
Fernando Iwasaki, ayer, momentos antes de impartir el taller sobre microficción.Foto: gorka estrada
donostia. Es sabido que el mal fario suele campar a sus anchas por esos lugares diabólicos que son los aeropuertos. El de Sevilla se convirtió ayer en una trampa para Fernando Iwasaki (Lima, 1961), que no llegó a tiempo para su encuentro matinal con la prensa donostiarra. El autor peruano se vio envuelto en una maraña de despropósitos -autobuses, escáners, autoridad (in)competente- que le hicieron perder el avión. Afortunadamente, nada le impidió impartir por la tarde el taller de microficción de Literaktum, el Festival de Letras y Lenguajes.
Su 'affaire' aeroportuario podría servirle de ingrediente para un microrrelato.
Sí, sí. Puede servir para escribir una ficción breve. Al menos me ha dado juego para escribir una carta de reclamación, que también es una forma de microrrelato.
¿También?
Sí. Yo creo que vivimos rodeados de microrrelatos. Constantemente aparecen a nuestro alrededor textos que tienen mucho de ficción pero que no hemos sido capaces de contemplar con una mirada literaria. Cuando leo en la prensa un anuncio de contactos como "Joven licenciado, educado, idiomas, culto y sensible busca señorita o similar que quiera compartir amistad o lo que surja" me pregunto qué hace gente con tanto talento poniendo esos anuncios, porque yo creo que tienen algo de ficción. La necrológicas, los horóscopos, los atestados policiales y las cartas de reclamación que algunos escribimos son microrrelatos, y sólo hay que leerlos con la necesaria expectativa literaria.
También es usted un apasionado de los diccionarios.
Sí, de los diccionarios y de los bestiarios, de las enciclopedias... Tienen entradas que parecen verdaderos cuentos, fabulaciones literarias que sólo hay que mirar con esos ojos. Y hay un tercer nivel del microrrelato que consiste en la narración de historias. Porque un microrrelato no puede ser un aforismo ni un poema en prosa ni un chiste. Tiene que narrar algo, ser una narración microscópica propiamente dicha.
¿Pero qué diferencia existe, al margen de la extensión, entre un relato y un microrrelato?
Yo creo que debemos ser capaces de escribir cuentos de una sola página, de quince o veinte líneas como mucho. No puede haber microrrelatos de dos folios... Hay que tratar de conseguir la mínima producción literaria con la máxima economía de medios, y el equilibrio entre esas dos ambiciones es lo que define el microrrelato.
¿A menor extensión mayor dificultad?
Creo que todo el mundo estará de acuerdo conmigo en que el tamaño no importa. El microrrelato tiene que ser como una bomba que arrojamos al fondo del mar y debemos sentir el eco de su estallido. Tiene que desasosegar, inquietar, desencadenar algún tipo de reacción fulminante en el lector.
¿Qué autores de microrrelato destacaría como especialmente hábiles?
Voy a citar dos vascos, Julia Otxoa y Pedro Ugarte, que son grandes escritores de microrrelatos. Hay otros más conocidos como Clara Obligado o Andrés Neuman. Y el mismo Julio Cortázar, cuando escribió Historias de cronopios y famas también estaba haciendo microrrelato y nadie lo llamaba así. Todos esos autores forman parte de la tradición de la microficción, donde también figuran el argentino Jorge Luis Borges, el mexicano Juan José Arreola o el guatemalteco Augusto Monterroso... Últimamente el género ha llamado mucho la atención de otros narradores y hay un cierto entusiasmo por escribir microrrelato.
Si los libros de relatos son tradicionalmente difíciles de vender, ¿el microrrelato no es aún menos comercial desde el punto de vista editorial?
Yo publiqué en 2004 mi único libro de microrrelatos, Ajuar funerario , en la editorial Páginas de espuma. Mi única intención era molestar un poco. Me dije: "Si a los editores no les gustan los libros de relatos, voy a escribir uno de microrrelatos, y además van a ser todos de terror". No me propuse otra cosa más que divertirme y tocar un poco las partes blandas del personal, y lo cierto es que mi editor y yo nos quedamos sorprendidos porque en pocos meses agotamos la primera edición y hoy podemos decir que ya vamos por la cuarta. Ello demuestra que los microrrelatos pueden funcionar, aunque eso no quita para que los editores, sobre todos los de las grandes editoriales, contemplen el género con un punto de desconfianza. Creo que el secreto está en hallar el equilibrio entre un autor de microficción y un editor dispuesto a partirse la cara por su autor, que es lo que a mí me ocurrió con Juan Casamayor, el editor de Páginas de Espuma, un tipo admirable.
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