Editorial
Sin vuelta atrás
NO de los mejores ejemplos para explicar la excepcionalidad con la que una parte de la sociedad observa la llegada de las mujeres a los cargos de responsabilidad es la reacción suscitada por los nombramientos del último Gobierno de
Rodríguez Zapatero
. Quizá uno de los errores del recién nombrado presidente estuvo en la manera de comunicar a la opinión pública la composición de su Ejecutivo al trasladar mensajes con excesiva carga simbólica y con continuas referencias a la historia. Efectivamente, nunca había habido más mujeres que hombres ocupando cargos ministeriales y nunca en la historia del Estado español, una mujer había sido nombrada Ministra de Defensa, aunque Zapatero no tuvo en cuenta que a menudo es más eficaz para cualquier gobernante que los éxitos se le atribuyan ante la contundencia de los hechos y no por el contenido de sus discursos. Los medios de comunicación y opinadores más conservadores aprovecharon su retórica para atacar con dureza y con un machismo inusitado el nombramiento de una vicepresidenta y ocho ministras, de quienes algunas voces han llegado a poner en duda su capacidad profesional y sus aptitudes para el cargo. El caso más llamativo tiene que ver con la ministra
Carme Chacón, cuyo embarazo ha suscitado un torrente de comentarios y editoriales cuestionando seriamente si esta circunstancia podría impedir que pudiera atender su agenda e incluso dar respuesta a una hipotética crisis internacional como si su futura maternidad la inutilizara por completo para la toma de decisiones. Hasta
Silvio Berlusconi, tan conocido por sus ideas conservadoras como por su afición a la cirugía estética, llegó a afirmar que en Italia sería imposible formar un gobierno paritario porque "no es tan fácil tener mujeres protagonistas preparadas para una actividad de gobierno", algo que debería sonrojar al líder de uno de los ocho países más industrializados del mundo. Sin embargo, es innegable que persisten prejuicios para aceptar mujeres en puestos de decisión y sectores que siguen creyendo -aunque no siempre lo verbalicen- que la tarea de mandar, el nivel con más poder del espacio público, no está hecha para mujeres, a pesar de que representan no sólo la mitad de las capacidades, aptitudes y potencialidades de la sociedad, sino la generación más preparada de la historia.