
Miguel Gómez, de 25 años, postrado en la cama desde hace cuatro meses tras sufrir una caída, es consolado por su madre, María Bernarda Sánchez.
"a HÍ abajo, todos llevamos una coraza. Aquí todo es muy distinto, las emociones afloran y al final uno se da cuenta de que somos mucho más parecidos de lo que creemos". Ahí abajo, como dice Ana Zudaire mirando a través de una ventana del Hospital Donostia, es la vida de la calle, el trajín habitual, el día a día. Aquí, como agrega a renglón seguido, es el complejo hospitalario, ese lugar que para el visitante ocasional huele a medicina y despierta cierto recelo, un espacio al que se accede casi por obligación, como aguantando la respiración para que el mal trago pase cuanto antes. Ese mismo lugar que, en compañía de esta mujer, o de cualquiera de los miembros de su equipo, se convierte en un espacio habitable y razonablemente confortable.
"Ésa es al menos nuestra intención, acompañar a los enfermos en el día a día. Sin forzar nunca ninguna situación, siempre a expensas de lo que nos soliciten. A veces es suficiente con estrecharles la mano, otras, simplemente, es suficiente el silencio, ése que tanto miedo suele darnos ahí abajo", continúa explicando esta mujer de 50 años, que coordina desde hace dos un equipo de seis personas, integrados en la Pastoral de la Salud de la Diócesis.
Y resulta curioso seguir sus pasos, porque, efectivamente, en su compañía hay momentos en los que el hospital deja de ser ese escenario de dolor, casi nunca deseado, para convertirse en un lugar apacible que cobra cierto color, como cuando se alumbra un bebé.
caras conocidas
El verdadero sentido del trabajo
"¡Qué hay Ana, cuánto tiempo! ¿Qué tal todo?". El saludo resulta de lo más afectuoso. Un hombre entrado en años acaba de estrecharle la mano de lo más jovial. Hasta hace cuatro meses era un paciente que veía pasar los grises días de invierno por la ventana del hospital. Hacía tiempo que no se veían, y Ana no puede sentirse más contenta, cuando le deja atrás al hombre, vestido por fin de calle, abandonando el complejo hospitalario acompañado por su mujer. "Este tipo de situaciones son las que hacen que nuestro trabajo cobre sentido. Hacía tiempo que no nos encontrábamos, y ha sido una sorpresa verle tan recuperado", admite Ana, atravesando el pasillo del hospital.
El acompañamiento que realiza el grupo no sólo se centra en los enfermos, sino también en los familiares. Es cuando este equipo se convierte en una suerte de puente, de confesionario ocasional al que unos y otros revelan intimidades, como "no quiero que me vea llorando" e inquietudes por el estilo que generalmente no se atreven a compartir con los propios familiares por no preocuparles más de la cuenta.
Son sobre todo las largas estancias las que permiten que las conversaciones superficiales queden aparcadas a un lado, cuando se deja la coraza habitual de la calle, cuando se pasa "de hablar del tiempo y del fútbol" a abordar otro tipo de inquietudes o miedos, como puede ser enfrentarse al fin, a la propia muerte.
Ana está persuadida de que de esta experiencia debería aprender todo el mundo. "Aquí, al comprobar el sinfín de situaciones que vive la gente, aprendes a valorar el esfuerzo de las personas por conseguir lo más nimio . El tesón de quienes están aprendiendo de nuevo a andar, de aquellos que se ven obligados a aprender a coger de nuevo una cuchara. Después de ver todo ello, suelo decirle a mi madre que deje de quejarse tanto. Te das cuenta de la cantidad de energía que gastamos inútilmente".
Ana continua recorriendo ese dédalo de pasillos que conforman el centro hospitalario. Y lo hace sin dejar de repartir saludos a diestro y siniestro, midiendo sus palabras, intentando acariciar el lado más humano de la enfermedad. Es muy complejo describir cómo se ayuda a morir en paz. Y en este recorrido por la vida y la muerte, por el sentido de lo más profundo y verdadero, irrumpe María Bernarda Sánchez, pasaitarra de 48 años, convertida en una madre coraje. La mujer tiene la mirada cansada, pero no pierde la sonrisa.
esperanza
Aprender a respirar
Desde hace cuatro meses, desde que su hijo Miguel Gómez, de 25 años, cayera como un juguete desde una altura de doce metros, golpeándose la cabeza cuando montaba un tejado en un pabellón de Usurbil, su madre siempre ha estado ahí. Salvo cinco noches que se quedó su hermana, no ha faltado de su lado. Asegura que duerme mejor cuando se queda en el hospital, junto a su chico. "Allí donde vaya, siempre llevo todo el drama en la cabeza, por eso estoy mejor aquí", confiesa.
Miguel no está en coma. Hasta los seis meses los médicos no pueden confirmar si realmente su estado es vegetativo. La madre se agarra a la esperanza. "Hace dos meses no se movía nada mientras que ahora puede levantar la mano y la pierna", detalla María, mirando al hijo.
La labor de Ana, o la de cualquiera de los miembros de su equipo, cobra más sentido que nunca ante este tipo de situaciones. "Sus visitas me sirven para desahogarme, ya que te permiten contarles cosas, y además nunca fuerzan situaciones. Jamás molestan", dice María Bernarda, agradecida.
A quien se le ve incómodo es al pobre chico. No tiene un buen día Miguel a cuenta de la dichosa traqueotomía. Su madre sabe que tiene que aprender a respirar de nuevo, después de haber pasado cuatro meses expulsando flemas por la traquea. Le cuesta aprender otra vez a respirar por la nariz. La enfermera entra, le da un calmante, y el chico, al cabo, se tranquiliza. Recobra el resueño sin dejar de agarrar un pequeño elefante de trapo que le ocupa la mano derecha, con la que hasta hace poco arrancaba esos tubos tan molestos que le rodean.
Así es el día a día de esta familia. "La vida da muchos palos, y a nosotros nos ha tocado esto", lamenta la madre. La evolución del joven es un interrogante, mientras María acierta a expresar un tanto compungida que su hijo va poco a poco, "hilito a hilito", como dice ella.
La familia de Miguel queda en la habitación, y el recorrido por el hospital prosigue junto a Ana con la sensación de lo importante que resulta, a pesar de todo, recobrar la dignidad. Es algo muy presente dentro de este equipo, convencido, al fin y al cabo, de que el hospital no es más que un reflejo de la sociedad.
"Estas personas también me ayudan a luchar contra mi enfermedad", reconoce a modo de saludo María Luisa, que celebra en una de las habitaciones del hospital su 75 cumpleaños, tratando de olvidar, siquiera por unos instantes, ese molesto asma derivado del hongo aspergillus fumigata , el mismo que obligó a cerrar varios quirófanos del Hospital de Cruces, en Bilbao, hace unos años. "Me afectó en 1994, aunque todavía no sé ni cómo". Al hongo lo eliminaron, pero María Luisa sigue afrontando los problemas derivados de todo aquello.
Su último ingreso se remonta sólo dos semanas en el tiempo, pero como dice Ángel, su marido, es "de las asiduas". Sabe, por ejemplo, qué es pasarse un año sin salir del hospital. Por eso agradece el trato cariñoso que le dispensan y el trabajo que realiza la Pastoral de la Salud. "Me traen todos los días la comunión, y al menos éso me levanta el ánimo", reconoce la paciente, residente en Zarautz, que guarda en su regazo un telar en el que puntada a puntada va tomando los picos nevados del Naranjo de Bulnes. Cuando el hilo se acaba, su marido Ángel le trae nuevos ovillos. María Luisa busca este tipo de ocupaciones para no pensar, porque de lo contrario su cabeza se dispara, y siempre toma "el rumbo que no quieres".
El nuevo ingreso que afronta parece que será algo más largo de lo previsto. Tiene un pseudomona, que abre el camino a otras bacterias. "Al final, para el no docto en la materia, todo lo que tengo no viene a ser más que un problema de bichos", sonríe la pareja, en un intento de quitar hierro al asunto.
Después de la visita, Ana concluye el recorrido recordando una frase. Aquella que le transmitió una mujer que acaba de perder a su marido. "Me dijo muchas gracias por no haber mirado ni una sola vez el reloj durante la charla que hemos tenido. Aquello se me quedó marcado. Ése es el verdadero sentido".
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