
Momento en el que Díaz de Cerio dispara a portería para batir a Contreras.fotos: área 11
Enviado especial
cádiz. La cosa se complica. Y mucho. La Real sólo fue capaz de empatar en Cádiz y, a falta de cinco jornadas, le separan cuatro puntos del Sporting y Málaga. No hay que caer en la desesperanza, pero va a haber que recurrir a la heroica para culminar una remontada que, todo hay que decir, todavía entra en el terreno de lo posible y, también, de lo probable. Si el equipo blanquiazul gana los partidos que le quedan, subirá seguro. Y no se hable más.
Cádiz sigue siendo maldito para los realistas, que no han ganado nunca en su historia allí en partido de Liga. Sólo hay que viajar y presenciar un encuentro en el Carranza para entenderlo. En este estadio se crea una atmósfera de locos, que saca lo mejor de los jugadores con mucha personalidad, y lo peor de los que adolecen de carácter. La Real no anda sobrado de este último apartado y ayer lo pagó muy caro. Después de una primera parte en la que cumplió sin alardes y se fue a los vestuarios con lo más difícil hecho, es decir, con 0-1 en el marcador gracias a un tanto de killer de Díaz de Cerio, al conjunto blanquiazul se le aparecieron todos los fantasmas que le suelen atacar cada vez que viaja a la tacita de plata. Procopio hizo una apuesta arriesgadísima, al pasar a jugar con tres defensas, con Paz por delante como de pivote, y tres delanteros. Los cambios convirtieron el partido en un intercambio de golpes frenético, donde cada ataque parecía que iba a terminar en gol. La situación era ideal para que el equipo realista tuviera sangre fría, templara el pulso y esperara con paciencia a encontrar una oportunidad para finiquitar el encuentro. Pero se acobardó y se encogió. Le entró el pánico, sobre todo tras los errores de Mikel González. En su peor tarde de la temporada, el mejor defensa realista cometió tres errores garrafales que dejaron groggy a la Real. El primero se pudo solucionar angustiosamente, los otros dos costaron sendos goles que pusieron patas arriba al Carranza. Fue paradójico, porque el Cádiz, que se jugaba menos, le dio la vuelta al marcador a base de garra y coraje, y la Real, que necesitaba los puntos como el comer, fue menguando al ser incapaz de rebelarse a la adversidad por su déficit de genio.
Con 2-1 y el ascenso cada vez más lejos, volvió a aparecer Martí, que es una especie de Supermán, para socorrer a la Real. El mallorquín vio que el equipo estaba roto, se ató los machos, y lo revitalizó. Sacó el compás y, gracias a su calidad y a su espectacular despliegue físico, la Real se puso a jugar al fútbol.
Y tuvo mérito, porque la situación era agónica y la afición local ya celebraba con jolgorio el triunfo. Martí encontró en Gari a su mejor cómplice para encabezar una reacción que debió terminar en triunfo. El de Ibarra, que sufre por la Real como ninguno, sacó el hacha de guerra y, todo pundonor, fue el responsable de que se pasara a jugar en el área local constantemente. Fueron minutos de muchos nervios, en los que los realistas encerraron al Cádiz, pero sin atesorar la claridad ni la calidad necesarias para marcar la diferencia. Una vez más le volvió a fallar la suerte, porque hubo dos acciones en las que pareció imposible que el balón no terminara dentro de las mallas. Finalmente, a diez minutos para el final, Delibasic consiguió el empate tras una buena asistencia de Novo. Había tiempo y el equipo estaba desmelenado en pos de una victoria obligada, pero no pudo ser. El montenegrino tuvo el tanto del triunfo en sus botas, pero su volea salió rozando el poste. El gol no es su fuerte, algo que ha acreditado continuamente esta campaña.
un penalti no pitado En el descuento, con los dos equipos asfixiados y sin un gramo de fuerza, el colegiado no quiso ver un penalti por un empujón de Paz a Delibasic. Es justo decir que en la primera parte también debió señalar uno en contra de la Real por una mano del montenegrino en su área, pero se suele comentar que al final de temporada se equilibran los errores y los aciertos. Con la excepción de la Real, a la que siempre perjudican mucho más. Un encuentro de máxima intensidad como el de ayer no merecía que antihéroes como los árbitros adquirieran importancia. Pero fue así.
El equipo realista continúa demostrando que quiere subir, que se encuentra incómodo en Segunda, una categoría que no está hecha para él. La batalla de ayer era la peor que le aguardaba antes del final de Liga, a lo que hay que sumar las importantísimas bajas que tenía. Todos sabíamos que el tropiezo era una posibilidad real y, al menos, no se perdió. Ahora, sin margen de error, es cuando la Real debe demostrar que tiene equipo para ascender. Y lo va a hacer. Pese al Carranza, a los árbitros y a quien sea. Al tiempo.
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