
Gurpegui, junto a Robinho en un partido en febrero de 2006.
Hoy concluye el calvario personal de casi seis años de Carlos Gurpegui, jugador navarro del Athletic. Ése es el tiempo que ha permanecido el centrocampista de Andosilla implicado en el caso de dopaje por nandrolona que le supuso dos años de sanción que ahora expiran. Fue el 1 de septiembre de 2002, en su quinto partido en Primera División, cuando se le complicaron las cosas de manera inesperada y con un asunto que probablemente le perseguirá de por vida. Lo que había resultado para él un día medianamente feliz porque, a pesar de la derrota de su equipo comenzó la temporada de titular y marcó dos goles, más tarde se tornó en pesadilla.
Según supo tres meses después, había dado positivo en un control antidopaje. El producto en cuestión era la nandrolona, una sustancia que ya había dado problemas a otros deportistas, entre ellos a algunos futbolistas, como el ex barcelonista Pep Guardiola, entonces en Italia, y otros jugadores internacionales, varios de ellos holandeses. A pesar de ser sancionados, a ninguno de ellos le supuso estar demasiado tiempo alejado de los terrenos de juego, al contrario que en el caso de Gurpegui.
No obstante, el jugador navarro pronto recibió la protección del club al que todavía pertenece y que incluso le amplió su contrato hasta 2012. De la mano del entonces jefe de sus servicios médicos, Sabino Padilla, el Athletic se embarcó en la pelea por demostrar que su jugador era inocente. Lo que le había aparecido a Gurpegui en la orina no era nandrolona, sino 19-norandrosterona, el metabolito que, según se defendía entonces, implicaba con seguridad la ingestión de nandrolona. Es decir, si hay ceniza es que se ha fumado. Padilla defendía la producción endógena del jugador de una sustancia que, a su juicio, no implicaba necesariamente la toma de nandrolona por vía exógena. Para ello, elaboró una compleja y prolija teoría médica que nunca fue rebatida ni contestada. Ni por la justicia deportiva ni por la justicia ordinaria, a la que acudió el Athletic, que se entendió indefenso por los cauces deportivos.
Otras pruebas, como una capilar en el Instituto Pasteur que refutaba esa tesis, redundaba en la idea del Athletic de que Gurpegui no se había dopado. No le sirvieron de mucho, ya que no encontró compresión ni anuencia en los tribunales, que sucesivamente le iban negando la razón, desde el primero en el ámbito deportivo, el Comité de Competición, hasta el último en la justicia ordinaria, el Tribunal Constitucional.
Así, Gurpegui fue haciéndose a la idea de que lo suyo no tenía solución y que lo que tenía que hacer era esperar a que se cumpliera su sanción. Lo ha hecho protegido por su entorno familiar y deportivo, sobre todo por parte de sus compañeros, que siempre le han mostrado su solidaridad y apoyo, y de una afición que nunca se ha olvidado de él y le ha visto siempre como víctima. Así, el caso ha llegado a su final con el jugador dos años fuera de los terrenos de juego.
Ahora, ya sin la pesada mochila que ha llevado a la espalda durante estos años, el jugador sólo quiere mirar hacia el futuro. "Lo tengo muy claro. Me ha tocado vivir una situación que para mí y para muchos es injusta, pero me ha tocado. He intentado vivir con ella lo mejor posible y cuando vuelva a jugar quiero empezar una nueva vida". El domingo podrá hacerlo. De la mejor manera: como titular en el Santiago Bernabéu.
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