
Y tiro porque me toca
A llama olímpica, símbolo de esfuerzo desinteresado (y de alguna otra falsedad destinada a entontecer al público) y de paz, o cuando menos de tregua, tiene que circular custodiada por policías debida y fuertemente pertrechados con todos los adelantos que la industria de la seguridad pone a disposición de las fuerzas del orden, públicas y privadas, para reprimir cualquier tipo de protesta. Es asombroso todo lo que puede ofrecerse en los Salones Internacionales de Seguridad. El mítico recorrido de la antorcha olímpica, que pacificaba los países por los que pasaba (o algo así, poca importancia tiene ya la exactitud histórica y mitológica), se ha convertido en una parada circense y mediática destinada a anunciar el gran espectáculo y el negocio multimillonario que enriquece, dicen, al país que los acoge, así, en general, aunque se enriquezcan los de siempre: las elites financieras que orbitan alrededor de los gobernantes, las transnacionales, las mafias. Por eso, apagar la llama olímpica es una forma bastante ruidosa de denuncia y de protesta (la eficacia es otra cosa) y el objetivo de quienes piensan, entre otras cosas, que China, en las condiciones políticas que gasta, no tiene derecho a celebrar unos juegos olímpicos que tienen mucho más de negocio de muy altos vuelos, que de demostración de un Altius, citius, fortius, (más alto, más rápido, más fuerte) ya muy devaluado a estas alturas por los fraudes deportivos y los intereses de las multinacionales. Intereses económicos que alcanzan desde el hormigón de obras públicas y privadas, a las empresas de turismo, pasando por los bienes de consumo y hasta las marcas deportivas de batalla y de lujo que entramparán a los habitantes de los lugares más pobres de la tierra, los que como decía Eduardo Galeano, no tendrán cama, pero tienen televisor, una ventana a la que asomarse al mundo de lo rutilante inalcanzable: "La propaganda manda cruel en el cartel", dice José Larralde en su canción Afiche. Y los juegos olímpicos son un impecable escaparte de esa rutilancia. Los interesados en no mezclar el deporte con la política suelen ser los que esperan sacarle algún beneficio, del tipo que sea, al deporte. Pero lo quieran o no, la realidad, la vida, esto es, la política que no está del todo en manos de los políticos profesionales, se mezcla en el deporte, o mejor en el espectáculo de masas en el que se ha convertido aquel. Eso lo saben los políticos que dudan en asistir a la ceremonia de marras, los que no van a asistir porque les resulta más beneficioso en términos ideológicos que dan en económicos y los que apoyan a las uniones de empresarios que esperan seguir sacando fabulosos beneficios de su comercio con China. China es una mina y hasta los ataúdes se fabrican allí, porque allí todo es más barato, la mano de obra sobre todo; aquí solo venden a precio de allí los chinos, y no siempre. Los chinos, por cierto, esos grandes desconocidos, allí, claro, pero también aquí, cerca, en el todo a cien que tengamos junto a nuestra casa o en el ultramarinos donde se vende de todo y a cualquier hora, como hicieron los moros en Francia (vea mientras pueda El señor Ibrahim y las flores del Corán) o los gallegos en la Argentina, aunque esos comercios tengan detrás unas inextricables redes financieras que cuando salen a la luz quitan el hipo. Casi todo lo que tiene que ver con China asombra: ya sean las fábricas clandestinas, los negocios de la naves industriales o su extraño y salvaje capitalismo que encandila a los europeos y al que el respeto de los derechos humanos les importa un comino, mientras haya pasta de por medio. La represión política en Tíbet es un hecho, como la precariedad de los derechos humanos en China, aunque el Dalai Lama diga ahora, en Estados Unidos, que ni quiere un Tíbet libre ni boicotear los juegos chinos o cuando menos su ceremonia inaugural, como pretenden, parece, algunos países de la Comunidad Europea, en una ceremonia de confusión que tiene mucho de reparto de tartas y pasteles entre bastidores, a los que el público es por completo ajeno, porque su papel en la farra es vitorear, al que gane, al que pierda, a su bandera, a su amo.
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