Editorial
Autocrítica, sólo de oficio
ARECE evidente que tienen poco que ver el actual Papa, Benedicto XVI, y su antecesor, Juan Pablo II, en cuanto al aprovechamiento de la imagen y la utilización mediática de su figura. Esta diferencia se comprueba, principalmente, en los viajes. A veces es cuestión de temperamento, o de asesorías, o simplemente de perfil físico. Los viajes del Papa Wojtyla eran una especie de apoteosis escénica con fenómeno de masas. Como contraste, y haciendo de la necesidad virtud, los viajes del Papa Ratzinger son más austeros, más deliberadamente humildes. Y con esa artificiosa humildad, en cuanto pisó suelo estadounidense pidió perdón a las víctimas de los numerosos casos de pederastia en los que resultaron denunciados sacerdotes católicos. Denuncias que la acaudalada Iglesia norteamericana resolvió a base de millonarias indemnizaciones destinadas más a tapar la boca que a reparar agravios. Reconoció Benedicto XVI que aquellos casos fueron 'muy mal gestionados', lo que revela una cierta predisposición a la autocrítica que llega con bastantes años de retraso. Una autocrítica que puede considerarse como inevitable, como de oficio, dada la notoriedad del borrón que los clérigos pederastas arrojaron sobre la imagen de la Iglesia Católica de EEUU a la que, en definitiva y por elevación, el Papa representa. Pero no es de recibo una autocrítica pública y amplificada con la fastuosidad de un viaje papal, como si el pontífice Ratzinger no formase parte de la más alta jerarquía de la Iglesia cuando aquellos hechos salieron a la luz, como si pudiera eludir su responsabilidad como entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, uno de los pilares sobre los que se apoyaba la orientación ideológica de Juan Pablo II y que tuvo mucho que ver en la 'muy mala gestión' de aquellos desmanes pederastas. No se trata de restarle valor al gesto de Benedicto XVI, pero no pueden obviarse las contradicciones de la Iglesia en sus orientaciones morales. Y cuando se dice Iglesia, no solamente hay que mirar a Roma porque casos notorios de pederastia clerical son, por desgracia, demasiado frecuentes y pésimamente gestionados por la Jerarquía. Los catequistas que denunciaron prácticas pederastas en la parroquia madrileña de Aluche fueron apartados de su tarea por el arzobispo Rouco Varela, mientras que el párroco simplemente era trasladado.