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e L pasado fin de semana iba absorto en mis pensamientos cuando, de pronto, escuché una bella voz en algún punto cercano a mí. Una voz que en ese momento entonaba nada menos que el O mio babbino caro , famosa aria de la ópera Gianni Schichi de Il Tritico de Puccini, o lo que es lo mismo, uno de mis autores de ópera preferidos junto a Wagner o Strauss. Seguí absorto en mis cosas, pero mis pasos, siguiendo el sonido, me llevaron hasta la calle Loiola. Allí, justo delante de la entrada de la Fnac, se agolpaba un gentío impresionante. En alguna otra ocasión ya he comentado en esta misma sección que esa vía es algo así como un escenario donde muchos artistas callejeros ofrecen su arte y su gracia. En esta ocasión, sin embargo, lo que más me llamó la atención fue que el grupo de músicos era bien grande, y que se entreveía un nivel muy alto, sin desmerecer a otros artistas, éstos parecían sacados de alguna película de Kusturica como mínimo, como si hubieran salido de su famosa Underground . Mientras ellos tocaban instrumentos como el violín, el violonechelo, la trompeta o el clarinete, ella, la cantante, entonaba cantos de carácter folklórico de su tierra con un bello timbre de soprano, demostrando poseer aptitudes más que suficientes como para darse uno cuenta de que esa chica tiene horas de clases y de enseñanzas a sus espaldas. Entre canción y canción, se retiraba a un pequeño tenderete que hizo las delicias de la chavalería que observaba las matruschkas que ponía a la venta. Poco sé de ellos, sólo que cuando la chica canta la gente enloquece, aplaude a rabiar y las monedas vuelan a sus pequeñas arcas. También que suelen aparcar una gran furgoneta en la zona de la estación del Norte. ¡Ah! Y que cierto jefe de este papel dejó por unas horas su Mesa de Redacción para dejarse llevar al igual que me ocurrió a mí por el placer de escuchar una bonita voz y un atractivo grupo de músicos.
En cualquier caso, a tenor de lo que últimamente veo por las calles donostiarras da como para llenar la sala Club del Victoria Eugenia como mínimo, es más, animo a los programadores a que les echen el lazo y se apunten un tanto con estos artistas tan interesantes. Y si no fíjense en la pareja de chico y chica que cantan a ritmo de bossa nova en el Boulevard siempre que hace buen tiempo o en el violinista que monta en el autobús de Egia y toca en la calle Txurruka. Por cierto ¿qué fue de la soprano que cantaba en la puerta del Casino Kursaal de la calle Mayor? Su voz era también muy a tener en consideración.
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