
Y tiro porque me toca
EPENDE de desde donde se miren las cosas, en Bolivia están que arden. O por decirlo de otra manera, a todos aquellos a los que les molesta la presencia de Evo Morales, les gustaría que estuviera ardiendo de veras para poner orden y para que las aguas volvieran a su cauce, el de siempre. El indigenismo y el populismo del presidente Morales le han acarreado muchos enemigos. Frente al discurso de las razas originarias, crece el del mestizaje, y el fantasma de Kosovo salta en las conversaciones y artículos de prensa. Pero al menos al tiempo de escribir estas líneas, Bolivia no arde. Nadie sabe lo que ocurrirá manana, cuando el territorio de Santa Cruz acuda a unas urnas puestas sobre las mesas electorales no oficiales más o menos por la brava. Lo que no se puede negar es que el país está profundamente dividido. Bolivia es un atolladero más que un laberinto. Los patriotas que reclaman una Bolivia única y unida están enfrentados a los que creen que las autonomías son una garantía para sus diferencias, que no son los mismos que están por una autonomía que solo garantiza sus propios y privados intereses económicos de un clasismo de caricatura. Basta asomarse a los informativos para saber de que hay dos Bolivias, como mínimo, y que no es fácil conciliar los intereses de las 36 nacionalidades étnicas que conviven en territorio boliviano. Tampoco es posible ignorar que las voces críticas con Morales son cada vez más numerosas y que Evo Morales va camino de perder apoyos que hasta ayer le eran incondicionales. Como en todas partes, los fanáticos no admiten al contrario, los constitucionalistas están enfrentados con los "referundistas" claramente secesionistas, al margen de la constitución. Un sorda pugna entre ricos y pobres, entre blancos y pueblos originarios o criollos, un rifirrafe en el que nosotros, con nuestro modo de vida, nuestro dichoso sistema, nuestro etnocentrismo, tenemos muy poco que decir. La mejor lección sería callar y escuchar, y no dar lecciones que no nos piden. Me fijaba mientras comía y veía comer a gente poco urbana. Hay mucha costumbre de escuchar con la mano apoyada en la mejilla. Hay quien dice que ese es gesto para hablar mal de alguien, pero aquí es para escuchar, solo para escuchar, de manera paciente. Con todo, es difícil para un europeo entender lo que pasa en Bolivia porque el desconocimiento de su historia, cultura e idiosincrasia que tenemos es mayúsculo. Allí y aquí, cada cual arrima el agua a su molino y mientras unos defienden el indigenismo por el hecho de serlo, otros ven a ETA detrás del MAS oponiéndose al referéndum de las elites económicas de Santa Cruz. Nuestro ombligo tiene la misma proporción que el abismo por el que se despeño uno de los barcos de Edgar Allan Poe. El presidente Morales, con ocasión del 1 de Mayo, ha nacionalizado hidrocarburos y comunicaciones, pero en las calles de La Paz, al margen de algunas manifestaciones de ponchos rojos con petardos y banderas andinas, y algo de policía antidisturbios, el viernes y el sábado en la manana no pasaba nada que no fuera lo de siempre, barullo, comercio, ojeo. La gente iba a lo suyo y el que tenía motivos familiares para llorar a moco tendido, lloraba sin recato y el que festejaba el nacimiento de un bolivianito, reía y comía tarta en familia. Unos al lado de los otros, en el mismo barco, el de la especie humana. Un gran escritor boliviano, Ramón Rocha Monroy me escribía hace poco, a propósito de este verlo todo negro, que en Bolivia casi nunca llega la sangre al río, que para eso tienen una especie de ceremonia, que se celebraba casualmente ayer, tres de mayo, el Thinku, el enfrentamiento de dos comunidades con el solo propósito de hacer las paces. Y como no podemos andar solos sin tropezarnos los unos con los unos, y con los otros, porque nos suena la forma de hablar, por pegar la hebra, por yo qué sé, llegué a La Paz con un inesperado compañero de viaje, José Antonio, un sacerdote de Vitoria de mirada luminosa, que lleva muchos años, 47, en América y ahora está en una región selvática, el Alto Beni, una región medio deforestada por la tala salvaje de maderas preciosas. La gente que vive con los más desfavorecidos, los explotados por todos los gobiernos, los olvidados eternos, sean blancos, negros o indios, tiene muchas cosas que contar, probablemente las que no le gustan escuchar a nadie, porque de sus realidades no se puede sacar tajada. Hablamos de allí, claro, y se rió con ganas cuando me escuchó decir ¨un sartenazo¨, porque hacía mucho que no lo escuchaba, pero hablamos mucho más de allá, de donde estábamos, de lo difícil que es entender y admitir asuntos como la justicia comunitaria, como el orgullo y la necesidad de afirmación de los pueblos originarios americanos, en su lengua, cultura, idiosincrasia. Nos puede el pensar que la nuestra es la única medida de todas las cosas y no son pocos los que ceden a la tentación de sostener que la diferencia, por el hecho de serlo, es ahora mismo garantía de acierto. Pero hay que escuchar para atisbar cuando menos que lo que aquí tantos aplauden, y no solo porque pasa lejos, como es la justicia comunitaria, da en la salvajada y que a nadie le gustaría estar en el pellejo del linchado, con y sobre todo sin motivo. Por supuesto que los rumores negros corren, hasta de golpe de estado militar aludido el viernes por el propio Morales, parejo al de que las fuerzas armadas están con el presidente, pero al anochecer la plaza de San Francisco de La Paz, lo que queda de la plaza, se llenó como todos los días del aroma de las salteñas, las tucumanas, las empanadas, los fricases, las presas de pollo frito, los platillos suculentos y contundentes, y el voceo ya cansino de los vendedores de helados, cuando vamos para bajo cero. En la plaza de San Francisco de La Paz, mientras los predicadores predican el fin del mundo, la presencia del demonio yanqui, las virtudes curativas de las plantas amazónicas que la botánica de Linneo desconoce (pero no la de las multinacionales farmacéuticas japonesas), la vida de tamano humano bulle que es un gusto.
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