
Fernando Larruquert en la presentación de la exposición 'La piel estremecida', en las salas Boulevard Kutxa.
Quería una casa "en plan económico". Una casa-taller para trabajar con Nestor (Basterretxea). "Un tío mío conocía a Oteiza porque habían sido discípulos en Lekaroz" y él fue quien le recomendó un lugar en Irun. "Así conocí a Jorge, en octubre de 1957", explica Fernando Larruquert. "El primer recuerdo que tengo de Oteiza es que me dijo: 'No me hables de usted, háblame de tú". Con el tiempo se convirtió en su "mayor amigo", comenta.
Fruto de esa gran amistad ha nacido la planta que Lamia dedica a fotografías del artista oriotarra en la exposición La piel estremecida , en las salas Boulevard Kutxa de Donostia.
"No aguantaba las sesiones largas. Sin embargo, si había proximidad y afecto, entonces sí". "Venían grandes fotógrafos, internacionalmente famosos y aquellas fotos no le gustaban nada. Le gustaban las que les hacíamos nosotros. Creo que influía la relación de afecto. Pero en estética Oteiza no tenía afectos, así que algo pasaba", explica Larruquert.
En más de 40 años tuvo ocasión de conocerlo en profundidad. "Me acuerdo de que en una entrevista al decir que había sido mi mayor amigo me preguntaron: '¿Y, cómo es Oteiza?'Contesté exactamente así: 'Oteiza es un hombre infinitamente amable, es decir, digno de ser amado, e infinitamente aborrecible'. Cuando salió la publicación me llamó y me dijo: '¡Muy bien!, ¡Sensacional!, ¡Exacto!' Era hombre de picos, no era medianía. Todo en un intervalo de segundos. Era un hombre extremo".
Eso sí, los extremos también estaban aderezados de ternura: "Eternamente entrañable, eternamente tierno", recuerda Fernando. "Tanto él como yo no tenemos glúteos muy desarrollados y al poco tiempo de estar sentados nos duele el ipurdi . Le dije: 'Jorge, sabes cómo las mujeres se ponen silicona en los pechos, tendremos que ponernos silicona en el culo, a ver...' E instantáneamente contestó: 'A ver si nos van a salir pezones". Pero cuando se le hacían preguntas "complicadas" tardaba diez segundos en responder: "el tiempo del bertsolari", indica Larruquert.
Y añade, "aunque pareciera dogmático no lo era. Muchas veces venía a consultarme cosas que tenía que haberlas decidido él pero necesitaba que alguien le confirmara eso en lo que él creía. Eso da una dimensión enormemente atractiva, enormemente cercana y muy humana. No era el ser que no se equivoca. Era un ser humano muy próximo".
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