
LEO en un artículo periodístico, muy en el estilo de estos días: "Mayo del 68 quedará en la Historia como la rebelión popular más bonita de todas, como la revolución de la alegría. Nunca la sociedad avanzó tanto en tan poco tiempo de forma tan incruenta. Las banderas que se alzaron entonces de forma definitiva responden a las causas más nobles que hoy nadie discute y que los partidos democráticos han adoptado con fervor: feminismo, antirracismo, ecologismo, pacifismo, anti consumismo, libertad sexual..."
No es un texto brillante, pero tiene la virtud de juntar casi todos los elementos con los que se suele falsificar la realidad de Mayo del 68. Se presenta como un movimiento que quería cambiar las costumbres y que, para ello, se basó en algo así como la resistencia pacífica . O sea, hippies, flores en el pelo, todos nos queremos mucho, viva la maría y el amor libre, yo me siento aquí y de aquí no me muevo, etc. Ésa es una pintura que refleja lo que hizo una parte muy minoritaria de la juventud norteamericana a finales de los 60 y comienzos de los 70, pero no describe para nada ni al conjunto de los movimientos de rebeldía juvenil de los Estados Unidos ni, sobre todo, a la juventud rebelde europea del 68. Incluida, claro está, y muy especialmente, la francesa.
Quizá lo primero que resulte obligado precisar es que aquél fue un movimiento que, en su parte más activa, comprometió a una parte muy minoritaria de la juventud. Apenas ningún sesentón de hoy renuncia al título de sesentaiochista , pero lo cierto es que, en aquel momento, jóvenes rebeldes activos y organizados había bastante pocos. En el caso del Estado español, eso fue aún más llamativo. Si en Francia el movimiento organizado podía agrupar a unas cuantas decenas de miles, arropados por varios cientos de miles de participantes circunstanciales, aquí el movimiento fue cosa de unos pocos miles. Algunos lo podemos certificar en tanto que testigos directos. La gran, la inmensa mayoría de la juventud de la época se mantuvo bajo el franquismo al margen de cualquier lucha. Si fuera verdad que estuvieron en los acontecimientos de París todos los españoles que ahora pretenden que estuvieron, no habría hecho ninguna falta que los jóvenes franceses se movilizaran: hubiera podido ser una revuelta de importación.
El segundo elemento que conviene precisar es que la intención del movimiento no fue cultural, sino estrictamente política. Los militantes de la revuelta no aspiraban a transformar las costumbres, sino a conquistar el Poder. No hablaban de feminismo, ni de libertad sexual, ni menos aún de ecologismo (no digamos ya de pacifismo, palabra que no podían escuchar sin torcer el gesto). Hablaban de marxismo-leninismo, de comunismo, de anarquismo, de trotskismo; mantenían formas de organización extremadamente autoritarias y defendían la legitimidad y la oportunidad de utilizar métodos violentos contra las fuerzas del orden burgués. Una cosa es en qué desembocó realmente el movimiento y otra es lo que inicialmente sus protagonistas pretendían conseguir. Pretendían la revolución proletaria. El objetivo era disparatado, imposible, sin duda. Pero era ése, y no otro.
La Historia registra muchos cambios que fueron puestos en marcha por grupos minoritarios imbuidos de determinadas ideas revolucionarias, y que acabaron produciendo transformaciones políticas, económicas o sociales muy distintas de las pretendidas, e incluso opuestas a ellas. Vistos con distancia, desde el punto de vista de la Historia, cabe considerarlos agentes inconscientes de cambios que habían madurado en su entorno social sin que ellos se dieran cuenta. Esto es válido para muchos grandes sucesos históricos, como la Revolución Francesa de 1789, o la Revolución bolchevique de 1917, pero es igualmente aplicable a fenómenos mucho menos cruciales, propios de la segunda división de la Historia, como el de Mayo del 68.
Porque nos referimos a Francia, pero podríamos hablar del conjunto del Occidente de la época.
Era aquélla una juventud que tenía muy buenos motivos para estar encantada de haberse conocido. Era la primera gran generación libre de los terribles traumas de la posguerra. Las anteriores habían pasado hambre, carencias. Todo las empujó al pesimismo, a la incertidumbre, al miedo. Esta otra generación vio la vida cuando ya la metralla se había silenciado y lo que se hacía, básicamente, era trabajar, trabajar a marchas forzadas, reconstruir. Fue una generación querida: sus padres habían visto luz al final del túnel y se decidieron a procrear, y lo hicieron con ganas. Hasta se le dio un nombre a esa fiebre procreadora: fue el baby boom . La industria crecía a gran velocidad, la riqueza emergía, aunque muy mal repartida.
Francia representaba un buen ejemplo de ello. Venía atravesando un largo periodo de expansión económica acelerada. En 1957 se firmó el Tratado de Roma, que dio origen al Mercado Común. El nuevo marco económico hizo perder al capital francés una parte de su protegido mercado nacional. De Gaulle impulsó entonces una política de fortísimas inversiones públicas. Sobrevino un rápido proceso de concentración de empresas. A lo largo de los 60, el capitalismo francés se situó en una de las posiciones más avanzadas de Occidente. Pero el esfuerzo tuvo sus víctimas: en 1966, los salarios industriales franceses eran los más bajos de todo el Mercado Común; a cambio, las jornadas laborales eran las más elevadas. Los jóvenes trabajadores veían cómo la economía crecía, pero los beneficios se repartían muy desigualmente. Empezó por entonces a hablarse de neocapitalismo y de Estado de bienestar : se hablaba mucho, pero no se obraba a la velocidad que los jóvenes creían posible y reclamaban.
La economía progresaba. Los avances científicos se sucedían y repercutían rápidamente en la vida cotidiana: el plástico, los transistores, la televisión, los coches utilitarios... ¿El paro? No existía, ni siquiera como hipótesis.
Aquella generación no sólo era querida por sus progenitores: también por el capitalismo. Por primera vez en la Historia, la juventud emergió como una gran potencia de consumo autónoma. Lo demostró la publicación del LP de The Beatles titulado Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band . En poco tiempo se vendió un millón de ejemplares de un disco que hablaba de escaparse del hogar paterno, de reírse de la autoridad, de inventar, de experimentar, de divertirse. De progresar.
El progreso. Aquella generación creció en unas condiciones en las que la idea de progreso no parecía ser sólo eso, una idea, sino que presentaba los caracteres de una total evidencia.
Y el cambio. La posibilidad del cambio. Aquel mundo estaba en ebullición. Y los nuevos medios de comunicación permitían saberlo. Todo parecía frágil, maleable, destruible, cambiable. La gran potencia que había salido vencedora de la II Guerra Mundial, los USA, estaba siendo puesta en jaque por el pequeño pueblo vietnamita: David podía vencer a Goliat. La resistencia argelina había derrotado a la poderosa República Francesa. África entera se descolonizaba a marchas forzadas. En América Latina surgían más y más movimientos guerrilleros. Los estudiantes mexicanos desafiaban el poder del incombustible PRI. En el corazón mismo de los Estados Unidos de América, la rebelión negra se extendía y radicalizaba. En Irlanda, el IRA retomaba el combate.
No había modelo. También el modelo estaba por inventar. La Unión Soviética no podía atraer realmente a aquella juventud. La prueba la encarnaba el mito del momento, Ernesto Guevara: el Che había tenido que romper con la URSS y había muerto, traicionado y abandonado, en Bolivia. Ése sí constituía un ejemplo. La Unión Soviética era un fracaso. Ya había tenido que aplastar por las armas la revuelta húngara. En Checoslovaquia se inició un proceso de cambio, pero Moscú lo abortó por la fuerza en agosto. Estaba China, eso sí. Aunque las noticias que llegaban de China eran confusas -y muchísimas de ellas falsas, según hoy sabemos-, se decía que estaba en marcha una revolución juvenil contra los burócratas del Partido Comunista, y que el presidente Mao Tsetung en persona apoyaba la revuelta. Aquello animó a algunos jóvenes radicales europeos: parecía la revolución en la revolución .
Dentro de la propia Europa occidental, estaba también Italia, donde el movimiento revolucionario juvenil crecía a ojos vista, apoyado por un muy pujante sindicalismo. Y Alemania, donde los jóvenes del Partido Social-Demócrata se habían rebelado contra sus mayores. Y Gran Bretaña, también muy activa. El conjunto resultaba prometedor.
No trato de decir que las cosas fueran así, sino que así se vivían, mezclando hechos reales e interpretaciones voluntaristas.
Parecía mucho, pero luego se quedó en muy poco. La montaña parió un ratón. 1968 abrió las puertas a un mero relevo generacional en las elites del poder. De revolución, nada.
Aunque entiendo que, comparado con lo de ahora, pueda resultar impresionante.
* Periodista
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