
Dos veces al día, "como mínimo", Lucía Muñoz atraviesa Legutiano para dar de comer a los animales de su finca y comprobar la evolución de las verduras que crecen en el invernadero. Ayer no pudo hacerlo. El terreno ubicado en las proximidades del cuartel de la Guardia Civil formaba parte de la zona cero acotada por las fuerzas policiales para preservar la seguridad de los vecinos e iniciar la investigación sobre el cuarto atentado mortal de ETA tras la tregua. Mientras espera noticias parapetada tras el cordón policial, una única pregunta le ronda por la mente: "¿Y si hubiese estado allí?".
No sabe lo que encontrará cuando le permitan acceder a su propiedad, pero el mensaje que le transmiten sus ojos es desalentador. La casona situada frente a las dependencias policiales tiene más de la mitad del tejado destrozado. El diálogo con sus amigas se basa en ese mínimo exponente de lo que puede haber provocado la explosión en su globalidad. "Menos mal que no había nadie viviendo allí. Hace cerca de un par de meses se fue una familia marroquí que estaba de alquiler. Menos mal".
Legutiano se abona al lamento. A la rabia y a la impotencia del nulo margen de maniobra ante la virulencia de una explosión programada. Pero, además de los sentimientos que despiertan las acciones de la banda armada, los vecinos narran cómo han vivido el regreso de ETA, un cuarto de siglo después, a esta localidad de Zuia.
hostelera
Argi Etxebarria
Detrás de la barra del Crucero, Argi ha retomado ya su habitual ritmo en la preparación de cafés. Son las diez de la mañana y aún le tiemblan las piernas por lo escuchado y vivido. El bar, situado a unos 300 metros de la casa cuartel, es parada habitual de trabajadores que afrontan con renovadas dosis de cafeína cada nueva jornada. Los moradores de las dependencias de la Guardia Civil eran ajenos a esta práctica, no así otros compañeros que residían en poblaciones ajenas a las fronteras de Zuia.
La hostelera narra con el susto metido en el cuerpo el "tremendo" estallido que provocó la detonación de la carga mientras ella descansaba. "A pesar de que estaba lloviendo, un golpe tan seco no podía ser un trueno", relata. Han pasado 26 años desde que la organización terrorista atentase por última vez en esta localidad alavesa, pero Argi recuerda "perfectamente" cómo fue aquel ataque -también contra el cuartel- y las diferencias respecto a lo acontecido ayer. "Eso no fue nada comparado con lo que hemos visto hoy, no fue nada", matiza. También se acuerda de sus clientes y destaca el elevado número de trabajadores que ayer variaron por obligación su ruta ante el corte de la N-240. Éste es el caso del operario de limpieza José Antonio Pérez de Arriba, quien relata mientras toma un cortado las "vueltas" que deberá dar para completar la ruta de poblaciones próximas al Gorbeia que tiene a su cargo.
ex concejal de legutiano
Imanol Garaigordobil
"El hijo me ha llamado a las cuatro de la madrugada para contarme que la carretera estaba cerraba y que tenía que coger otra ruta". Desde ese momento, las sensaciones en la casa de la familia Garaigordobil se sucedían a velocidad de vértigo. ETA había atentado contra el cuartel de la Guardia Civil y, como consecuencia de la explosión, un socavón obligaba a las fuerzas policiales a cortar la carretera.
Este apellido, ligado al transporte de pasajeros, también ha vivido una estrecha relación con la política, pero Imanol habla ahora como vecino. Recuerda que hace no mucho su familia se encargaba de trasladar a los hijos de los guardias civiles del cuartel atacado hasta sus centros docentes. Piensa en ello, pero tampoco puede alejar de su mente su rol profesional y, aunque ya esté jubilado, hace un repaso mental de las carreteras que deberá coger su hijo para completar su trabajo de hoy. Por su parte, el aludido afirma que el trato y la relación con muchos de los guardias que residen en el cuartel es, "sin llegar a ser de amistad, buena".
ex deportista rural
Iñaki, 'el zurdo de Nafarrate'
Conocido en gran parte de Álava por sus hazañas en el campo del deporte rural, este vecino de Legutiano se sumó desde primera hora a las improvisadas tertulias que se repetían ayer frente al Ayuntamiento de la localidad, principal punto neurálgico. Desde su vivienda escuchó con nitidez el estallido frente al cuartel de la Guardia Civil, un sonido que le hizo descartar de inmediato la coincidencia con un trueno. "Sonaba fuerte y muy seco, pero no llegue a pensar que se tratará de una bomba, y menos de una de las dimensiones de la que parece que han puesto", sentencia.
Su memoria giró hacia el ataque de un cajero, "quizás porque eso es más común", aunque matiza que podía "ser algo más que un petardo" dado que los cristales de su casa comenzaron a vibrar como consecuencia de la sacudida de la carga.
periodista
Félix Iriarte
A pesar de haber nacido en Aramaio, Iriarte es desde hace años un vecino más de Legutiano. En sus salidas y entradas al pueblo había observado -quizás por deformación profesional- cómo la parte frontal del cuartel presentaba desde hacia cerca de un mes pivotes que impedían estacionar vehículos justo enfrente del inmueble.
No obstante, esta aparente medida de seguridad no impidió los efectos devastadores que el coche bomba provocó a las "tres menos dos minutos de la madrugada". La exactitud temporal no es gratuita, la situación de la vivienda de este periodista alavés, situada a escasos 400 metros de las instalaciones policiales, le permitió escuchar y sentir de primera mano el estallido. En la mente se le apareció la casa cuartel y acto seguido comenzaron sus sospechas sobre la magnitud que podía haber alcanzado la explosión.
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