Editorial
Condena y algo más
LoS Centenares de vecinos de Legutiano que vieron interrumpido su sueño a las tres de la madrugada de ayer no olvidarán fácil el terror pánico del estallido. Por supuesto, las familias de los guardias civiles que han tenido que ser evacuadas de la ruina del cuartel llevarán de por vida el recuerdo de la angustia vivida. Los allegados del guardia asesinado,
Juan Manuel Piñuel
, soportarán para siempre la losa del luto injusto por el hijo, esposo y padre que se llevó la metralla enloquecida de los salvapatrias. Ayer, como era de esperar, llovieron las condenas desde todas las instancias oficiales, viajaron las autoridades ante el cuerpo presente, las oficinas de prensa de los políticos redactaron las repulsas habituales y hasta parecieron competir en firmeza y contundencia. Es necesario condenar, o rechazar, o demostrar absoluta disconformidad con la utilización de la violencia que hace ETA para imponer su proyecto totalitario. Para quienes representan en las instituciones a la voluntad popular es una obligación ética pronunciarse contra el asesinato, la extorsión y el terror como procedimiento político y cada vez se entiende menos la inhibición o el mirar para otro lado cuando ETA destruye o asesina. Pero la realidad y la historia nos enseñan que la condena no basta, y ése fue el fracaso de la Mesa de Ajuria Enea que se limitó al mero ejercicio reiterativo de la condena de la violencia de ETA sin pasar a la segunda parte de su proyecto fundacional, que era ni más ni menos que la búsqueda del diálogo político hacia el acuerdo entre todos los partidos democráticos. Los partidos, está demostrado, no se ponen de acuerdo. Son demasiados intereses los que están en juego, y nadie quiere ceder sus posibilidades de poder. La sociedad vasca, harta ya de tanta inoperancia, es la que está sufriendo en sus carnes el empeño en impedir cualquier salida democrática, cualquier proyecto que, al menos, quiera intentarlo. Es hora ya de que los ciudadanos vascos, en uso de su libertad, puedan pronunciarse para exigirle a ETA de forma masiva y clamorosa que deje en paz a este pueblo, que renuncie a su maldito tutelaje. Es hora, también, de que la ciudadanía exija a sus políticos -a quienes paga- que lleguen a un acuerdo para que, dejando a un lado sus diferencias, acuerden una convivencia normalizada.