
Tribuna Abierta
HA muerto Leopoldo Calvo-Sotelo y apenas he visto o escuchado alguna crítica aislada del personaje. Parece que ha pasado el botafumeiro por casi toda la prensa y medios audiovisuales diversos. El adjetivo que más se ha repetido ha sido el de liberal o los de liberal conservador para explicar sus tendencias ideológicas. Y, moralmente, la verdad oficial nos ha asegurado que era un hombre honrado y prudente. Comparto que haya que agradecerle que, tras dejar el cargo, no haya exhibido las dosis de narcisismo y megalomanía que hemos visto en otros presidentes como José María Aznar.
No seré yo quien discuta que en su casa podía ser hasta estupendo, como han afirmado su sobrina la ministra Cabrera y su primo el socialista Francisco Bustelo. En esta vida se ve que lo peor de la rosca, como llaman en Colombia a los círculos de siempre que manejan el poder, es no estar en ella. Pues eso que sucede en Bogotá también vale para Madrid.
A parte de su muy respetable vida íntima, a Calvo-Sotelo se le ha enjuiciado exclusivamente como presidente del Gobierno (lo que no llega ni a dos años de mandato). Pero la trayectoria vital de los seres humanos suele durar bastante más (en su caso hasta los 82 años). De manera que nos encontramos con otra biografía política más real: Calvo-Sotelo fue franquista con Franco y liberal -hasta demócrata han dicho- en la democracia.
Cuando Leopoldo Calvo-Sotelo era un señor bien colocado y retribuido en las empresas públicas del franquismo, como Explosivos Río Tinto, ¿cuántos presos políticos había en las cárceles de su mismísimo país? En los inicios de los años sesenta, según Ricardo de la Cierva, había algo más de 12.000. ¿Qué hizo el señor Calvo-Sotelo por la libertad de esos españoles? Como mínimo lavarse las manos o mirar para otro lado. Del mismo modo que Marcelino Oreja y otros miembros de la ACPN (Asociación Católica Nacional de Propagandistas), uno de los principales centros de reclutamiento de los cuadros de Franco, junto al Opus Dei y la Falange.
Así que, señoras y señores autores de los elogios de Calvo-Sotelo, el franquismo no era un temporal inevitable o una llovizna ante la que sacar el paraguas. Ante su presencia se podía hacer otra cosa mucho más digna: enfrentarse a la dictadura de mil modos y maneras, según lo hicieron sus casi todos anónimos resistentes. Y si no se tenía ese valor, por lo menos se podía no colaborar con tan deleznable sistema.
Calvo-Sotelo no hizo lo uno ni lo otro. Ocupar cargos franquistas, en un régimen que encarcelaba por defender los hoy derechos fundamentales y entonces delitos, no es inocente ni grano de anís. Tampoco se le conocen a Calvo-Sotelo autocríticas ni lamentaciones por ese pasado, ni solicitudes de indulto para las penas de muerte impuestas por motivos políticos en los años sesenta (como a Julián Grimau), y hasta avanzados los setenta (como a Salvador Puig Antich).
Una dictadura es algo repugnante y la de Franco no escapa al dictamen. Colaborar con Hitler y Mussolini no es algo decente, y con Franco tres cuartos de lo mismo. Esa persistencia del sistema político dominante en hacernos pasar el mal como bien trastoca ética y absolutamente todo en nuestra sociedad.
Y el liberalismo es otra cosa. Es la defensa de las libertades; de todas ellas claro está. Incompatible con las dictaduras de todo signo y laico, rematadamente laico. Por eso me parece bien que el punto 8 del programa del PP se reclame de (textualmente) la tradición del liberalismo español surgida de la Constitución de Cádiz (El País, 21.4.08). Como lo afirma mi compañero de profesión, que no de política ciertamente, José María Lassalle. Que es hoy día secretario de Estudios (tiene trabajo por delante) del PP.
La Constitución de Cádiz, ensalzada de modo interesado e ignorante, decía lo siguiente: La religión de la nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera. La nación la protege con leyes sabias y justas y prohíbe el ejercicio de cualquier otra.
Y no se sabe qué resulta más deleznable de ese pensamiento del doceavo artículo del texto de 1812. Si no hay más religión verdadera que la nacional católica o la prohibición expresa de cualquier otra idea y práctica religiosa. Como dijera a propósito de la Constitución de 1812 José María Blanco White, un liberal real y nada imaginario como lo fueron también Azaña y Pi i Margall, sin libertad religiosa ni de conciencia no hay derechos ni libertades que valgan. Por mucho que el texto de 1812 hablase de la división de poderes y de otros instrumentos importados de Francia.
Hace tiempo que el PP no pronuncia el nombre de Cánovas del Castillo, mentor espiritual de Fraga Iribarne. Pero se ha de recordar que su Constitución de 1876, en muchos aspectos copiada por el franquismo, declara la obligación nacional española de mantener el culto católico y sus ministros, al tiempo que no permite ninguna manifestación pública religiosa diferente de la apostólica y romana.
Así que el pretendido liberalismo del PP es profundamente nacional y católico. Llama liberal a lo que no es (al texto de 1812 y a Cánovas del Castillo). Y de esta manera se entiende también su comportamiento práctico cuando la señora Esperanza Aguirre se convierte en líder de su tendencia más liberal. Porque entonces eso quiere decir que los sacerdotes católicos en la Comunidad de Madrid están presentes en los equipos multidisciplinares de cuidados paliativos de los hospitales públicos, lo cual es un perfecto disparate. Y que en Madrid se va a combatir la muy laica asignatura de Educación para la Ciudadanía por tierra, mar y aire.
En resumidas cuentas: un liberalismo que ha colaborado con el franquismo, como el de Calvo-Sotelo, y no tiene la menor actitud autocrítica hacia ese pasado, no es nada liberal. Y esa mezcolanza de catolicismo apostólico y España total, de la que hacen gala la Constitución de 1812, Cánovas del Castillo y Esperanza Aguirre, es cualquier cosa menos liberalismo.
Me permito aconsejar a mi colega José María Lassalle que les dé a sus militantes y dirigentes unos seminarios urgentes sobre John Stuart Mill, Blanco White y Manuel Azaña. A partir de ahí, y de saber que el franquismo no era una especie de sopa benéfica, quizá podría surgir una derecha civilizada que invocase -no en vano como hoy- el hermoso nombre del liberalismo.
* Catedrático de Filosofía del Derecho
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