
Tribuna Abierta
parece que la política oficial haya aceptado al completo que es la economía la que manda. Y que los gobiernos de los Estados se conviertan en los consejos de administración, como quería Marx, de los grandes negocios internacionales. En esta especie de marxismo vuelto del revés, son las multinacionales las que examinan a los gobiernos con sus conocidos raseros (empleos precarios, reducción del gasto público, contención de salarios y capacidad adquisitiva en actual descenso, etc.). De lo contrario, siempre está ahí la amenaza de retraer las inversiones y enviarlas a otra parte con la rapidez del rayo informático o la llamada deslocalización de las empresas.
Poco a poco, con más o menos circunloquios y eufemismos retóricos (movilidad, flexibilidad, competitividad), el trabajo ha dejado de ser un derecho para convertirse en un coste económico. Por más que en la Constitución rece lo contrario.
Esa religión absoluta no es cuestionada por casi nadie. Por eso, no es de buen tono hablar en la campaña electoral de lo sucedido en Liechtenstein, el blanqueo europeo del dinero negro del que tanto sabe España o el más que abundante fraude fiscal por nuestras latitudes. Tampoco es de buena educación electoral mentar lo que hay en las cárceles, cuyos más de 60.0000 reclusos y reclusas provienen, en una mayoría aplastante, de las clases más pobres y marginales de la sociedad o, aproximadamente un tercio del total, son reclutados entre los y las inmigrantes.
Así que hemos vuelto moralmente al siglo XIX, cuando los códigos penales se dedicaban a proteger a los propietarios de los rateros de medio pelo y hampones marginales. Códigos entendidos descarnadamente como leyes para disciplinar a los pobres. Cargados de tan liberales garantías como sus liberales autores, eso sí y que, llegado hoy el caso de tocar a un intocable rico, como el Sr. Roca de Marbella, le ayudan con sus estrictos criterios de la presunción de inocencia (siempre bienvenida aunque sea para beneficiar a nuestros mafiosos) y sobre la prisión provisional.
Una vez que los políticos de los dos partidos hegemónicos han borrado de sus cuitas la justicia social, el empleo fijo, la distribución equitativa de la riqueza, que paguen más quienes más tienen (lo que se entiende exactamente en sentido inverso), la persecución y castigo efectivo a la gran delincuencia, discuten de lo que entienden como preocupaciones de la gente y quisicosas de las encuestas varias. Por eso pudimos asistir al bochornoso espectáculo del debate entre Zapatero y Rajoy, transformado en un campeonato de a ver quién había legalizado menos inmigrantes. Con un tratamiento de la inmigración como un peligro y como un fenómeno negativo que es, cuando menos, perfectamente irresponsable.
Ya veremos qué quiere decir el cese del ministro Caldera y la insistencia en el contrato de trabajo (en unos momentos de crisis de la construcción) o en el escaso valor del empadronamiento de las personas inmigrantes anunciado por el nuevo ministro. Pueden ser gestos, para que la derecha no les acuse de buenísimo (expresión importada de la Italia de Berlusconi en su lucha contra la izquierda). O puede ser una política de carácter -llamémosle por su nombre- represiva, en la que los propósitos de integración y planes correspondientes brillen por su ausencia.
Que Solbes y Sebastián sean las estrellas de la política económica, nos indica no solamente la continuidad de la liturgia absoluta antes aludida, sino seguros rebajes de los impuestos de los ricos para hacer la competencia a la Comunidad de Madrid y su envidiada estrella Esperanza Aguirre (campeona de estos asuntos, de la privatización de la sanidad y del destrozo de los colegios públicos). Porque ésa es la otra: no se trata ya del renacimiento del nacionalismo español que mete miedo con el coco de la ruptura invisible de la piel de toro, sino de un nacionalismo madrileño -como lo ha analizado Suso del Toro- que tiene abducidos a los dirigentes del PSOE. Tan abducidos están que, puestos a hacer esa política de derechas, Rosa Díez les ha birlado a los socialistas un montón de votos en cualificados barrios madrileños.
Y una cosa que llama la atención, porque no se trata de un recurso estilístico, sino una rectificación política de fondo, es el cambio de la idea de España plural, defendido en los primeros años del anterior gobierno de Zapatero, por el de España diversa. De España unida y diversa, y de equívoca tolerancia en lugar del claro pluralismo, habló Rodríguez Zapatero en su primer discurso tras ganar las últimas elecciones. Como todavía están aterrados los dirigentes del PSOE por las campañas de la derecha -sobre todo madrileña- con todo el asunto del Estatut de Catalunya, quieren tranquilidad y sosiego en la nueva era, y han actuado como hace el PP con la ultraderecha.
Pues si en España no hay ningún partido fuerte como el de Le Pen, eso es debido a que el PP ha incorporado todas sus xenófobas y racistas consignas (y de ahí nace el atroz e inhumano contrato de integración de las personas inmigrantes). Así que, consecuentemente, el PSOE hace suyas también las propuestas más achacosas del nacionalismo español de Ortega y Gasset y su España unida en la diversidad. Con lo que todo el sistema político se derechiza unos puntos más.
Es una pena escuchar a Carme Chacón decir en sus primeros discursos lo de España diversa. Seguramente ella sabe que es más plural que otra cosa, pero el guión manda y más en tan uniformado Ministerio. Preparémonos a escuchar a cada ministra o ministro el consabido rosario orteguiano de lo uno como imperante (España y su Estado) y lo diverso como folklore (sardanas, zortzikos y demás músicas variadas). De esa fuente bebía el Nodo cuando nos aseguraba lo del industrioso Bilbao, la laboriosa Cataluña (con ñ) o la alegre Andalucía. Y los mismos orígenes tenían aquellos discursos soñolientos que Julián Marías escribía al Rey Juan Carlos I.
Hay quienes, como Javier Pradera, se han alegrado del giro intelectual del Gobierno hacia Ortega y Gasset. Todo va en gustos, pero ¿y a mí qué Ortega y sus empresas de gran velamen -el descubrimiento de América- siempre me han parecido algo un tanto cursi?
Quien sigue en sus trece es Fernando Savater. Que reprocha a los socialistas, no ya que se alíen con las fuerzas nacionalistas de sus lugares de origen, sino que se llamen a sí mismos vasquistas o catalanistas (El País , 12.4.08). Porque, dice Savater, él es vasco y no vasquista.
De la misma manera que él es macho de género pero no machista. ¡Todo un filósofo! Y toda una argumentación que puede prolongarse al precisar que los niños que montan en triciclos no son verdaderamente ciclistas. De veras que cuesta un mundo tomarse en serio semejantes pendejadas (como dicen en Colombia) de quien es presentado en poderosos medios de comunicación como nuestro casi mayor filósofo.
Bueno, seriamente, no todo está tan mal: es positivo y educador que haya más ministras que ministros. Solamente falta que a ellas y a ellos les exijan lo mismo que a todas las personas que vivimos de la función pública: mérito y capacidad. Pero la crisis económica que campa ante nosotros y el regreso del nacionalismo español/madrileño no presagia nada bueno.
* Catedrático de Filosofía del Derecho
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