezas desde hace 30 años."
La respuesta de Oteiza a las palabras del crítico no se hicieron esperar en el mismo medio. Le acusaba de no contarlo todo, en el tono particular del escultor de Orio: "No podría rectificar nada de lo que dije, pero sí te debo una aclaración pública, pues públicamente pensaba distinguir tu inquietud de joven y gran periodista y tu excepcional atención por los acontecimientos artísticos en nuestra ciudad y últimamente, en particular, por la obra tan discutida y de tanta trascendencia como la de nuestra Basílica de Aranzazu. Tenía en el guión de mi conferencia anotada esta observación, pero con el deseo de abreviar por si se producía alguna discusión final, prescindí hasta del guión y fueron muchos los puntos que debería haber aclarado más y no pude. Pero no confundamos esta cuestión personal con la interna y gravísima cuestión que yo planteé, al señalar el origen y hasta la curación de nuestra decadencia artística. Informemos al público de que yo hablé de los vacíos de mi estatua no para hablar de mí, sino para hablar desde mis cambios fundamentales de la escultura actual, de cómo pierde peso y se transforma radicalmente. No confundamos el periodismo que sirve el gusto del público o el del artista con el método objetivo y técnico con que una crítica de arte sabe documentar al público, pero que no existe en nuestro país". Oteiza terminaba su carta tras aclarar otra serie de puntos sobre las notas del crítico de La Voz de España : "Que hay aire nuevo que caracteriza nuestra época y que nuestra sagrada imagen del monte Urgull, nuestros recientes jardines, nuestra pintura de la Diputación, nuestras exposiciones, nuestro gusto público, carecen de este aire vivo, de este acento estético vital: que están muertos".
No fue Clavería quien contestó a sus palabras, sino el médico, pintor y crítico del diario Carlos Ribera, quien emplazó al pintor a que hiciera una crítica: "Invito al señor Oteiza a que nos envíe una crítica de la exposición de Eduardo Vicente, para confrontar de ese modo las diferencias y para que todos los críticos de nuestro país puedan aprender a hacer una crítica de arte correcta".
El contenido de los tres textos, ofrece una visión de la postura del escultor y de los dos comentaristas del diario. Meses después la exposición de los bocetos seleccionados para Aranzazu en este mismo círculo jesuítico, desencadenaría desde Unidad la dilatada paralización de las obras en la Basílica, esta vez de la mano de otro crítico J. Arramele, seudónimo empleado por Vicente Cobreros.
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