
Ver a Bette Davis fumando era una imagen habitual que se repitió también en su visita a Donostia hace veinte años, pese a su delicado estado de salud.Foto: ZINEMALDIA
LL EGÓ en un caluroso septiembre de 1989 a Donostia. Dado su delicado estado de salud, Bette Davis (5 de abril de 1908-6 de octubre de 1989) había realizado varias escalas desde Los Ángeles. A su lado, su fiel secretaria -se parecía a la señorita Rottenmeyer- controlaba todos los detalles, especialmente las 42 maletas con las que miss Davis se aseguraba ante cualquier eventualidad.
El traslado desde el aeropuerto lo realizó en coche. A las puertas del Hotel María Cristina había una gran expectación. Los fotógrafos se agolpaban para captar la imagen de la gran diva hollywoodiense y los periodistas y curiosos observaban con detalle el tan esperado momento.
Y se produjo la llegada. El chófer salió del vehículo y abrió la puerta a la actriz. Vestida de negro, con sombrero y tacón, salía del vehículo y, con paso lento pero elegante, miss Davis caminó erguida. "La distancia que tuvo que recorrer fue corta. Se agarró a un árbol y realizó un posado en los jardines que había al lado del hotel", relata Jesús Uriarte, uno de los fotógrafos que aquel día se encontraba allí trabajando. "Se notaba que estaba mal, desgastada..., pero ella era una gran actriz", recuerda. Fue la primera de las cuatro ocasiones que se la pudo ver en Donostia.
Tras el posado, entró al hotel y hasta el día de la rueda de prensa, 96 horas después, nadie logró verla. Durante todo ese tiempo permaneció recluida en su habitación. Había periodistas vigilando la ventana de la suite, pero no se asomó.
La diva cuidaba mucho su imagen. Supervisó los últimos detalles de sus apariciones, seleccionó su vestuario entre las docenas de maletas, rechazó a la maquilladora y peluqueros del festival haciendo venir de París a un profesional de su confianza, y eligió la silla en la que sentarse para ofrecer la macrorrueda de prensa. Lucía pelucas que no dejaban sospechar que estaba calva. Se maquillaba con cuidado para resaltar sus ojos saltones y elegía con exquisitez el broche que lucia en cada vestido.
Karmele Soler, maquilladora de ETB por aquel entonces, tuvo la complicada labor de maquillar a la actriz. Pasó dos horas intentándolo, pero Bette Davis no la dejó. Fue su peor día, sentencia. "Me vio demasiado joven", recuerda Soler.
El día de la rueda de prensa, Bette Davis llegó 25 minutos tarde. En el salón del María Cristina no cabía ni un alfiler. Gran expectación por ver de cerca a la mala malísima de Hollywood. Pedía mantener con respecto a los periodistas y fotógrafos una distancia mínima de cinco metros. Decían que la trasladaban en silla de ruedas, pero nadie la vio. Simpática y agradable, la rueda de prensa fue la segunda intervención pública de Bette Davis en Donostia.
La tercera vez que se la pudo ver fue durante la única entrevista que concedió. La periodista de ETB Gema Arrizabalaga, redactora del programaIkusmira , tuvo el privilegio de entrevistarla. El plató estaba cerca de uno de los comedores. "La actriz descendió en el montacargas. No vimos ninguna silla de ruedas. Salió y las puertas se cerraron", relata la periodista.
desconfianza
La última ovación
Bette Davis se encontraba ya muy enferma. El cáncer se le había generalizado y los médicos que la trataban le aconsejaban reposo total. Pero ella estaba acostumbrada a hacer lo que quisiera. "Le encantaba aparecer. Que la mirasen. Lo hizo casi hasta el último momento", recuerdan.
La cuarta y la última vez que se la pudo ver fue el día que la actriz subió al escenario para recoger el Premio Donostia. Tal y como relata Diego Galán, director del festival en aquella época, en el libro Jack Lemmon nunca cenó aquí , "Bette Davis quiso despedirse del mundo en loor de multitudes, y aunque en el teatro de Donostia no cabían masas, recibió allí, público en pie, la última gran ovación de su vida. Esa noche se sintió feliz, se emocionó... aunque pronto se iba a enfadar mucho porque ella pidió que se tradujera su discurso y no se hizo".
Su mala salud, sin embargo, no la perdonaba, y cayó enferma al concluir el programa. Rechazó a los médicos españoles. La desconfianza acabó con la gran actriz. En París ya no pudieron nada hacer por ella. Según recoge en el libro Galán, testigo directo de aquellos días, en "la última cena quiso agradecernos privadamente la oportunidad de sentirse aclamada y querida. Me habéis devuelto la vida", dijo.
Bette Davis falleció en París 15 días más tarde, el 6 de octubre de 1989, víctima de cáncer. Hubo quien especuló sobre si la repentina muerte de la actriz había sido motivada por el esfuerzo del viaje hasta Donostia. Lo cierto es que su maquillador, que viajó expresamente desde París, contagió la gripe a Davis, empeorando la ya débil salud de la actriz. Cosas de la vida. Pero Bette Davis desplegó glamour en una cita que perdurará en la memoria de todos aquellos que lo vivieron de cerca.
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