Diario de Noticias de Gipuzkoa

A Leopoldo Calvo-Sotelo, desde el afecto

Sin ánimo pretencioso y reconociendo de antemano las numerosas virtudes que estos días te dedican los medios de comunicación, confieso que me hubiera gustado verte prestando uno de los servicios más hermosos que un representante público puede realizar: colaborar, hasta el final, en la reconciliación social de la sociedad a la que ha servido. Puede parecer mera apariencia y ganas de quedar bien; pero bien sabe Dios que, por razones de edad, hubieras sido invitado a traspasar el umbral de la casa-cuartel de Intxaurrondo en primer término. Los demás lo habrían comprendido. Además, el recuerdo del 23-F no hubiera hecho sino multiplicar la función social pretendida. No dudo de tu predisposición positiva para participar en este tipo de iniciativas ciudadanas (tu probable desconocimiento sobre la misma es más achacable a las escasas condiciones de comunicador del que suscribe que a otra cosa); sin embargo percibo que en todo esto subyace una enseñanza: las cosas que aplazamos, las perdemos.

Aprovecho también para recordar al recientemente fallecido alcalde de Durango D. Juan José Ziarrusta, con quien también me hubiera gustado compartir una experiencia similar. De aquélla mañana en Durango recuerdo, en especial, a los dos agentes de la Guardia Civil que me atendieron. ¡Qué jóvenes eran! Sin duda como tantos hijos nuestros que se desplazan a otras comunidades para estudiar o trabajar. La reflexión fue inmediata: nuestro grado de deshumanización ha llegado a tal punto que hasta se nos ha olvidado sentir como padres. ¿O es que para nuestros hijos no deseamos respeto, aceptación y hasta cariño donde quiera que estén o donde quiera que vayan?

Para vosotros dos, Ziarrusta y Calvo Sotelo, mi recuerdo sincero desde el afecto.

Escándalos

Ante la frecuencia con que se divulgan escándalos financieros y apropiaciones de dinero ajeno en importantes entidades, nos parece mal y así lo hacemos saber.

Pero hay otra clase de escándalo más importante y frecuente que pasa en silencio a pesar de su jerarquía y trascendencia. Se trata del escándalo en el tratamiento de la justicia si el acusado de delito abona la fianza impuesta, puede aguardar en libertad hasta el día del juicio; pero si carece de posibilidades y no abona la fianza, ingresará en la cárcel. En otros casos, el pago de una cantidad impuesta por el juez, puede dejar en libertad ¿condicional? al reo que sufre la condena impuesta. El juez firmará estas órdenes sin que le tiemble el pulso, pues cumple la ley; una ley podrida por el dinero y que es absolutamente necesario modificar, si es verdad lo que se proclama, que todos somos iguales ante la justicia.

Y otro, es el escándalo público propiciado por los partidos políticos. Si todos nosotros hemos de vivir en esta pequeña casa que es nuestro Pais Vasco , como convecinos del mismo piso con derecho a la cocina, es inaudito y falto del más mínimo sentido común no ponerse de acuerdo y entenderse, no sólo para vivir todos en paz, sino para llegar a la concordia, a lo que nuestros antepasados llamaban ongi ikusia . Que los partidos políticos desaparezcan y dejen a los ciudadanos entenderse en lo que debe ser una auténtica democracia.

Jesús y el diálogo

Tanto que hablan los sacerdotes acerca de Jesús, pero en realidad no saben imitarle en el comportamiento. ¿Por qué? Muy sencillo, en los evangelios se refleja todo el tiempo un diálogo continuo y razonado entre las personas que le acompañaban a Jesús y Jesús mismo. Continuamente aparecen expresiones como éstas: Uno le preguntó, uno le dijo, otro le hizo ciertas observaciones, etcétera. Entonces Jesús, en base a ello, respondía y manifestaba sus enseñanzas y afirmaciones.

Pero la fórmula de discurso que nos enseña la Iglesia católica es completamente opuesta. Solamente el sacerdote puede estar un rato largo hablando en la homilía, y ningún representante de los asistentes puede ni siquiera hacer una pregunta, comentario u observación. Conclusión: la Iglesia, con su comportamiento, nos está enseñando la técnica del no diálogo, la técnica del yo dicto y vosotros permanecéis mudos, y la técnica de tratar al resto de los presentes de la reunión como inferiores e incultos en los temas de la fe, de la sabiduría de la vida y de la conciencia sobre las cosas que están bien y mal. Lo que llamamos la moralidad y la ética.

Sabemos muy bien que las personas aprendemos más por el comportamiento y por lo que vemos con nuestros ojos, además de aprender por lo que oímos y por lo que reflexionamos y estudiamos. Así pues, si los sacerdotes cristianos quieren enseñarnos algo sobre el comportamiento de Jesús, que empiecen a imitarle en todo esto que he dicho. Que dejen hablar a la gente y que aprendan ellos a escuchar. Porque entre la gente vulgar y corriente también vive el Espíritu Santo. Que nos enseñen los sacerdotes a escuchar con el ejemplo. Así, la gente que come en una mesa normal, aprenderá a escuchar con respeto al compañero que habla.

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