
El laberinto
A decía El Censor, principal periódico español del siglo XVIII, que toda realidad censurada por la mañana no tardaba en volver por la noche. Es cuestión de tiempo. Mucho en una dictadura, muy poco en una democracia. Cuanto acontece políticamente hoy en Euskadi da la razón al editorialista del diario portavoz de la Ilustración. No hay censura capaz de borrar lo real e imponer lo oficial. Los hechos son testarudos. Ni ETA va a desaparecer, proyecta incluso extorsiones a diez años vistas, ni el Estado va a aceptar ruptura alguna por muy envuelta en celofán que se presente. El aviso de Zapatero en su primera entrevista televisada como presidente de Gobierno, nada de aventuras, no deja lugar a duda alguna sobre su firme voluntad de defender tanto el consenso entre vascos como la legalidad vigente. Ya se vio con el frente constitucionalista, lo que se empieza a ver con el frente nacionalista. Las mismas causas políticas producen los mismos efectos electorales. Las desastrosas consecuencias del Mayor Oreja constitucional de entonces no pueden ser distintas de las del equivalente Menor Oreja abertzale de ahora. No por llevar txapela e ikurriña, el frentismo es menos lesivo que el que enarbolaba boina o rojigualda. Si los vascos nacionalistas vivieron con bastante temor la derrotada Reconquista constitucional, los vascos constitucionalistas viven sumamente inquietos ante el proyecto soberanista del nacionalismo. Por eso cuentan impacientes las horas que restan para las urnas autonómicas. Intentar aparcar la mitad de la sociedad vasca, da igual que sea una u otra, desemboca siempre en el fracaso electoral de quien lo propugne. La ecuación es sencilla. Cuanto mayor radicalización frentista, menos votos. Porque el llamado problema vasco no está en Madrid, sino en Vitoria. De ahí que toda política unilateral, que olvide la transversalidad del País Vasco, sea un esfuerzo inútil. Ni quienes se consideran solamente vascos la han admitido, ni quienes se consideran tan vascos como españoles la van a admitir. Tampoco el amplio abanico de siglas en Euskadi debe impedir ver que dos de las tres principales fuerzas políticas vascas, mientras la tercera siga aceptando el asesinato como arma política, están condenadas a entenderse. El resto no son, políticamente hablando, más que palabras, palabras y palabras. Pero ni Urkullu, ni Patxi López, pueden vivir de la retórica. Dirigen partidos históricos, cuentan con miles de militantes, cientos de miles de votantes y representan intereses socioeconómicos. Esa enorme fuerza que dirigen les empuja, inevitablemente, a la negociación. No existe perspectiva democrática en la sociedad vasca sin una estrecha colaboración entre el Partido Nacionalista Vasco y el Partido Socialista de Euskadi.
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