
Cuaderno de notas
N papel con pocas anotaciones, sólo lo imprescindible. Leche, que se dispensaba en bolsas de a litro, las barras de pan, algo de fruta y chorizo para los bocadillos. Una bolsa de plástico rígido, la misma bolsa para cada día, una que se dejaba colgada detrás de la puerta. El dinero más o menos justo en el bolsillo remendado, porque entonces, hace cerca de treinta años, la cantidad que dejábamos cada mañana en la tienda del barrio, en el comercio de siempre, era previsible. Así aprendimos a ayudar en casa "con las compras", y tomamos contacto, sin saberlo, con el mejor termómetro económico que se ha inventado nunca: el día a día de una familia numerosa. Dice Naciones Unidas que en los últimos tres años el precio medio de los alimentos en el mundo se ha encarecido un 83%. Las últimas previsiones auguran cerca de 100 millones de nuevos pobres que en cuestión de meses pasarán a integrarse en un listado excesivamente poblado. Los datos los han servido esta semana en Suiza, en una reunión de bienpensantes, auspiciada por la propia ONU. El temor es real: se habla ya de la Tercera Guerra Mundial, la guerra de los hambrientos. En los últimos dos meses, más de 75 millones de personas han pasado a depender de la beneficencia mundial. El hambre no es un mal nuevo, pero las causas que lo provocan y alientan van cambiando. Para hacer frente a las consecuencias del cambio climático que hemos alimentado con un modelo desarrollista e inconsciente, buscamos alternativas más respetuosas y sostenibles, como los llamados biocombustibles. La paradoja es que ahora nuestros coches arrebatan de las manos a millones de personas el "pan suyo de cada dos días": un kilo de trigo cuesta hoy un 130% más que hace un año. Las cosechas se destinan íntegramente a alimentar el desarrollo de los países desarrollados, y los más pobres se quedan sin trigo, arroz, soja o maíz que llevarse a la boca. Es el combustible que necesitamos para acercarnos hasta el hipermercado del otro extremo de nuestra ciudad, para comprar un brick de leche, barras de pan enfundadas en plástico, bandejas de fruta, sobres de embutidos. El combustible que nos lleva de vuelta a casa, hasta la comodidad del sillón desde el que, ante el televisor pensamos: hay que hacer algo cuanto antes.
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