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¿A dónde vamos sin tren?

por Francisco Garmendia

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LA pregunta sobre el mañana no está de moda. Por raro que pueda parecer a algunos, nuestros antepasados se sentían más responsables del futuro de lo que nos sentimos nosotros. SobreAurreak erakusten du nola dantzatu atzea, lanari aurrea hartu behar zaio, etxea aurrera ateratzeko , etc. se ha dicho que, siendo de uso común y cotidiano entre euskaldunes hasta hace bien poco, insistían en la importancia de decidir el paso a dar ahora atendiendo al futuro concreto al que aspiramos y de anticiparse con el trabajo presente para satisfacer necesidades futuras.

Hoy nos invade una moda diametralmente opuesta: estamos hipotecando el trabajo que no hemos hecho y los recursos futuros que no nos pertenecen para satisfacer deseos y aspiraciones del momento presente. Es la estrategia de quemar futuro con la tarjeta de crédito que hoy gastamos. El tono del tiempo es el instantismo despreocupado. Y, como nuestro presente es tan confortable en muchos aspectos para la gran mayoría, no queremos pensar en futuros cuyas demandas podrían exigirnos esfuerzo.

Esta deriva de la modernidad hacia estilos de vida anclados en modelos de egoísmo autocomplaciente y cerrado -que ya anunciara D. Bell- puede manifestarse tanto en la agresividad voraz de capitalistas de casino dedicados a especular sin comprometerse en la creación de nueva riqueza, como en el hedonismo suave y discreto de quienes viven a cuenta de la comunidad sin pegar golpe, incluso dándoselas de progresistas, además de ecologistas.

En el tono de algunos debates sobre las infraestructuras para la sostenibilidad del pueblo vasco percibo esa visión cortoplacista del interés egoísta inmediato. Y creo que ésta es una de las razones por las que la reflexión llevada a cabo con rigor en las instituciones responsables no ha sido ni siquiera seguida en sectores amplios de nuestra sociedad. El caso de la autovía de Leizaran, en lo que a su debate público se refiere, fue un despropósito del que, al parecer, no hemos aprendido. Esa autovía supuso una gran inversión y un costo tanto social como ecológico pero, desde la experiencia y visión actuales, no nos perdonaríamos el no haberlo llevado a cabo, por su valor estratégico en muchos sentidos. Toda propuesta de envergadura causa impactos que deben ser cotejados con los que se van a derivar de su no ejecución.

Tal como acertadamente insistiera el economista Patxi Echeverria, debemos reflexionar dando a nuestro horizonte una profundidad mínima de 25 años. Y, añado yo, planteando tanto el análisis de nuestras necesidades futuras como las propuestas para satisfacerlas de forma conjunta. Las infraestructuras de comunicación condicionan decisivamente el modo de ser comunidad y de comunicarse tanto local como globalmente.

Ciñéndonos a los retos de transporte que tenemos en Euskal Herria, concretaría tres: el reto de la conectividad interna, con una buena relación calidad-precio-tiempo, en el conjunto de los territorios vascos; el reto de la conectividad de los vascos (de sus ciudadanos y de sus empresas o instituciones) con los centros de interés estratégico desde el punto de vista del conocimiento, de la (co)producción y el comercio; y el reto de las redes de tránsito continental por (o sobre) Euskadi de viajeros y mercancías, que faciliten la conectividad exterior sin colapsar la interna.

Estos tres retos deben ser abordados en su conjunto y en una perspectiva a largo plazo, aunque diferenciando los objetivos específicos que corresponden a cada uno.

Llevamos tantos años de retraso en el tema, que parece que nos resignásemos a no tomar en serio un diseño positivo del conjunto de las infraestructuras que necesitamos para el desarrollo sostenible de las comunidades vascas (en las que incluyo las de las diásporas). La conectividad fluida interna y continental, de un lado, y la organización de las redes de tránsito, del otro, se exigen tan necesariamente, que se me hace difícil pensar que alguien pueda oponerse a la infraestructura de vías para el TAV, alegando que antes necesitamos un buen tren de cercanías. En un planteamiento integral necesitamos realizar lo antes posible ambos proyectos.

El seguir anclados en los parámetros actuales nos lleva al colapso interno y a desventajas manifiestas de comunicación con el entorno europeo y mundial. Sin consolidar infraestructuras para trenes de diferentes velocidades y distancias, nos arriesgamos al agotamiento y al bloqueo. No soy especialista para discutir sobre la idoneidad de las soluciones técnicas pero, hay cuestiones que desde un punto de vista social son evidentes. Si no conseguimos sacar de nuestras redes actuales una parte importante del tráfico de tránsito, nuestras infraestructuras para la conectividad interna quedarán saturadas con el consiguiente bloqueo para nuestros desplazamientos cotidianos.

* Catedrático de Teoría Política. Universidad de Deusto

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