Diario de Noticias de Gipuzkoa

Tribuna Abierta

El nacionalismo tras el 9-M

por joxan rekondo enviar a un amigo imprima este texto texto normal texto medio texto grande

es innegable que los resultados electorales del 9 de marzo han provocado una seria zozobra entre las gentes nacionalistas. Reconocer tal estado de inquietud es sin duda más natural y provechoso que ocultarlo o disimularlo. El recurso jesuítico a no hacer mudanza es inútil. El escocés Keating decía con acierto que "el nacionalismo en la era moderna apunta a un blanco móvil". Si la nación en sí, es decir nuestra ciudadanía, se mueve, esto debe arrastrar también a moverse al nacionalismo consciente y reflexivo.

Sin abatimiento, porque no se trata de arruinar todo eso que hemos conocido. Que las sociedades no son estáticas, que son refractarias a una estabilidad inmóvil, es un hecho demostrado. Pero, la historia es un continuo, más escalera que habitación, que diría Burke. Aparecen nuevos problemas que requieren de nuevas respuestas, fundadas éstas sobre la asentada capa de la experiencia social. Y así suele ser. La gente no da por solvente y veraz cualquier respuesta, ya que en realidad se acomoda mejor a aquellas que se adecuan a sus marcos de referencia. Dice Lakoff, popularizado en Euskadi por los socialistas vascos, que habitualmente se razona conforme a marcos de pensamiento dados. Mi opinión va por ahí, por eso creo que no hablamos a nuestra gente como debemos hacerlo.

Creo que en los últimos años -desde el final de los noventa- ha ganado terreno entre nosotros un lenguaje que tiene un encaje crítico en nuestros marcos. Un lenguaje que ha contribuido a desdeñar la decisiva aportación del nacionalismo al relato más interesante y productivo de entre los que hoy concurren en el país. En el seno de este relato, se distinguen dos marcos de referencia claros. Uno reivindica la recuperación, vía decisión popular (1979), de un desarrollo democrático de la mano de las instituciones vascas. Otro de los marcos asume una idea de nación de naturaleza plural, socialmente integrada, que el acierto de las instituciones y el plebiscito cotidiano han contribuido a consolidar. La defensa de esas referencias, por otra parte, ha obligado a nuestra sociedad a defenderse del terrorismo revolucionario de ETA al que se rechaza en sus medios y también en sus fines.

Cuando el discurso del nacionalismo se ha encuadrado en esta narrativa ha obtenido el mayor apoyo social. El éxito de Ibarretxe en el 2001 se derivó del vínculo de su discurso con los marcos antes citados. Otras experiencias son decepcionantes, nuestro lenguaje y conducta se ha adaptado a otros parámetros de referencia.

Por ejemplo, siendo la paz un lugar común en el discurso de todos los partidos vascos sin excepción, ¿debería ser la paz consecuencia de la aceptación de los marcos en que se desenvuelve el discurso de ETA? De entrada, se diría que nadie lo aceptaría así. Lizarra y Loiola son, sin embargo, muestra de la seducción que ejerce la fórmula, si bien son asimismo un espejo en el que se puede observar la fea imagen del fracaso y la frustración.

En nuestro país, las ideas de diálogo y pacto son también marcos de referencia comúnmente aceptados, marcos que los nacionalistas hemos sostenido en solitario durante años. La verdad, no obstante, es que hemos dado o estamos dando, muy pocas oportunidades a la materialización de la primera fase del plan del lehendakari, fase que persigue un diálogo y un pacto. Especialmente interesante, para una autocrítica sincera y efectiva, sería conocer cuánto esfuerzo de pacto han realizado todos estos personajes o colectivos, de relevancia política indudable, que no cesan de apelar a una consulta que, sin atisbo de diálogo político, sólo crea equívocos y antagonismos. Esta actitud, y todo lo que no sea crear oportunidades para el pacto y el acuerdo, es irreconocible en el contexto de los marcos de referencia de esa mayoría social vasca que ha confiado durante años en el nacionalismo.

Esto no quiere decir que la capacidad de decidir de los vascos no forme parte de nuestros marcos clásicos. Del discurso de algunos de los nuestros, sin embargo, parece insinuarse que hasta el día de hoy la sociedad vasca no ha tomado decisiones democráticas en relación a su futuro. Esta sugerencia es, en primer lugar, más propia de los moldes que maneja la ultraizquierda vasca que de la tradición del nacionalismo. De ahí, poco queda para abocarnos al callejón sin salida de la democracia cero . Además, la insinuación es objetivamente errónea. ¿Quién es el responsable de la reposición en 1979 de nuestras instituciones republicanas? ¿Quién es el responsable del desarrollo que, en clave nacional y social, ha alcanzado hoy nuestro país? ¿Cómo puede tener tan alta autoestima una sociedad que no ha tomado las decisiones más importantes sobre su futuro? El pueblo vasco ha ejercido y ejerce su capacidad de decidir. Y no se resigna a no hacerlo en lo venidero. Por medio de elecciones, consultas o plebiscitos. Ahí están las últimas elecciones que, como todas las consultas precedentes, han sido una nueva demostración que la sociedad vasca no esquiva el ejercicio de la decisión.

Aunque, no es muy congruente decir que somos capaces de decidir conforme a nuestro criterio y gustar, hasta el empacho, de modelos externos. Cansa oír tanta apelación a la vía quebecois , a la fórmula escocesa, al proceso irlandés o al ejemplo de Montenegro o Kosovo, sobre todo cuando conlleva desestimar nuestra propia experiencia histórica y nuestra concreta realidad.

¿Tiene el nacionalismo otras opciones de discurso? Yo creo que es posible otro discurso y otra acción política, más eficaces ante los blancos móviles de la era moderna, sin que el nacionalismo vasco rompa con su tradicional naturaleza.

Creo que los marcos, la referencia e incluso el lenguaje que necesitamos están vivos en el interior de nuestros partidos nacionalistas, EA y PNV, participando de su intenso debate interno. Conforman un discurso de continuidad histórica con los abiertos moldes de un nacionalismo comprometido con las instituciones vascas desde la misma creación de éstas y un discurso que busca una adaptación estratégica a los nuevos desafíos globales y locales.

Un discurso que asume como marco de referencia el carácter plural de la nación vasca, pluralidad que se sujeta en el reconocimiento y acomodo recíprocos de las diferentes culturas y colores a los que se adscribe su ciudadanía. Y un discurso que, definitivamente, sostiene la legitimidad que asiste a la sociedad vasca para protegerse de ETA, su primer, más obstinado y más peligroso enemigo.

* Juntero de EA en Gipuzkoa

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