
Nacho, durante un lance del choque de ayer con el lateral derecho del Sevilla Atlético Gallardo.foto: ruben plaza
donostia. Lo único que no admitía discusión en el partido de ayer era la victoria de la Real. Por mucho que sea el club de moda y que se hablen maravillas de varios de sus jugadores, a falta de seis jornadas, después de todo lo que se ha sufrido y con la meta del ascenso a sólo dos puntos, nadie, y menos un filial, se iba a llevar nada de Anoeta. Que tomen nota del mensaje los tres adversarios que faltan por venir a Donostia.
Así fue, aunque nadie se lo explicara ni se lo hiciera entender a los hispalenses. La Real en muchas ocasiones no se da cuenta de que, en este tramo final, hay que tener preparadas todo tipo de armas posibles para hacer frente a los contratiempos que presenta cada batalla. Las que quizá debió explotar ayer eran la fuerza de la intimidación y el peso de la historia. Ninguna fue activada por los de Lillo, que dejan pasar demasiados minutos gratuitamente en su estadio, como si no fuese importante. Un minuto es un mundo y el rival debe sentir que se encuentra en todo momento en peligro cuando el choque es en Anoeta. No le sucedió así al Sevilla Atlético, que aguantó gran parte de la primera parte cómodamente parapetado en su campo y creando, incluso, peligro en algunas ocasiones.
Lo cierto es que, hay que reconocerlo, el ingrediente que pretendía utilizar para este encuentro Lillo era la paciencia. Por lo tanto se puede comprender que la salida del equipo no fuera muy racial, aunque con el calor que hacía, la empanada parecía por momentos de las de recordar. A esta inquietante sensación contribuyeron los dos primeros sustos de los sevillistas, en una falta muy lejana que casi sorprende a Riesgo, y en un córner, con salida fallida del meta realista. En ese primer intercambio de golpes, la Real también rozó el gol, en un penalti no señalado por una mano de un defensa sevillista (que lo pareció) y en un disparo a bote pronto y con la izquierda de Aranburu que detuvo Varas. Poco después, el capitán tuvo que abandonar el terreno de juego lesionado, lo que multiplicó las dudas y el mal color que estaba adoptando el partido.
sin excusas El calor y la humedad causaban estragos en los blanquiazules. Antaño, la gran Real también sufría cuando el viento sur azotaba la ciudad, pero es que la necesidad y las urgencias prohibían el volver a ampararse en el manual de excusas, al que tantas veces han recurrido los realistas en los últimos años para justificarse.
Cuando las cosas no van bien, cuando no encuentra el norte y se bloquea en los partidos, la Real dispone de un futbolista con mayúsculas que lleva acudiendo a su rescate desde el pasado mes de enero. Martí ha cambiado de categoría. Ha pasado de albañil en el Sevilla a arquitecto en Anoeta, y no ha perdido ni ha ganado ego en la metamorfosis, lo que le honra como persona y como futbolista. El mallorquín porta la antorcha del ascenso. Vio a sus compañeros atascados y creó dos ocasiones de la nada que cambiaron el sino del partido. En la primera condujo el balón hasta la frontal para dejar solo a Elustondo, cuyo disparo lo detuvo Varas, y un minuto después, asistió mirando al tendido a Nacho, que disparó al poste. Pero no sólo es eso. Su sacrificio, profesionalidad, ambición e implicación también forman parte de sus virtudes, algunas de las cuales adquieren una importancia capital en esta Real. A partir de ese momento, pocos aficionados blanquiazules dudaron del triunfo. Menos aún cuando Garitano cabeceó a la red un córner bien sacado, otra jornada más, por Gerardo. El vizcaíno casi anota el segundo en el descuento con un acrobático remate, que no le pegaba nada, pero que Varas sacó de la escuadra.
Nada más reanudarse la afición realista demostró que ya conoce quién es el elegido esta temporada. En plena celebración del gol del Granada 74, Martí se echó la mano a la pierna, como si le hubiese dado un tirón, y el estadio se quedó mudo. Era un silencio acongojado, que reflejaba angustia e incredulidad. Todo quedó en un susto, porque, además, el líder no quiere perderse ni un minuto de competición. La Real no sufrió demasiado para asegurarse los tres puntos, aunque, como siempre, le costó firmar la sentencia. Lillo fue valiente con los cambios y dos de los que entraron de refresco, Fran Mérida y Víctor Casadesús, fabricaron el tanto de Díaz de Cerio.
La Real debe ir a lo suyo. Se ha fijado su camino y la manera con la que piensa recorrerlo, y nada hace pensar que vaya a fallar. El equipo está bien y la racha de Lillo es para destacarla. Que el ritmo no pare.
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