
Tripulantes del 'Playa de Bakio' a su llegada en el atunero al puerto de Victoria en las islas Seychelles.
E L secuestro del buque atunero congelador bermeaotarra Playa de Bakio nos ha acercado al quehacer diario de cientos de arrantzales vascos que desarrollan su actividad profesional a miles de kilómetros de sus hogares. El pescador vasco nunca se ha amilanado ante las adversidades del mar y ha recorrido miles de millas a la captura de cardúmenes de pescado. Desde aquellos intrépidos pioneros que llegaron a las costas de Terranova para pescar cetáceos y bacalao hasta los modernos buques atunero-congeladores que faenan en aguas del Indico, Atlántico y Pacífico.
La génesis de la flota atunero-congeladora se remonta a finales de la década de los 50 cuando un grupo de embarcaciones de la flota de bajura de Bermeo se desplazó hasta la costa occidental de África, Senegal y Sierra Leona, y descubrió la riqueza de los recursos de atún de esas aguas. Aquellos pequeños barcos de madera capturaban el atún mediante el empleo de cañas manuales y cebo vivo. Ante la abundancia y notable volumen de los cardúmenes de atún, a alguno de aquellos pioneros bermeanos se le ocurrió la idea de capturar túnido mediante el empleo de la red de cerco, el mismo sistema empleado en la pesca de anchoa en el Cantábrico.
El año 1965 armadores bermeotarras acometieron la construcción de los buques Albóndiga y Alacrán , pequeños atuneros de unas 160 TRB (toneladas de registro bruto). Por aquel entonces la pesca de atún se desarrollaba en aguas de Senegal y Sierra Leona. Poco a poco se fueron construyendo barcos de mayor tonelaje y se exploraron nuevas zonas de pesca en el Golfo de Guinea. En 1984 se produce un acontecimiento importante en el devenir de la flota atunero-congeladora, cuando varias unidades se trasladan al océano Indico donde comienzan a faenar en aguas próximas a las Islas Seychelles.
En la actualidad, la flota atunero-congeladora vasca es la segunda en importancia dentro de la Unión Europea. Arrantzales vascos pescan túnido en aguas de medio mundo: océano Indico, Atlántico y Pacífico. Se trata de una pesca legal y absolutamente regulada. Estos buques faenan en aguas internacionales y en aguas de países ribereños con los que suscriben acuerdos de pesca. Los buques atunero-congeladores de última generación poco tienen que ver con sus antecesores. Se trata de barcos valorados en cerca de 30 millones de euros con una eslora que supera los cien metros y equipados con tecnología punta. Un sonar (aparato de detección de pescado) puede llegar a costar cerca de 200.000 euros.
Los atuneros centran su actividad en la captura de tres especies de túnidos tropicales principalmente: listado o skipjack , yellowfin y patudo o bigeye . En las aguas del Índico comparten caladero buques vascos, franceses y rusos. La treintena de barcos vascos que desarrolla su actividad en el Indico pertenece a las empresas bermeotarras Inpesca, Echebastar, Atunsa, Pevasa y Albacora. La flota francesa cuenta con una veintena de embarcaciones en tanto que la flota rusa está compuesta por una decena de barcos. Otra veintena de atuneros congeladores faena en aguas del Golfo de Guinea, en tanto que una decena de atuneros pesca túnido en el Pacífico.
La tripulación de un atunero está compuesta por entre 26 y 30 personas. Tres hombres trabajan en el puente de mando: el patrón de pesca, el capitán y el patrón de costa. El jefe de maquinas cuenta con un segundo, un caldereta y tres engrasadores generalmente. En la mayoría de los barcos atuneros los puestos de mando están cubiertos por patrones y maquinistas nativos de Bermeo en su mayoría, Lekeitio y Galicia. La mayoría de los pescadores gallegos proceden de la provincia de Pontevedra, concretamente de Bayona y pueblos de alrededor. En el atunero existen otros cargos relevantes como el de contramaestre, panguero (responsable de la maniobra de la panga, embarcación auxiliar utilizada para la maniobra de pesca) y redero. No hay que olvidar a los miradores, hombres que escrutan el mar con grandes prismáticos para localizar cardúmenes de atún. El cocinero es un hombre importante, muy importante, en un atunero. El resto de la tripulación está compuesta por marineros africanos procedentes de Senegal, Ghana, Madagascar, Seychelles...
Jornadas interminables
Cuatro meses de campaña
Los hombres que trabajan en la flota atunero-congeladora completan campañas de cuatro meses sin regresar a casa. Durante ese período su contacto con la tierra se limita a las descargas de pescado en Seychelles, Madagascar o Costa de Marfil, cuya periodicidad depende del acierto en la faena. Una vez finalizada la campaña de pesca los arrantzales cuentan con dos meses de descanso en casa antes de regresar al mar. El patrón de pesca, el capitán, el jefe de máquinas y el segundo de máquinas cuentan con cuatro meses de descanso. Hay quien no duda en asegurar que en breve todos los tripulantes gozaran también de cuatro meses de descanso.
La actividad en un buque atunero congelador comienza antes del amanecer. Y es que el buque tiene que estar listo para la maniobra antes de que despunte el alba toda vez que se trata de un momento propicio para los lances de pesca. "La jornada se prolonga por espacio de trece horas como mínimo" asegura un arrantzale. Hacia las once de la mañana se dirigen al comedor para disfrutar del almuerzo. "En un atunero se come bien. En cada comida dispones de tres platos. No obstante, es muy importante tener un buen cocinero a bordo" explica. Una vez finalizada la jornada de pesca, los arrantzales se duchan (trabajan con temperaturas que a menudo superan los 35 grados centígrados) y se sientan a cenar.
Tras la cena, hay quien se dirige a descansar a su camarote y quien trata de relajarse en tertulia o visionando una película. No hay que olvidar que por la noche se hacen guardias en el puente, la cubierta y la máquina. Y al día siguiente vuelta a empezar. "La vida en la mar es muy dura. Cuatro meses fuera de casa es mucho tiempo sin ver a tu familia. No obstante, para mí lo más duro de la vida en la mar son los momentos en los que no pescas. Las jornadas se hacen interminables" asegura un pescador. El estado de la mar tampoco suele ayudar en ocasiones.
Las condiciones de vida en un atunero han mejorado de manera notable durante los últimos años. Toda la tripulación dispone de camarotes individuales. Además, las posibilidad de comunicación con tierra han mejorado de manera espectacular. Los tripulantes esperan con ansia la llegada del fin de semana para poder llamar a casa por teléfono vía satélite, una vez finalizada la jornada de pesca. "Antes sólo llamabas a casa cuando entrabas a puerto. Ahora podemos llamar desde el barco y el coste de las llamadas se ha abaratado de manera importante. Los africanos son los que más las utilizan".
sueldo según captura
Ejercicio de convivencia
La vida a bordo de un atunero congelador exige un ejercicio de convivencia. Hay arrantzales vascos, gallegos, senegaleses, ghaneanos, malgaches, seychellianos, etc. Cada uno con su cultura. Por ejemplo, los senegaleses son musulmanes y los marineros de Ghana, cristianos. La convivencia es pacífica pero cada uno va a lo suyo.
El salario de los tripulantes de un atunero-congelador depende principalmente del volumen de capturas obtenido. Cada tripulante recibe un sueldo fijo mensual, al que hay que sumar una cantidad por cada tonelada de atún capturada. Esa cantidad oscila en función del cargo que ostenta en la embarcación.
La flota atunero-congeladora no atraviesa su mejor momento. El interminable incremento en el precio del petróleo supone un lastre importante para una flota con importantes consumos de combustible. En una jornada de pesca un atunero puede consumir más de 20.000 litros de gasoil. Por otra parte, los resultados obtenidos durante el 2007 han sido los peores de los últimos años, con una caída de capturas que en algunos casos ha llegado al 40%. La imposibilidad de faenar en aguas de la Zona Económica Exclusiva de Somalia y zona adyacente representa un serio contratiempo para esta flota.
Además, el sector atunero-congelador se enfrenta a un problema común también con el resto de flotas pesqueras: la falta de relevo generacional y por ende la dificultad para hallar personas para puestos cualificados. La vida en la mar no resulta atractiva para los jóvenes vascos. Las escuelas náutico-pesqueras se están quedando vacías y las empresas se pelean por los buenos profesionales. No existe paro en el sector pesquero. Un joven patrón o maquinista titulado tiene garantizado un puesto de trabajo bien remunerado. En cualquier caso, la vida en la mar es muy dura, más si cabe desde el punto de vista psicológico. Sucesos como el secuestro del Playa de Bakio no ayudan a levantar el ánimo de la marinería.
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