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e STA columna, en su voluntariosa condición de labor social, quiere ser hoy una pequeña guía que recoja algunos breves consejos para encarar el pintxoteo moderno. Aunque pueda resultar servil para los locales durante este puente, estos apuntes van dirigidos a la especie predominante en nuestro ecosistema: El Turista.
Comencemos por su equipación. Olvídese de paraguas, bolsos, chaquetas, cámaras o mapas. Sus dos manos libres serán primordiales. Sólo necesita llevar una cartera tamaño ministerial. Memorice un par de palabras en vasco (muy útiles para comunicarse con los camareros argentinos) como egunon, eskerrik asko, o zenbat da? Recuerde el zenba t porque se verá obligado a repetirlo cuando escuche el montante, pues cobran a precio de cobre. Tras unos ejercicios de calentamiento donde estirará patas y brazos, diríjase hacia uno de esos templos de alta cocina en miniatura (yo lo llamo minialtura).
¿Estamos? Pues póngase de canto, meta tripa y penetre en algún bar de la 31 de agosto, como el A.F.N, la C.d.S.T. o cualquier otro atestado establecimiento de aforo imposible que desafíe el principio de Arquímedes. Esquive con destreza platos y salsas hasta llegar a la barra, e ignore con desdén (pensando "que les den") a los otros clientes. Una vez elegido su manjar, empieza lo más difícil: tratar de comérselo sin dar con sus huevos estrellados en el suelo (me refiero al rico pintxo estilo Lucio). Enseguida detectará el problema. Le proporcionarán una copa de crianza, el plato, una panera, servilletas y cubiertos. Una vez haga acopio del kit, verá que no hay mesa libre, ni trozo de barra, ni estantería, ni barril donde apoyar y comer esa kutixi. "¿Dónde me lo meto?" se preguntará usted con la panera sobre la frente. Observe a los alumnos más adelantados, esos donostiarras que han desarrollado su coordinación psicomotriz hasta emular a los contorsionistas del Circo del Sol. Si la experiencia le resulta infructuosa y/o frustrante, pero sigue empeñado en comer en vertical, le recomiendo una visita al Bar Nestor, donde degustará una cocina minimalista bien entendida: tomates, piperras y txuleta. Y de ahí al cielo.
Conclusión: el nuevo pintxo como atractivo turístico ha fagocitado (nunca mejor dicho) al resto de ítems de la ciudad, pero los gastrónomos han errado en la ejecución del concepto. El problema estriba en que han centrado todo sus interés en perfeccionar la nouvelle cousine , y han desatendido el viejo comedor. Mientras el continuo espacio-pintxo siga desligado, foráneos y locales continuaremos anhelando los brazos de la diosa Shiva.
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