
Cuaderno de notas
l a televisión llegó por primera vez al reino de Bután hace tan sólo 11 años. Desde 1972, sin embargo, este remoto país anclado en el uno de los entornos naturales más sorprendentes del planeta, dispone de un sistema de medición del desarrollo económico, social y humano que denomina FNB, Felicidad Nacional Bruta. Equidad, buen gobierno, valores humanos y respeto al medioambiente son los indicadores que se utilizan en este particular reino, frente al PIB habitual en los auto-denominados países desarrollados. Muy cerca de Bután (en el mapa, a tan sólo unos centímetros) está el Tíbet, y lejos, muy lejos de cualquier lugar que tenga en cuenta la felicidad y los valores esenciales, está China. Todos ellos alumbrados estos días por el fuego que, caiga quien caiga, se quiere mantener vivo, a las puertas de una de las Olimpiadas más polémicas de los últimos tiempos. En 1968, atletas de color, de color negro, quiero decir, hicieron uso del fantástico escaparate propiciado por los Juegos Olímpicos en México para denunciar el racismo. Sobre el podio, puño enguantado en alto, la imagen de aquella época se convirtió pronto en icono. Algo similar puede ocurrir ahora, con el color naranja de las túnicas de los monjes del Tíbet como pincelada simbólica de un trasfondo preocupante. En abril de 2001, Liu Jingmin, vicepresidente del Comité para la Candidatura de Beijing a las Olimpiadas, afirmó: "permitiendo que Pekín sea sede de los Juegos, contribuirán ustedes al desarrollo de los derechos humanos". Han pasado siete años. Gran parte de la intensa represión de que están siendo objeto actualmente los activistas y periodistas se está produciendo no a pesar de las Olimpiadas, sino debido a ellas en realidad. Ninguno de los argumentos (todos ellos cargados de verdades) que estos días acompañan los manifestantes en medio mundo eran desconocidos hace siete años, cuando quienes ahora amagan con boicotear las Olimpiadas aplaudieron la designación china. Mucho país para tenerlo como enemigo, me explicaba esta semana una amiga que desde hace un par de años trabaja y vive allí. Nadie puede arriesgarse a perder la fe y parabienes del mercado potencial más sabroso que jamás haya existido. No ha sido China el único invasor en Tíbet, ni es el único país que todavía se arroga la capacidad de asesinar con la ley en la mano, a través de la pena de muerte. Tampoco es el chino el único gobierno que castiga con tortura la disidencia, o que aplica normas contra los más elementales derechos humanos. La censura, el control de los espacios privados de libertad, el partido único … La mejora manera de no mejorar es orientar nuestra crítica hacia el prójimo.
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