
Han transcurrido diez años desde la impantación del euro, y de este símbolo, como moneda única europea.Foto: N.G.
bruselas. El euro ya forma parte de las vidas de la mayoría de los ciudadanos de la Unión Europea, en especial de la jóvenes generaciones. Su impacto en la economía comunitaria ha dejado un reguero de éxitos. En una década ha obrado el milagro de rebajar los déficits públicos de los Estados miembros a sólo el 0,7% del Producto Interior Bruto (PIB) comunitario. Se trata de una quinta parte del 4% que arrastraban los principales países en las décadas de los 80 y 90.
Además, gracias a la estabilidad macroeconómica y las políticas presupuestarias, se ha impulsado la creación de 16 millones de nuevos empleos en la zona europea desde el año 1999, unas cinco veces más que en la década anterior.
A pesar de estas innegables aportaciones, la moneda única no ha conseguido ablandar la oposición de los más aguerridos euro-escépticos.
"Quien entre en el euro se prepara para el desastre. Sólo quien esté fuera estará seguro", vaticinaba en mayo de 1998 el ministro danés de Finanzas sobre la aventura en la que se embarcaban once de los entonces quince Estados miembros con la creación de la Unión Económica y Monetaria. Desde que este mensaje catastrofista copara las portadas de los diarios daneses -que rechazaron en referéndum abandonar la corona por el euro- han pasado ya diez años.
Aunque el horizonte económico de la Unión Europea parece despejado no está exento todavía de problemas y, sobre todo, de las críticas de miles de ciudadanos en toda la Eurozona, que ven a la moneda común como la causante de unos precios más caros y a Bruselas, la capital desde donde se adoptan decisiones macroeconómicas, el origen de muchos de sus males económicos de la UE.
"La imagen pública del euro no refleja todos los beneficios objetivos que representa para los ciudadanos", se lamentaba esta semana el comisario europeo de Asuntos Económicos, el ex ministro español Joaquín Almunia. "Aún queda mucho por hacer", reflexionaba el comisario bilbaíno en un discurso sobre los éxitos y desafíos que aún tienen por delante. Y es que, la celebración de los diez años del euro, uno de los principales logros de la integración europea, llega empañada por la subida generalizada vivida por los precios de la energía y los alimentos así como por crecimientos económicos inferiores a lo esperado en el seno de la Unión Europea.
Aun así, la lectura que hace la Comisión Europea no puede ser más optimista. "El euro es un éxito económico y político incontestable. Gracias al euro los europeos disfrutamos de mayor estabilidad macroeconómica, tipos de interés más bajos y una evolución de los precios mucho más moderada que en décadas anteriores a pesar del repunte de la inflación", contestaba Almunia tras la presentación del informe de balance de estos diez años. En él, subraya que los tipos de interés se sitúan ahora en torno al 5%, frente al 9% vigente en la década de los noventa, y que la eliminación de los riesgos por la tasa de cambio ha estimulado el comercio interior que ahora supone un tercio del PIB de la zona euro, un 25% más que hace ya diez años.
buen grado de aceptación Otros logros destacados desde Bruselas se refieren al mayor atractivo que tiene ahora el mercado comunitario para las empresas extranjeras y los menores costes de capital que habrían relanzado las inversiones públicas y privadas totales hasta el 22% del PIB en 2007, un nivel que según la Comisión Europea no se ve desde principios de los noventa.
Los mayores de 30 años todavía piensan, en el caso del Estado español, muchas veces en pesetas pero pese a la carestía de precios de los últimos tiempos la eurodivisa sigue contando, según las encuestas, con un amplio respaldo en España, muy superior a otros países europeos.
Pese a los buenos resultados, el Ejecutivo comunitario también reconoce que en la última década se ha crecido a un ritmo inferior al esperado y que persisten las divergencias entre las economías de la zona euro debido a la relajación de muchos países a la hora de poner en marcha reformas estructurales.
Para hacer frente a esta situación y a los nuevos desafíos como la globalización y el envejecimiento de la población, Bruselas aboga por ampliar su vigilancia a la productividad o la inflación -no sólo la deuda y el déficit- aunque no se plantea reformar el Tratado o el Pacto de Estabilidad porque con los instrumentos actuales consideran que hay margen suficientes.
Otra de las propuestas incluida en la nueva agenda comunitaria se refiere a la necesidad de actuar con una sola voz en organismos como el G8, que agrupa a los Estados más poderosos económicamente de la tierra, o el FMI para reforzar la presencia internacional de la zona euro, así como una mejor coordinación en el Eurogrupo y el Consejo de ministros de Economía y Finanzas europeos.
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