
Jon Maia, en una imagen reciente.Foto: oskar montero
zumaia.Su abuela materna, María Luisa Valderrama, era extremeña.
Así es. Era de Cabeza de Buey, una población limítrofe con Andalucía. La abuela fue una mujer que desprendía gracia por los cuatro costados. Yo soy el primer euskaldun de la familia. Y lo soy por la conciencia que he recibido de mis abuelos que, pese a llegar a Gipuzkoa en el franquismo y no hablar euskera, se arrimaron al bando oprimido, el de la cultura vasca. Quizás eligieron el camino más difícil. Ya lo habían hecho antes apostando por los perdedores de la Guerra Civil. Mantuvieron la misma conciencia y sus nietos somos lo que somos.
En su juventud, su abuela frecuentaba los corros de chicos y chicas, preludio de guitarras y coplas.
Efectivamente. Se sabía un montón de refranes y de coplas que cantaba con amigos frente a los portales cuando se reunían al caer el sol. Creo que de ahí he heredado el gusto por la cultura oral. Mi abuelo también contaba con una especial gracia y en la posguerra se dedicó improvisar en fiestas y pueblos. En casa siempre hemos vivido un ambiente de cantaores y flamenco.
Pedro Senen Ismael, su abuelo, cantaba y tocaba la guitarra.
Cuando era pequeño a mi abuela le gustaba que hablase o cantase en euskera delante de los baserritarras. Él, albaceteño, se sentía orgulloso de que su nieto supiera euskera. Pese a venir de fuera fue una persona muy popular, dicharachera y sociable en Urretxu y Zumarraga.
Más que tocar, él 'templaba' la guitarra.
Eso decía la abuela. Fue una pareja que supo disfrutar con lo poco que tenía.
¿De casta le viene al galgo?
No creo que se pueda transmitir genéticamente una cualidad, pero con el tiempo he llegado a la conclusión de que soy bertsolari gracias una larga trayectoria que comienza en Albacete, en el pueblo de mi abuelo.
Al principio su abuelo se extrañó cuando comenzó a cantar bertsos. ¿Tan tímido era de pequeño?
Lo era aunque también tengo gloriosas actuaciones en señalados días festivos bailando flamenco sobre alguna mesa. La timidez la he ido perdiendo con los años gracias al bertsolarismo.
Y se diluyó al entrar en la bertso eskola de Zumaia.
Seguramente comencé en la bertso eskola sin haber escuchado un bertso en directo. En la ikastola nos impartían una hora de clase a la semana de la mano de Joanito Dorronsoro, uno de los pioneros en la enseñanza del bertsolarismo en la educación reglada. Me gustaron las historias que se contaban en los bertso zaharrak (viejos), así como la vida y los sucedidos de bertsolaris clásicos como Txirrita, Bilintx u Otaño... Todo aquello me encandiló y de ahí pasé a la bertso eskola, es decir, a improvisar. Tendría unos 10 años aproximadamente.
Pese a no entender nada, su abuela siguió muy de cerca las evoluciones de su nieto en la final del campeonato de bertsolaris de 1997, celebrada en el Velódromo de Anoeta de Donostia.
Sí, y fueron dos extensas sesiones. Amor de abuela. Y acertó quien iba a ganar. No entré en su quiniela. "Ganará el calvo ese, el Legaña ", predijo en alusión a Andoni Egaña.
¿La bertso eskola fue un trampolín?
Ahora no entendería mi vida sin haber pasado por ella. Las bertso eskolas son el comienzo del trayecto del 95% de los bertsolaris de hoy en día. Un lugar privilegiado. Los chalaves reciben valores y recursos que difícilmente se adquieren en otras disciplinas. Se aprende a dominar el euskera, a jugar, a divertirse y a enriquecerse cultural e intelectualmente. Vivimos en un mundo donde lo oral es fundamental y el bertsolarismo aporta muchas claves: aprender a expresarse ante el publico, explicar, organizar un discurso mentalmente… Eso, es vital. Y las bertso eskolas son un vivero de todo eso.
Piano, solfeo, ballet… ¿Bertsolarismo?
Es otra opción más dentro de la amplia oferta de actividades extra escolares. El colectivo Bertsozaleen Elkartea está inmerso en un debate para impulsar la transmisión y difusión del bertsolarismo. Cientos y cientos de jóvenes se están animando a descubrir el mundo del bertso. Porque con el bertsolarismo un joven entra a formar parte de un mundo de alicientes y valores positivos. Se nutre de conocimientos para la comunicación que le servirán de mucho en el transcurso de su vida. El bertso, además de tener mucho atractivo, es una agradable gimnasia mental. No es solamente crear bertsos e improvisar. Es, entre otras cosas, construir puzzles mentales con palabras. De las bertso eskolas no sólo surgen bertsolaris, sino también escritores, cantantes o periodistas… Son lugares que pueden dar lugar a un ramillete de profesionales que poseen un gran dominio del euskera. Personalmente, el bertsolarismo me ha facilitado la entrada a otros campos relacionados con la palabra, como por ejemplo, escribir las canciones del grupo Karidadeko Benta o redactar artículos y relatos.
También participó en el expedición Apaizac Obeto, donde rememoraron remando la historia de los pescadores vascos del siglo XVI.
Durante la expedición canté muchos bertsos. Muchísimos. Y en los pueblos a los que arribábamos fuimos agasajados con muchas recepciones en las que también improvisé ante autoridades, en cenas de bienvenida… Los canadienses o los indios de las reservas, por ejemplo, me propusieron temas para que cantara. Tras traducírselas, alucinaban. En cierta ocasión estuve hasta una hora cantando bertsos. Una deliciosa experiencia. Después de llegar a Red Bay (Terranova) y completar la singladura, realizamos una sesión de improvisación de bertsos junto a Maialen Lujanbio, que viajó hasta allí para recibirnos con otras personas del mundo de la cultura. La experiencia gusto muchísimo.
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