
Los jugadores del CSKA mantean a su técnico, Ettore Messina.Foto: efe
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MACCABI TEL AVIV Bynum (23), Halperin (9), Morris (13), Casspi (9), Vujcic (2) -cinco inicial- García (2), Batista (14), Cummings, Sharp, Eliyahu y Bluthenthal (5).
CSKA MOSCÚ Holden (14), Langdon (21), Siskauskas (13), Smodis (13), Andersen (13) -cinco inicial- Goree (2), Papalukas (12), Zisis, Khryapa y Van der Spiegel (3).
Parciales 21-22, 20-20, 16-21 y 20-28.
Árbitro Koulekidis, Hierrezuelo y Dozai. Sin eliminados.
Incidencias Partido jugado en el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid ante 13.500 espectadores.
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El equipo del Ejército Rojo ha vuelto a invadir Europa. Desde el Este hasta el Oeste. Con un talonario de fondos ilimitados que permite crear una auténtica constelación de guerreros de una calidad tremenda. Pero lo más importante es que al frente de todo este arsenal hay un auténtico genio de los banquillos convertido en comandante en jefe de la armada rusa. Su capacidad para crear equipos a partir de un ramillete de grandes estrellas resulta proverbial y anoche el CSKA se proclamó campeón de Europa por sexta vez en su historia y Ettore Messina se puso a la altura de los más grandes técnicos de la historia de los banquillos con su cuarto entorchado continental.
Pocas horas antes del inicio del partido el cuadro ruso anunció la continuidad de Messina en el banquillo durante una temporada más para intentar alargar en el tiempo esta dinastía roja. El CSKA pretende que su hegemonía siga ampliándose de la mano del venerado técnico de Catania. Dos títulos y tres finales en otros tantos años han sido una carta de presentación más que suficiente para ganarse la renovación cuando su futuro parecía estar en Barcelona.
La final fue un auténtico choque entre dos estilos muy diferenciados. La sobriedad del CSKA, una maquinaria engrasada a la perfección, frente a la exuberancia física de un Maccabi que se mueve mejor dentro de la anarquía y que cuenta con una garra que le hace muy competitivo.
Los primeros veinte minutos fueron un fiel reflejo de esos dos particulares estilos de juego. Mediante su finura y la elegancia de Langdon, el CSKA trató de escaparse en el marcador. Con batalla y contactos, Bynum y Batista consiguieron mantener al Maccabi en el partido.
En esos tres nombres se resumió la primera parte. El esquimal volvió a ejercer de asesino silencioso en un cuadro ruso que se vio amputado de Siskauskas, su elemento más desequilibrante. El base estadounidense volvió a dejar claro que dentro de sus 180 centímetros esconde una potencia física brutal, mientras que el pívot uruguayo, con unos movimientos poco ortodoxos, se hizo dueño de la pintura .
cada vez más renta Un punto de ventaja para los rusos en el descanso y todo por decidir. El CSKA ya había estirado el chicle en varias ocasiones, pero los macabeos habían conseguido aguantar esos estirones a base de casta. Al regreso de los vestuarios el guión no varió en exceso, pero las embestidas de los rusos abrían cada vez más el marcador.
El arranque del tercer cuarto del CSKA, con Holden y Andersen de nuevo en vena, sirvió para abrir la brecha un poco más. Seis puntos abajo para el Maccabi con diez minutos por disputarse, pero la sensación de que la final estaba decidida. No hizo falta mucho tiempo para comprobar que ya existía un campeón. La telaraña defensiva del CSKA terminó por ahogar al Maccabi. Fue el triunfo del talonario, pero también del juego en bloque y el sacrificio. El triunfo de Messina.
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