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50 años de Vértigo

Estos días se cumple medio siglo del estreno de un filme que aunque fue mal recibido por el público norteamericano es considerado hoy uno de los títulos fundamentales del séptimo arte, 'Vértigo'. Hitchcock lo presentó en el Zinemaldia

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San Francisco ha recordado estos días el 50º aniversario del estreno mundial de Vértigo , una de las obras cumbre de Alfred Hitchcock, que se sobrepuso a las tibias críticas y la pobre acogida en taquilla para ser considerada una de las mejores películas de la historia.

Esa ciudad californiana sirvió de escenario a la cinta y se convirtió en un personaje más con su bahía, el puente Golden Gate, la basílica de la Misión Dolores o el museo Legión de Honor, ejemplo del gusto de su director por ilustrar sus cintas con monumentos o lugares emblemáticos.

La carátula de Vértigo , una historia sobre un ex policía que se enamora de la mujer a quien le han encargado seguir -personajes interpretados por unos inolvidables James Stewart y Kim Novak-, podría acompañar la definición de lo que se denomina un thriller psicológico en cualquier manual de cine.

Y Vértigo se vio por primera vez en Donostia, en el Zinemaldia de 1958, aunque el jurado del festival no tuvo a bien agradecer a Hitchcock su visita con la Concha de Oro -que fue a parar, con polémica incluida, a Le coeurau poing - y le concedió sólo la plateada, al mejor director -que compartió, curiosamente, con Mario Monizelli, a quien el festival le dedica este año-, además de otorgar a Stewart el Premio Zulueta al mejor actor.

La sexualidad malsana, el simbolismo atrapado en una espiral y el asesinato del suspense en la mitad de la trama son las armas que convirtieron al filme en la película más compleja de Hitchcock, en la que se transparenta con el turbador envés de su sentido del entretenimiento.

"Hay en Vértigo otro aspecto que llamaría psicosexológico y es la voluntad que anima a este hombre para recrear una imagen sexual imposible: para decirlo de manera sencilla, este hombre quiere acostarse con una muerta; esto es, necrofilia", explicaba sobre la película a François Truffaut en el libro El cine según Hitchcock .

Efectivamente, si el cineasta británico es considerado "el mago del suspense" es por su habilidad para nutrir tan entretenido género de una fina ironía en clásicos como Con la muerte en los talones (1959), de un profundo romanticismo en Encadenados (1946) o de una disección psicológica -y patológica- de sus personajes, de la que Vértigo es el mejor ejemplo. "Es fascinante que una película tan íntima pudiera salir de un sistema de monopolio de estudio y con grandes estrellas", reconocía Martin Scorsese en el documental Obsesionados por Vértigo , realizado con motivo de la restauración del filme en 1993.

Y es que las obsesiones del maestro se explicitaron más que nunca en este filme. James Stewart recibió su personaje más complejo, Scottie, un policía que sufre acrofobia y que, ya retirado, se ve inmerso en la rocambolesca persecución de Madeleine, la esposa de un antiguo compañero poseída por el espíritu de una antepasada.

Hitchcock sometió a Kim Novak durante el rodaje al mismo proceso que Scottie realizaba con su personaje: mimetizarla con la actriz Vera Miles, para la que había diseñado el doble rol de Judy/Madeleine pero que rechazó el papel debido a su embarazo. Ese acto erótico de reconstruir una imagen que se escapó o que, como en la película, jamás existió, como explicó Hitchcock a Truffaut: "Todos los esfuerzos de Stewart para recrear a la mujer, cinematográficamente son presentados como si fuera a desnudarla en lugar de vestirla".

Y esa transformación, vecina a la denigración, debe ser integral: "No está completamente satisfecho porque no se ha peinado formando un moño. ¿Qué quiere esto decir? Quiere decir que está casi desnuda ante él, pero todavía se niega a quitarse la braguita", proseguía.

La perturbación fue descrita por Hitchcock casi sin palabras, a través de las largas secuencias de solitaria persecución, con la ayuda de un Stewart inmejorable en ese silencioso enamoramiento que llevaba hasta el extremo el voyeurismo que ya había encarnado en La ventana indiscreta (1954).

Una música intrigante e histriónica, unos labios, los ojos de una mujer y el fondo rojo con el que se tiñe la pantalla dando paso a toda una espiral de suspense e hipnotismo fue el preludio del filme, al que homenajearon años después directores como Brian De Palma en Fascinación (1976) o Martin Scorsese en El cabo del miedo (1993).

A pesar de la cierta injusticia cometida con Vértigo , Hitchcock cumplió su promesa de estrenar su próxima película, Con la muerte en los talones , en Donostia al año siguiente, con la que, por cierto, tampoco obtuvo la Concha de Oro.

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