
Cuaderno de notas
l os fines de semana suelen ser, en el peor de los casos, momentos de limpieza. Se trata de dejar algo más presentable "lo que ve la suegra". Cada domingo dedicado a poner al día la casa, se salda con un importante incremento de bolsas de basura en los contenedores más cercanos. Y con improperios contra una misma: es increíble la cantidad de trastos inútiles y basura que somos capaces de generar en un espacio limitado y entre pocas gentes. Esta semana hemos comprendido, con datos exhaustivos y gran asombro, que Gipuzkoa no puede hacer frente ya a sus desperdicios. Aprieta el reloj de la basura, como lo hace un zapato que hace tiempo se quedó chico. Los principales vertederos de la provincia no dan para más; exactamente, dan hasta el año que viene. Y se acabó lo que se enterraba. Bizkaia parece estar dispuesta a echarnos una mano, solidaridad que siempre se agradece, y más aún en un caso tan pestilente como es el tratamiento de la porquería ajena. 25.000 toneladas anuales saldrán de Donostialdea hacia los vertederos vizcaínos. Todo ello por el módico precio de cerca de algo más de millón de euros. Anuales. Si en efecto somos lo que comemos, de una manera periférica puede afirmarse que como colectivo somos puritita basura. ¿Cómo nos calificarán las generaciones futuras? Todas las culturas se han definido por lo que desechan y por cómo lo desechan. Los arqueólogos han encontrado rastros de basura cromagnon y neandertal, gracias a lo cual sabemos algo más de los hábitos alimenticios y forma de vestirse de nuestros antepasados. Vestigios de sencillos sistemas de alcantarillado desvelan un nivel de complejidad considerable de la administración y un cierto refinamiento ciudadano. Que en Costa de Marfil las playas sean letrinas, que en los ferrocarriles chinos barran hacia fuera envoltorios y botellas de plástico, nos parecen signos de un desarrollo cultural insuficiente. Apliquémonos el cuento. No parece que exportar el problema sea una solución acorde con el nivel de responsabilidad que deseamos para nuestras sociedades. Consumimos de forma disparatada, pero exigimos un entorno libre de malos olores, de presencias que incomoden la hermosa vista. Transferirlo al barrio de al lado no arregla la situación. Una manzana podrida guardada largamente en un congelador seguirá estando podrida cuando, pasado un tiempo, intentemos recuperarla. No podemos resolver los problemas utilizando los mismos razonamientos que empleamos para crearlos. Equivaldría a esconder la mierda bajo al alfombra.
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