
Imagen de Jordi Galcerán.Foto: n.g.
DONOSTIA. Jordi Galcerán (Barcelona, 1964), exitoso autor de títulos como Dakota o El método Gronhölm , no se considera buen pedagogo. "Me cuesta mucho teorizar sobre mi trabajo y sólo acepté impartir este taller a condición de que fuera eminentemente práctico", asegura. Así, el escritor ha seleccionado ocho trabajos de otros tantos alumnos con quienes compartirá tres días de debate y discusiones para "encontrar vías" que faciliten el estreno de unas obras que, en cualquier caso, deben cumplir un requisito: "conectar con el público".
¿Qué primera impresión se ha llevado de los textos que ha seleccionado?
Son obras distintas con poéticas muy diferentes. Hay algunos textos para niños, otros para adultos... Y creo que sus autores obtendrán pistas para una última reescritura de las obras con un montón de ideas nuevas. La práctica lleva inevitablemente a teorizar, pero intentaré hablar sólo de las obras y de cómo mejorarlas técnicamente.
Disculpe el juego de palabras pero, ¿existe un 'método' para escribir una obra cercana a la perfección?
No, no existe. Hay mil escrituras posibles y todas pueden ser buenas teatralmente. Creo que son los franceses quienes suelen decir que el éxito en el teatro se rige por unas reglas muy precisas que nadie conoce. Es decir, tú puedes trabajar mucho tiempo en una obra y que, tras su estreno, resulte un fracaso. O puedes escribir una pieza en quince días que luego sea un éxito. Es muy difícil saberlo, aunque se pueden trabajar las cuestiones técnicas y estructurales, y, sobre todo, cómo llegar mejor al espectador. Mi teatro se basa en conectar con el espectador, porque hay escritores que parece que se olvidan de él.
¿En qué sentido?
Hay mil cosas. Algunos escriben sin darle al público las herramientas necesarias para seguir con facilidad la historia. Otros caen en lo contrario, y le dan tantos datos que convierten la acción en algo demasiado obvio. El espectador, entonces, puede sentir que le están tratando como si fuera estúpido. El taller también les puede ayudar en cuestiones relacionadas con la pura producción del montaje teatral, porque no hay que olvidar que el teatro sólo debe escribirse para estrenarse.
De lo contrario, la obra queda incompleta.
Efectivamente, una obra que no se estrena no existe, porque el teatro no es como la novela, cuyo soporte es el papel. El teatro no se lee, y si se publica sólo interesa a la gente del mundillo, a algún aficionado y a los expertos universitarios. El soporte del teatro es el escenario y a veces te encuentras con autores que escriben olvidando que el objetivo es estrenar la obra. En el taller trataré de evidenciar estos asuntos y hacer un trabajo muy práctico, incluso obviando las cuestiones temáticas o ideológicas. Y es que me puedo encontrar -no es el caso- una obra que me repugne ideológicamente pero que sea una buena obra. A mí me interesa que funcione escénicamente. Nuestro objetivo es puramente teatral.
¿Qué resulta más difícil para un autor novel? ¿Desarrollar la acción o crear buenos personajes?
Es muy difícil teorizar sobre eso porque es una cuestión de intuición. En el fondo contar historias es como dibujar u otras prácticas artísticas: hay gente que tiene talento y hay gente que no. Si ese talento no existe, es difícil, por no decir imposible, que aparezca. Es una pena ver a alguien ilusionado pero sin talento. En esta taller no quiero gente a la que le haga ilusión escribir teatro, sino personas que ya saben lo que es escribir y que se han topado con ciertos problemas. Porque lo demás es como impartir clases de canto a todo el mundo: alguien que no sepa cantar ópera, no puede dar el do de pecho.
¿Hay alguna recomendación que le interese transmitir?
Que le den mucha importancia al trabajo de reescritura de la obra, que es fundamental para mí. Yo, por ejemplo, escribo muy rápido mis obras, pero las reescribo un montón. En ese proceso siempre envío la primera versión a unas veinte personas de confianza, gente que trabaja en la profesión o que está fuera de ella. Les pido que me ayuden, que me digan qué les ha gustado o dónde se han aburrido y, a partir de ahí, reescribo el texto.
Ello requerirá de ciertas dosis de humildad, pues los escritores no parecen muy dados a aceptar consejos ajenos.
Pero en teatro es habitual funcionar así porque, al fin y al cabo, es una labor en equipo. Como ocurre en el mundo del guión cinematográfico, procuro que ese trabajo en grupo se refleje también en la escritura, porque ello no te quita la autoría de la obra. Cualquier idea buena me la quedo como propia sin ningún rubor (ríe).
Usted también es guionista de cine. ¿Qué le aporta esa faceta a su condición de escritor teatral?
En el fondo estás haciendo lo mismo, contar una historia, pero con distintas herramientas. En cine lo importante es la imagen y en el teatro la palabra, lo cual te obliga a sugerir más con el texto. De todos modos, hay cosas de la escritura cinematográfica que son trasladables al teatro, como cierto sentido del ritmo. También creo que deberíamos escribir pensando que el espectador, gracias a la televisión, está muy acostumbrado a ver ficción. Es público es muy inteligente pero en ocasiones lo tratamos como si fuera analfabeto a la hora de recibir historias y contamos demasiado. A veces somos demasiado obvios y del cine deberíamos jugar más con la imaginación del espectador. Por eso hay que aprender a utilizar el diálogo en teatro sin caer en la obviedad.
Le da mucha importancia a las historias de género, algo muy habitual en el cine pero que no lo es tanto en el teatro.
Porque es difícil. A mí el género me gusta mucho, y uno de mis puntos de arranque siempre es intentar ver cómo puedo hacer en teatro una comedia, un thriller, una obra de terror o de ciencia ficción. Pero es complicado, porque hace falta encontrar ideas muy buenas.
Los últimos datos revelan que mientras las salas de cine pierden espectadores, los teatros ganan público. ¿Por qué?
Es una cuestión puramente estructural. No quiere decir que ahora estemos escribiendo mejores obras de teatro, sino que el espectador consume ficción de un modo diferente. Ahora se descarga películas de Internet y las puede ver en su casa, en pantalla grande, casi tan bien como si estuviera en una sala de cine. Por eso, el público tiene una necesidad cada vez más fuerte de ver cosas de verdad, en vivo. Ésa es la razón por la que cada vez funcionarán mejor los conciertos y las obras de teatro. Yo, por ejemplo, veo muchos partidos de fútbol en casa, pero no tiene que ver nada con ir al campo. Para mí, ir al teatro es ir al campo. Y la gente acostumbrada a consumir mucha ficción en televisión, disfruta con el teatro y repite. Es una de las razones fundamentales que han hecho que pasemos de una época en la que se cerraban teatros a una nueva en la que se abren.
¿Y podían imaginar hace unos años la 'dulce' situación que vive el teatro?
La verdad es que no. Nadie estaba preparado para este cambio de hábitos en el consumo de ficción. Era imposible imaginar que la gente podría enviarse películas por Internet y ahora todos debemos situarnos en este nuevo contexto. Afortunadamente, hasta ahora nadie ha encontrado la fórmula para bajarse teatro a través de Internet. Y esperemos que nadie la encuentre. (Risas)
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