
A, De Aventura. Porque, aunque quienes no se hayan iniciado en el
placer de la literatura no lo sepan, leer es, sobre todo, aventurarse.
Vivir más vidas, ponerse en la piel de otros. Ser, en el plazo
de unas pocas semanas, héroe, bandido, malversador, ángel o funcionario
insípido. Es tener diez años, adentrarse en La isla del tesoro
de Stevenson y pasar miedo bajo el edredón cada vez que aparece
en escena Long John Silver.
B, De Best-seller. Porque sus ediciones de bolsillo frecuentan autobuses
y atrapan las vidas de personas –aficionadas pero no fanáticas
de la lectura– durante días. Porque no todos son iguales. Porque,
como ocurre en otras disciplinas, no se puede desprestigiar algo
porque venda mucho (ni tampoco prestigiarlo, claro). Y por el
debate sin resolver de si leer a Dan Brown conduce a John Berger,
o son caminos paralelos.
C, De Carta. Por la deuda que tiene la literatura hacia el género
epistolar, como recoge el festival Gutun Zuria que se celebra
en Bilbao. Porque muchos escritores se forjaron en misivas desesperadas.
En una carta memorable, el padre de V.S. Naipaul le explicó:
"Si un delincuente semianalfabeto escribe una carta a su novia,
será como la mayoría de las cartas de semejantes personas. Si
el delincuente escribe justo antes de ser ejecutado, será literatura".
D, De Duda. Porque la literatura, como la filosofía o la ciencia,
se construye sobre la duda, el cuestionamiento de que las cosas
pasen tal y como nos las han contado hasta ahora. Al margen de
Descartes, la duda cuenta con prestigiosos defensores. Francis
Bacon la llamaba "la escuela de la verdad"; Dante sostenía: "No
menos que el saber me place el dudar" y Aristóteles asumía: "Los
grandes conocimientos engendran las grandes dudas".
E, De Expiación. Además de la novela de Ian McEwan, la expiación
es una virtud literaria que funciona en doble sentido: sirve
al escritor para reconciliarse con sus culpas, y también al lector,
que se identifica con los remordimientos ajenos. Los (buenos)
libros deberían llevar en la contraportada: provoca catarsis,
que significa, en su segunda acepción: expulsión espontánea o
provocada de sustancias nocivas al organismo. Pues eso.
F, De Franz Kafka. Por El Castillo. Por La metamorfosis y la inmortal
tragedia de Gregor Samsa. Por sus parábolas exquisitas. Por ser
capaz de escribir para una niña y su muñeca durante meses, anécdota
clarificadora que rescató Paul Auster y, más recientemente, Jordi
Serra i Fabra. Porque el escritor checo nos legó una descripción
que dice más que muchas tesis: la literatura es una expedición
a la verdad.
G, De Gurb. Sin noticias de Gurb, de Eduardo Mendoza, es una novela
concebida en primera instancia como una serie de artículos periodísticos
que se publicaban por entregas, protagonizados por un extraterrestre
que adoptaba la apariencia de Marta Sánchez y se caía en todas
las zanjas de Barcelona. Es un aval, entre otros miles, de que,
además de aprender o sufrir, con la literatura uno puede hacer
algo muy beneficioso para su salud: reírse a carcajadas.
H, De Historia. La historia es una rama de la literatura, decía Pío
Baroja. Aunque a algunos les pese, el auge de la novela histórica
ha permitido sanear unas cuantas editoriales en números rojos.
La pregunta, la pregunta que siempre vuelve, como diría Walt
Whitman, es si esos lectores de novela histórica, que devoran
a Ken Follett o a Toti Martínez de Lezea se enganchan luego a
Vassili Grossmann o a Alessandro Baricco.
I, De Infancia. Porque es un terreno natural de la literatura: el
lugar del que se nutren muchas de las historias de los escritores,
el escenario donde se suceden muchas de ellas y la ocasión para
engancharse al tren literario de forma vitalicia. No se han registrado
casos de niños lectores, criados entre los cuentos que sus padres
les leían todas las noches hasta que ellos tomaron el relevo,
reconvertidos en adultos alérgicos a la lectura.
J, De Justicia. Porque a falta de que ocurra en el mundo comúnmente
conocido como real, la literatura posee una alternativa balsámica:
la justicia poética, la que se toman por la mano los escritores
para arreglar cuentos con los pasados propios o ajenos. Este
epígrafe también podría pertenecer a la palabra Jarabe, porque
la literatura es medicina para el alma, o de términos evocadores
como Jengibre.
K, De Karmele Jaio. Por Amaren eskuak. Porque Zu bezain ahul es
la obra más vendida en euskera en las últimas semanas. Porque
sus quince relatos son deliciosas pinceladas sobre la debilidad
y la incomunicación, esos fantasmas tan literarios. Porque habla
de las cosas que no se dicen, y lo hace con su propia fórmula:
"La literatura tiene que ser precisa. A veces me viene la imagen
de una aguja, que para que penetre debe tener la punta muy afilada".
L, De Luces de Bohemia. Para recordar que el teatro, que está en
un momento dulce, también se lee, y esta joya de Valle-Inclán
es un buen ejemplo. Por la necesaria existencia del esperpento,
esa distorsión brutal de la realidad que hoy está desnaturalizada.
Por sus espléndidos personajes. Por ese Madrid "absurdo, brillante,
hambriento y atontao" que dibuja la obra. Y por una frase inmortal:
"Max, no te pongas estupendo".
M, De Muerte. El tema (casi) inevitable de la literatura. Algunos
escritores han podido abstraerse del amor en sus escritos, pero
la muerte está siempre presente. No se puede generalizar y decir
que la literatura nos ayuda a enfrentarnos a la muerte, pero,
al menos, alivia alguno de sus ritos. Blanche dice en Un tranvía
llamado deseo: "Los funerales son hermosos comparados con las
muertes. Son silenciosos; las muertes no siempre lo son".
N, De Novel. Porque, quebrantando el dicho que sostiene que una obra
no es literatura hasta que no sale del cajón en el que lo conserva,
ajeno a las miradas ajenas. su autor, la literatura se compone
también de las promesas de escritores y sobre todo de los manuscritos
que no se han publicado todavía o los que no se publicarán nunca,
pero que llegarán a manos de alguien que quede cautivado por
su historia.
Ñ, De Ñoña. Una de las batallas que libra la literatura es interna:
desprenderse de etiquetas. Las escritoras aún viven bajo el sello
restringido de la literatura femenina, un precinto impreciso
que pretende conducir algo tan libre como la voz, hacia determinados
temas o miradas. En pleno reinado del mestizaje de géneros, hace
faltan autores impermeables y lectores que no juzguen por los
datos que contiene el carné de identidad.
O, De Oscar Wilde. Porque, aunque sean legión los que no hayan leído
El retrato de Dorian Gray o no haya visto representar La importancia
de llamarse Ernesto, el dramaturgo irlandés es celebrado entre
expertos y profanos por su ingenio y su largo legado de aforismos.
A saber: "A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto
y, de pronto, toda nuestra vida se concentra en un solo instante".
Y "Lo resisto todo, salvo la tentación".
P, De Perdedores. Porque la literatura está poblada de perdedores,
y porque la literatura va siempre un poco de perdedora. Es tan
perdedora que podría incluir pero no incluye en este epígrafe
a los premios, tan cuestionados. La literatura, no obstante,
suele ofrecer su bálsamo, su vertiente paradisíaca hasta el punto
de que Jorge Luis Borges solía afirmar que "siempre imaginé que
el paraíso sería algún tipo de biblioteca".
Q, De Querer. Es sabida la insistencia en que el verbo leer, como
amar, no conoce el imperativo. Juan Benet decía que la función
del profesor es ejercer de "guía turístico en el mercado del
libro, mostrar dónde se encuentra la literatura para que el lector
haga con ella lo que quiera". Marsé es aún más concreto: "El
gusto por la lectura se transmite como se transmite el interés
por una película: contándola bien. Hay que hechizar".
R, De Romanticismo. Alguien dijo que por una mujer –o por un hombre,
se supone– sólo se puede hacer tres cosas: amarla, sufrir por
ella o convertirla en literatura. Un cálculo nada científico
pronostica que una cuarta parte de la literatura mundial se debe
a un desengaño amoroso. Según una encuesta tampoco demasiado
rigurosa, al menos, otro cuarto de los autores escriben para
que les quieran.
S, De Salinger. Porque ganó para lectura a muchos adolescentes con
El guardián entre el centeno. Porque aunque haya demasiado mito
al respecto, los escritores celosos de su intimidad hasta la
extenuación aportan idiosincrasia a la literatura. Y de Shelley,
y su poema de El velo pintado, que explica la vida como eso,
un velo pintado, plagado de imágenes hermosas, pero que no conviene
levantar.
T, De Título. Hay títulos de novelas que son poesía, frases redondas
u divertidas odas a la ironía: Te quiero porque he bebido (Empar
Moliner), Este libro te salvará la vida (que no es una obra de
autoayuda, sino una novela sorprendente y redentora de A.M. Holmes)
o París no se acaba nunca de Enrique Vila-Matas, que ha aportado
otras exquisiteces breves: Suicidios ejemplares o Al sur de los
párpados.
U, De Único. El escritor argentino Jorge Luis Borges tenía asumido
que los seres humanos "somos versículos o palabras o letras de
un libro mágico, y ese libro incesante es la única cosa que hay
en el mundo: es, mejor dicho, el mundo". La idea del autor de
Historia universal de la infamia enlaza con la eterna confusión
del lector: distinguir si la novela que tiene en sus manos es
el mundo, o si el mundo es una gran e inmensa novela.
V, De Vidas. Recientemente, falleció Charlton Heston, y entre los
comentarios sobre sus grandes papeles y su conversión ideológica,
se coló una frase en la que el protagonista de se jactaba de
haber vivido dos veces. Uno no tiene muchas oportunidades de
ser actor, encarnar Moisés, marchar junto a Luther King o presidir
la Asociación del Rifle en una sola vida. Pero tiene una herramienta
infalible para vivir varias vidas: la literatura.
W, De William Shakespeare. Hoy hace 392 años que murió el mejor dramaturgo
de todos los tiempos. Como dijo Woody Allen en el funeral de
Ernst Lubitsch: "Nos hemos quedado sin Lubitsch. Peor aún, nos
hemos quedado sin las películas de Lubitsch". Las obras que alumbró
a finales del siglo XVI y principios del XVII han inspirado y
nutrido miles de historias; sólo en el apartado cinematográfico,
250 películas.
X, De Xarma. Una comparación heterodoxa: el encanto de la literatura
es comparable al que ejerce el fútbol, al menos por omisión:
si uno se sale del campo de acción, sólo ve a veinte tipos corriendo
en pantalón corto y dos protegiendo un rectángulo. Si uno entra
en un libro, debe hacer un pacto silencioso con su autor: ir
de su mano, abrazar sus metáforas, intimar con sus personajes
y afiliarse a su historia. Entonces sí, funciona su conjuro.
Y, De Yeats. Ejemplo de identidad –supo modelar una literatura irlandesa
moderna, no supeditada a los dogmas culturales británicos–,
W.B. Yeats goza de profunda vigencia, gracias a los guiños de
bandas como The Smiths, que hace referencia al hijo del condado
de Sligo en el tema Cementry Gates y, esencialmente, por el poema
The Second Coming, que ha sido utilizada interesadamente por
partidarios y detractores de la guerra de Irak.
Z, De Zafón. Hoy va a ser el protagonista y a muchos les producirá
urticaria. Pero a la literatura no le viene mal, por una vez,
arrebatar a la música el interés de las masas. Carlos Ruiz Zafón
venderá una cantidad obscena de ejemplares de El juego del ángel,
y luego se descubrirá si es una buena o mala novela. Pero nadie
dice, entre cifras y promociones, que La sombra del viento es.
sobre todo, una declaración de amor a los libros.
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